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Opinión | Cuzeando en la ciencia

¿Por qué enero no se acaba nunca?

OPINIÓN | Diciembre es un festival para el cerebro. Luces, comidas fuera de hora, conversaciones distintas, planes que rompen la rutina, horarios que se descolocan

Los parques de Zamora, cubiertos de nieve este miércoles.

Los parques de Zamora, cubiertos de nieve este miércoles. / José Luis Fernández

Enero tiene algo raro. No lo digo yo solo. Lo decimos casi todos sin ponernos de acuerdo. Los días duran lo mismo que en diciembre, veinticuatro horas clavadas, ni una más ni una menos, pero la sensación es otra. Muy distinta. Enero pesa. Diciembre, en cambio, se escurre. Aquí no hay magia. Hay ciencia y sobre todo hay cerebro. Y bastante de ambos.

Desde el punto de vista más frío, el tiempo es implacable. Respetando la relatividad, un segundo es un segundo aquí y en Marte. Los relojes atómicos no se emocionan con el cambio de año ni entienden de cuestas de enero. Pero nosotros no vivimos dentro de un reloj. Vivimos dentro de una cabeza. Y ahí el tiempo se estira, se encoge y a veces hace trampas.

El cerebro no mide el tiempo como una regla mide la mesa. Lo estima. Lo reconstruye a posteriori. Usa pistas. Cambios. Novedades. Emociones. Cuando pasan muchas cosas distintas, el recuerdo se llena de marcas y al mirar atrás pensamos que aquello duró mucho. Cuando todo se parece demasiado, el recuerdo se aplana y el tiempo parece haberse evaporado.

Diciembre es un festival para el cerebro. Luces, comidas fuera de hora, conversaciones distintas, planes que rompen la rutina, horarios que se descolocan. Cada día es un poco diferente al anterior. El cerebro trabaja, registra, almacena. Luego miras atrás y piensas: madre mía, qué mes tan intenso. Pero mientras lo vivías, voló.

Enero es otra historia. Vuelta al trabajo. Rutinas casi idénticas. Días que se repiten con una fidelidad casi industrial. Pocas novedades. Pocos estímulos nuevos. El cerebro entra en modo ahorro. Y cuando hay poco que registrar, el tiempo subjetivo se alarga. Se arrastra. Se hace cuesta arriba.

Hay más. Mucho más. En invierno la luz escasea, y eso importa. Importa de verdad. La menor exposición a la luz solar afecta a la producción de melatonina y serotonina, dos sustancias clave en cómo dormimos y cómo nos sentimos. Dormimos peor. Nos levantamos más cansados. El día arranca ya torcido. Y un día cansado parece siempre más largo.

Además, enero llega con resaca emocional. No solo por los excesos, que también. Venimos de semanas de expectativas altas, encuentros, ruido, estímulos constantes. De repente, silencio. El contraste es brutal. El cerebro nota el bajón y lo interpreta como lentitud. Como si el tiempo se hubiera puesto espeso, casi viscoso.

Desde la física, hay otro detalle curioso. En enero seguimos cerca del solsticio de invierno. Los días aún son cortos. La luz llega tarde y se va pronto. Aunque sepamos que el día dura lo mismo, nuestro sistema visual y hormonal recibe menos información luminosa. Y eso afecta a la percepción del paso del tiempo. Menos luz, menos señales de avance. El día parece no avanzar.

Por eso enero se nos hace largo incluso cuando no pasa nada malo. No hace falta estar triste ni desmotivado. Basta con que el entorno sea monótono y el cuerpo vaya un poco a contrapié. El cerebro hace el resto.

Y aquí viene la parte interesante. No es un fallo. Es un mecanismo. El cerebro está diseñado para estirar el tiempo cuando necesita adaptación y cautela, y para comprimirlo cuando todo fluye. Enero es, en cierto modo, un mes de reajuste. Volvemos a encajar piezas. Ritmos. Horarios. Expectativas. No es extraño que se haga largo.

Quizá por eso conviene no pelearse con él. Aceptar que enero no vuela. Que no tiene por qué hacerlo. Que su lentitud también tiene sentido. Es el mes en el que el cerebro recalibra, el cuerpo se recoloca y el calendario vuelve a coger forma.

Y mientras tanto, el tiempo sigue pasando igual. Segundo a segundo. Imperturbable. Somos nosotros los que lo vivimos distinto. Como casi todo, en realidad.

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