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Opinión

Diego R. Segura

No sabría decirte

OPINIÓN | Cerré los ojos y me vi caminando de espaldas, despidiendo el pasado con la mirada y recibiendo el futuro con la incertidumbre de la ceguera

Vista aérea del Lago de Sanabria.

Vista aérea del Lago de Sanabria.

Aún dormías cuando abrí la ventana y salté. El rocío amortiguó mi caída en la hierba —aún sombría— que, entumecida, esperaba el abrazo de un primer rayo frugal de sol de otoño. Al fondo, el vapor ascendía del suelo ya coloreado por las luces de la mañana. La tierra humeaba un recuerdo de siglos, como el polvo que suelta el grano cuando el agua empuja la piedra que lo muele. La imagen de los prados remontando las primeras horas del día mientras emitían aquel vapor de oniria… Sentí que mi mente reptaba para beber aquellos humos. Sin embargo, yacía en el suelo, inmóvil. Todo lo inmóvil que un cuerpo puede ser. Todo lo etérea que una mente alcance a imaginar. Sanabria se debatía entre el cielo y el suelo, entre el futuro y el pasado.

Del golpe recuerdo un zumbido breve de abeja en la entraña, un mareo de néctar amargo, el espeso vértigo de la tierra que cede presa de la humedad. Los huesos se clavaban como raíces de manzano en el letargo de un peso que somatiza en los cuerpos que se hunden en la tierra, como si así pudieran averiguar de dónde sale ese humo que se niega a ovillarse como la hierba en verano y que no nace para sucumbir a la razón física. Recuerdo también el silencio, solo quebrado (o nutrido) por el crepitar de la madera viva enroscándose en mis extremidades y articulaciones. También rompían el silencio el sincopado caer de la castaña envuelta en su pellizo; flor de la madera. Un gallo, ajeno a cambios de hora, acudía a la liturgia del levante. De pronto un taxi, la noche madrileña. La mañana, para otros. La misma ausencia de ruido pero distinto silencio. La realidad kafkiana de la diáspora se aparece hasta cuando la tierra te engulle. Nunca hay suficientes ventanas de las que saltar. En Cinema Paradiso, Alfredo agarra por las solapas a Totó y le exhorta —entre lágrimas— que no vuelva jamás. "No te dejes engañar por la nostalgia". Alfredo se queda ciego cuando intenta salvar las cintas del fuego que deja en cenizas su cine, el entretenimiento del pueblo y su estilo de vida. Alfredo se queda ciego intentando salvar recuerdos del futuro, ideas que alguien decidió grabar en nitrato de celulosa preservado en grandes bobinas, desenrollado para desvelar lo que un día alguien pensó al cerrar los ojos, los mismos ojos a los que el fuego de la realidad negó la vista de lo invisible.

Cerré los ojos y me vi caminando de espaldas, despidiendo el pasado con la mirada y recibiendo el futuro con la incertidumbre de la ceguera. Por eso mis pies son raíces, porque se agarran en paso lento a la breve certeza del suelo que pisan.

Conseguí volver allí donde mi cuerpo y mente debatían: a la humedad fría y fértil de la tierra. El sol ya había alcanzado cada esquina del cuadro. El vapor se había transformado en nubes veloces, huidizas. Yo las miraba anhelando su ligereza. No yo sino mi mente, mientras mi cuerpo seguía preso de las raíces. Nuevas ramas brotaron de mi vieja carne; de mi médula, más rocío que levó el vuelo allá hacia tierras lejanas, lejos del marco incomparable de Sanabria a mis miopes ojos. La escena proseguía en mis dedos que se aferraban con cada falange al olor opaco de las hojas en el suelo. La luz me nutría, me bajaba recuerdos del monte, sonidos de fieras agazapadas en hondonadas, pájaros que sacuden sus cuerpos para desprenderse del letargo de la noche.

Me transformé en un árbol el día que salté por la ventana mientras tú aún dormías. Renací de un fruto germinado en el terror al olvido. Desarrollé mis órganos lamiendo la herida de la nostalgia de una tierra que espera un regreso que no regresa. Mis ojos soñaron con lágrimas como el lago sueña mares y el calor de una chimenea apagada me protegió del silencio sordo de la Gran Vía. Los sueños no tienen denominación de origen.

Regresé a tu lado y me preguntaste dónde había ido. No sabría decirte. Quizás nunca vuelva, quizás nunca me haya ido.

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