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Opinión

Toño García

Toño García

Gestor de activos y divulgador financiero

Navidad en los pueblos zamoranos: recuerdos que piden presencia

"La Navidad que fue en los pueblos zamoranos era el reflejo fiel de una sociedad dura, exigente y austera, sí, pero profundamente cohesionada; pobre en lo material, pero rica en vínculos, en relaciones estables y en sentido de pertenencia"

Cordera de Palacios del Pan

Cordera de Palacios del Pan / José Luis Fernández / LZA

Hubo un tiempo —no tan lejano como a veces se pretende— en el que la Navidad en los pueblos de Zamora no se anunciaba con campañas publicitarias ni con luces encendidas cuando aún no había terminado noviembre. La Navidad llegaba cuando tenía que llegar. Se notaba en el aire, en el frío seco que endurecía las manos, en el humo saliendo de las chimeneas y en ese silencio particular del invierno rural que no es vacío, sino recogimiento. Era una Navidad austera, sobria y profundamente humana, construida sobre la presencia y no sobre el artificio.

La Navidad rural no era un espectáculo ni un producto, era una prolongación natural del año agrícola y del ciclo vital de las personas. El campo no entendía de festivos oficiales, pero sí de ritmos, de tiempos y de sentido. No se "ponía la Navidad" por adelantado. Las luces eran escasas, discretas y se encendían en fechas muy concretas. Los productos típicos —el turrón, los mantecados, el mazapán, las peladillas, el cava y la sidra— no invadían las tiendas durante semanas. Llegaban unos días antes, cuando tocaba, y por eso sabían distinto. La espera también formaba parte de la celebración.

Las casas se llenaban porque quienes se habían marchado regresaban. Y regresaban de verdad, no por compromiso ni por inercia, sino con la voluntad sincera de estar, de compartir tiempo y presencia. El pueblo seguía siendo ese lugar donde uno era alguien sin necesidad de justificarse ni de dar explicaciones, donde la identidad no se discutía, no se negociaba ni se convertía en escaparate. No había Papá Noel ni artificios importados, había Reyes Magos que no siempre se acordaban de que en las casas alguien había dejado unos zapatos vacíos, pero llenos de esperanza. La Navidad no se alargaba artificialmente en el calendario ni se diluía en una sucesión interminable de días iguales: tenía un comienzo claro y un final asumido, y precisamente por eso se vivía con mayor intensidad, con la conciencia de que se trataba de un tiempo distinto, excepcional y, por ello mismo, valioso.

Las comidas no eran abundantes por exceso ni por ostentación, sino por sentido y por significado. El cordero, el pulpo o los langostinos no formaban parte de una rutina repetida, sino que eran un acontecimiento señalado, reservado para un momento concreto del año. El turrón se cortaba con cuidado, casi con respeto, y el vino se compartía sin prisa, acompañando la conversación más que imponiéndose sobre ella. No había menús alternativos ni debates innecesarios: había lo que había, y eso bastaba, porque se aceptaba y se agradecía. El verdadero lujo no estaba en la mesa, sino alrededor de ella. Allí se hablaba de quienes ya no estaban, del año que llegaba a su fin, de la cosecha y del trabajo, de la salud, de los hijos y de lo que vendría. La Navidad era, ante todo, memoria compartida, continuidad entre generaciones, transmisión de lo vivido y un repaso al anecdotario.

Hoy, en muchos pueblos zamoranos, la Navidad es otra cosa. No necesariamente peor, pero sí profundamente distinta. Se ilumina cuando aún no ha terminado noviembre, como si hubiera prisa por llenar un vacío. Los productos navideños llevan semanas en las estanterías cuando todavía no se ha encendido la primera chimenea. Todo llega antes y se va antes. Las luces son más potentes, pero las conversaciones más breves. Las casas siguen cerradas y, cuando se abren, lo hacen durante menos días.

El regreso ya no es retorno, es visita. El pueblo se convierte en escenario, no en hogar. Se viene, se consume, se recuerda y se vuelve a marchar. Las tradiciones sobreviven con dificultad y, en muchos casos, convertidas en representación. El belén se monta para la foto, la misa del gallo, donde la haya, reúne más nostalgia que fe y los villancicos suenan desde un altavoz, no desde la memoria compartida. Se conserva la forma, pero se pierde el fondo.

El frío sigue siendo el mismo, pero el calor humano es más escaso. No por falta de afecto, sino por ausencia estructural. Falta gente todo el año, falta relevo, falta proyecto. La Navidad de hoy es más cómoda, más limpia, más larga… y también más frágil. Se estira en el calendario, pero se encoge en significado. Dura más, pero pesa menos.

Conviene decirlo con claridad y sin rodeos que el problema no es la Navidad, el verdadero problema es el resto del año. No se puede pretender sostener una Navidad viva y auténtica sobre once meses de abandono, desatención y silencio. No se puede exigir a los pueblos que brillen durante unas pocas semanas cuando el resto del tiempo permanecen a oscuras, vacíos y olvidados. La nostalgia, por sí sola, no fija población, ni la iluminación temprana crea comunidad ni arraigo. Las luces son solo un decorado; no sustituyen a las personas, ni reemplazan la vida cotidiana que mantiene vivos los lugares.

Zamora no necesita más luces ni más artificios efímeros; necesita más vida real, más presencia constante y más compromiso sostenido, también en Navidad

Y, sin embargo, algo resiste. Resiste en las pocas casas que permanecen abiertas durante todo el invierno, con las luces encendidas cuando cae la tarde. Resiste en los mayores que siguen esperando, sosteniendo la memoria y el pulso cotidiano del lugar. Resiste en las asociaciones que, con pocos medios y mucha voluntad, organizan lo que pueden para que el pueblo no se apague del todo. Resiste en los niños que aún corren por la plaza cuando existe la fortuna, cada vez menos frecuente, de que en el pueblo haya niños. Resiste, en definitiva, una forma de entender la vida más lenta, más consciente, más arraigada al tiempo natural y menos dependiente del calendario comercial y de sus urgencias artificiales.

La Navidad que fue en los pueblos zamoranos era el reflejo fiel de una sociedad dura, exigente y austera, sí, pero profundamente cohesionada; pobre en lo material, pero rica en vínculos, en relaciones estables y en sentido de pertenencia. La Navidad que es hoy refleja, en cambio, una sociedad más próspera y con mayores comodidades, pero también más dispersa; más libre en apariencia, pero a menudo más sola y desarraigada. No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar el presente, ni de negar los avances logrados. Se trata, sencillamente, de mirar con honestidad aquello que se ha perdido por el camino para decidir, con criterio y responsabilidad, qué merece la pena recuperar. Porque la verdadera pregunta no es cómo era la Navidad antes y cómo es ahora, sino qué estamos dispuestos a hacer para que el pueblo vuelva a ser algo más que un decorado estacional, bonito durante unas semanas y vacío el resto del año. La Navidad no se enciende con un interruptor ni se adelanta por decreto comercial. Se construye con presencia real, con compromiso sostenido y con una decisión colectiva clara: la de no dejar morir aquello que, durante generaciones, dio sentido, identidad y continuidad a estas tierras.

Zamora no necesita más luces ni más artificios efímeros; necesita más vida real, más presencia constante y más compromiso sostenido, también en Navidad. Porque sin personas, sin actividad cotidiana y sin vínculos vivos, ninguna iluminación, por brillante que sea, puede devolver lo que de verdad mantiene encendida una tierra. n

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