Opinión
Tomás del Bien Sánchez
Delhy Tejero y el Reina Sofía: una presencia que se consolida en la colección nacional
El Museo Reina Sofía adquiere tres obras de la pintora toresana, un paso decisivo en el reconocimiento institucional de una de las artistas más singulares y complejas del panorama artístico español

Atardecer o anochecer, 1960 / Cedida
El Museo Reina Sofía ha presentado recientemente el balance de sus adquisiciones correspondientes a 2025, un conjunto de incorporaciones que refuerza de manera significativa su colección y que pone el acento en la revisión historiográfica y en la recuperación de figuras clave del arte del siglo XX. Entre esas nuevas entradas destaca la adquisición de tres obras de Delhy Tejero, un paso decisivo en el reconocimiento institucional de una de las artistas más singulares y complejas del panorama artístico español.
No se trata de una llegada inaugural ni de una recuperación puntual, sino de un refuerzo sustancial que consolida un fondo ya existente y permite avanzar hacia una lectura más completa, compleja y coherente de su trayectoria. Las adquisiciones se inscriben en una política clara del museo orientada a ampliar el canon y a corregir ausencias históricas, con especial atención a la obra de mujeres artistas cuya producción había quedado relegada durante décadas. En ese contexto, Delhy Tejero ocupa un lugar especialmente significativo, tanto por la amplitud de su obra como por la independencia de su lenguaje y la dificultad histórica de encajar su trabajo en los relatos dominantes del arte moderno español.
El Reina Sofía no es únicamente un espacio de conservación, sino una institución que construye discurso. Las obras que forman parte de su colección pasan a integrarse en un relato común, se investigan, se contextualizan y dialogan con otras piezas clave del arte contemporáneo. Que Delhy Tejero refuerce ahora su presencia en este museo implica un reconocimiento que va más allá de lo simbólico, ya que supone su incorporación efectiva al relato de la modernidad artística española. Durante décadas, su figura fue abordada de forma fragmentaria, apareciendo en exposiciones colectivas, estudios parciales o contextos periféricos, pero rara vez ocupando el lugar central que su obra reclamaba. Como tantas otras creadoras de su generación, su trayectoria quedó condicionada por una historiografía que tendió a simplificar los procesos artísticos y a privilegiar nombres, estilos y movimientos fácilmente clasificables. Las nuevas adquisiciones contribuyen a corregir esa ausencia como parte de una estrategia sostenida que busca completar vacíos y ofrecer una visión más rica y fiel del arte del siglo XX.

María Doloroes / Cedida
Nacida en Toro en 1904, Delhy Tejero desarrolló una carrera marcada por la independencia intelectual, el desplazamiento geográfico y una constante voluntad de experimentación. Su formación, su paso por Madrid y su estancia en París, donde entró en contacto con los ambientes surrealistas y con los grandes debates artísticos de la época, configuraron una mirada abierta y heterodoxa. Delhy nunca se adscribió de forma ortodoxa a un movimiento concreto. Su obra transita entre el retrato, la figuración simbólica, la exploración onírica, la introspección espiritual y, en determinados momentos, la abstracción. Esa dificultad para clasificarla fue una de las razones de su invisibilidad posterior. Leída hoy desde una perspectiva contemporánea, su obra muestra una coherencia profunda, entendiendo la pintura y el dibujo como espacios de conocimiento, de búsqueda interior y de afirmación personal.
Las tres nuevas obras adquiridas por el Reina Sofía no llegan a un terreno vacío. El museo contaba ya con un conjunto amplio y diverso de trabajos de Delhy Tejero que abarcaban distintas etapas, técnicas y registros de su producción. Entre las obras que ya formaban parte de la colección se encuentran pinturas como Autorretrato, Pitocha meditando, Moras, Labradora de Toro (Mujer con guindas), Castillo de Toro y Composición abstracta; dibujos y estudios como Las brujas con Delhy Tejero, Boceto para "Las brujas…" y Brujas con candiles; así como la pieza tridimensional Rabina, Taruja y Pitocha y el Cartel para las Jornadas Regionalistas para la Residencia de Señoritas. Este conjunto permitía ya intuir la riqueza y complejidad de su trayectoria, aunque de manera dispersa y sin un relato plenamente articulado. Las nuevas adquisiciones vienen ahora a reforzar y completar ese fondo existente, aportando obras clave que permiten profundizar en su evolución artística y en los ejes conceptuales que atraviesan su trabajo.

Autorretrato. 1950 / Cedida
Entre las nuevas incorporaciones destaca especialmente María Dolores, un óleo sobre lienzo de 186 x 90 cm realizado en 1954 y presentado por primera vez en la III Bienal Hispanoamericana de Arte de Barcelona de 1955. El propio museo ha calificado este retrato como uno de los más interesantes de toda la producción de la artista. La obra se sitúa en una década clave para el arte español, cuando el país comienza una tímida apertura hacia el exterior y los estamentos oficiales del régimen empiezan a promover exposiciones de vanguardia. En ese contexto, Delhy, ya superada su etapa más próxima al surrealismo, inicia un periodo de transición que se encamina hacia la abstracción sin abandonar su sólida faceta de retratista. La figura aparece representada de cuerpo entero, con una presencia serena y estilizada, vestida de manera moderna. La composición combina una base figurativa clara con elementos geométricos y simbólicos que desbordan el retrato académico convencional. María Dolores sostiene una armónica y aparece rodeada de pajarillos y alusiones musicales que introducen una dimensión poética y rítmica en la escena. La relación entre música, color y forma remite de manera evidente a la influencia de Vasili Kandinsky, reinterpretada desde la sensibilidad personal de Delhy. Este motivo aparece también en otros trabajos cercanos en el tiempo, como Niño con armónica (1953) y Armónica (1955), confirmando el interés sostenido de la artista por la música como elemento simbólico.
El segundo núcleo fundamental es el Autorretrato, también conocido como Autorretrato en la ventana, un óleo sobre lienzo de 73,5 x 60 cm fechado el 22 de febrero de 1950, día del cumpleaños de la artista. Este dato refuerza el carácter consciente y simbólico de la obra. Delhy realizó a lo largo de su trayectoria al menos trece autorretratos, un conjunto excepcional que evidencia una clara voluntad de autorrepresentación y autoafirmación. En este caso, se representa en la ventana de su estudio, estableciendo una relación directa con el espectador. La ventana actúa como frontera simbólica entre el espacio íntimo de la creación y el mundo exterior. Formalmente, la obra presenta una composición moderna y colorida, donde se aprecia su experimentación con la geometría, la geometrización de las formas y el uso estructural del color. El gesto, aparentemente sereno, es en realidad intenso y concentrado. No hay dramatismo ni complacencia, sino una artista asentada en su madurez pictórica y plenamente independiente de los movimientos que agrupaban a otros creadores. El autorretrato funciona como una declaración silenciosa pero firme de identidad y autonomía.

La artista toresana Delhy Tejero, en su estudio de pintura. / I.V.
La tercera obra adquirida es Amanecer o atardecer, conocida también como Aire limpio, un dibujo a pluma, pincel, tinta china, aguadas y raspado sobre cartulina, de 29 x 30 cm, fechado entre 1960 y 1965. Se trata de una pieza de pequeño formato pero de enorme densidad poética y conceptual. El dibujo presenta un paisaje indeterminado poblado de elementos celestes y estelares, construido a partir de superposiciones y transparencias que generan una atmósfera onírica. La obra conecta con el imaginario surrealista no desde la adhesión a un movimiento, sino desde una actitud creativa que Delhy mantuvo durante toda su vida, la confianza absoluta en la imaginación como motor de la creación. Incluso en su última etapa, la artista sigue recurriendo al dibujo como espacio de libertad, poniendo de manifiesto que, además de una pintora extraordinaria, fue una de las grandes dibujantes del siglo XX español.
La incorporación de estas tres obras supone un avance fundamental en el reconocimiento institucional de Delhy Tejero. Su presencia reforzada en la colección del Reina Sofía garantiza visibilidad, investigación y proyección futura, y permite situarla con mayor precisión en el mapa del arte español contemporáneo. Desde una perspectiva local, la noticia adquiere además una dimensión especial: una artista nacida en Toro ve consolidado su lugar en uno de los grandes museos nacionales, no como una nota al margen, sino como parte activa de un relato que se está reescribiendo. Las nuevas adquisiciones no cierran el proceso de revisión de su figura, pero sí lo afianzan de manera definitiva. Cuando estas obras se estudien, se expongan y dialoguen con el resto de la colección, Delhy Tejero dejará de ser una recuperación pendiente para convertirse, por fin, en una evidencia.n
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