Opinión | Escalera hacia el cielo
Pesadilla después de Navidad
OPINIÓN | NO a los tratados con Mercosur ni con merconadie. SÍ a una PAC que sea un cebo monetario que tiente a la juventud para dedicarse al campo

Miles de agricultores bloquean Bruselas. / Cedida
No he ido en peregrinación a Fátima, pero casi. No estoy como recién salida del concesionario, pero casi. Puedo asegurar y aseguro que de existir una ITV humana, la pasaría. No como mi coche, que pese a estar más estupendo que yo, ahí sigue varado con sus pegatinas de rebelde con causa.
Escandalizada ante la falta de vocación de ciertos traumatólogos, le harían un gran servicio a la humanidad si en lugar de pasar consulta, hicieran las mechas o vigilaran la Operación Paso del Estrecho, pedí amparo a la medicina privada y en menos que canta mi gallo libertario salí con ambas manos infiltradas.
Por lo que entraré en el nuevo año en modo bárbaro, pero como un bárbaro que le ha visto las orejas al lobo. Menos mal que esta Navidad, vaciada y triste Navidad, mis ovejas se pusieron de acuerdo para parir multitudinariamente en verano y otoño, y no estoy dando un palo al agua.
Estoy trabajando menos que un político. Uno de esos holgazanes que pidieron a los Reyes Magos y al Régimen del 78 trabajar poco y cobrar mucho, y por eso no regresarán al tajo hasta febrero. Salvo claro está, los padres de la democracia de la vecina Extrema y Dura, cuna de la torta del Casar de Cáceres.
Ese exquisito queso hecho con la leche de aquellos rebaños de merinas inabarcables a la vista que dominaban la Dehesa. ¡Qué tiempos aquellos! Cuando se conducía por la Ruta de la Plata camino de las playas de Cádiz y no había más que encinas y merinas. Ahora molesta a los ojos cuando el sol se refleja en ese desolador mar de placas solares.
Esa es una de las razones por la que el queso se ha convertido en un producto de lujo a precio prohibitivo. Porque no quedan apenas rebaños. Y menos que van a quedar cuando se vayan jubilando los pocos valientes que aún resisten. Por eso el queso, el buen queso y no esa cosa que se vende como sucedáneo, cuesta hasta 36 euros el kilo.
Ya dije arriba que mis ovejas eligieron parir con la calor y los días largos, pero importa poco que lo hubieran hecho en Navidad, febrero o mayo, porque, a qué precio se paga el lechazo. ¿Y los huevos? ¿La fruta? ¿El pescado? La comida cuesta un ojo de la cara.
Y va a seguir subiendo más todavía. Imparable el precio, sin tope.
Porque nadie quiere dedicarse a producirla. Nadie quiere ser labrador, ni cabrero. La gente huye del azadón, del cayado y de las manos agrietadas y llenas de callos. No merece la pena tanto esfuerzo y sacrificio, no ver a los hijos crecer ni poder devolver los cuidados a los padres ancianos, por tan escasa recompensa.
Aviso a navegantes: que el precio de los alimentos sea inasumible para el consumidor no significa que el pobre desgraciao del productor haya cambiado su indestructible C15 por un Ferrari nuevecito y a la madre de sus hijos por Miss Sierra de Béjar.
Que la comida sea más cara implica que hay más intermediarios haciendo caja. O bien, que un solo intermediario o fondo de inversión acapara él solito todos los ferraris y a las misses. Y por supuesto, significa que la mayoría de los políticos tienen menos vocación de servicio público que algunos traumatólogos.
Repito, ¡qué tiempos aquellos! Hace un cuarto de siglo con apenas doscientas ovejas churras, un perro y un burrito no sabanero sino zamorano-leonés, más unas cuantas hectáreas de secano y con la ayuda de la PAC se sacaba adelante a la familia. Y se pagaban los estudios universitarios, el coche de segunda mano, el piso de estudiante y hasta los cubatas del fin de semana de los hijos.
Hoy vuelven a arder las calles de Bruselas, con los campesinos encabronados y la gente de a pie apoyando las justas reivindicaciones de estos. Porque las reivindicaciones del campo y el mar son las de todos. Todos queremos comer alimentos saludables, nutritivos y a un precio accesible. Espóiler o destripamiento: es posible hacerlo.
Al contrario que en Europa, los labradores y ganaderos españoles mantienen los tractores en los cuarteles de invierno. Es por miedo. La ley mordaza, aprobada por el PP y no derogada por el PSOE y sus coleguillas de mayoría parlamentaria, se cebó con ellos durante las anteriores movilizaciones. La mayoría hace frente a juicios y multas inasumibles, además de exponerse a penas de cárcel en caso de reincidencia.
Viva la libertad de expresión y manifestación recogidas en la Constitución, carajo.
Que a nadie se le olvide que entramos en año electoral, es buen momento para releer el Disputado voto del Señor Cayo. En elecciones es el único momento en el que los políticos comen de la mano que les da de comer. Se convierten en Donjuanes que hacen lo que sea, desde el tonto hasta el ridículo más absoluto, por tentar al electorado de Doñasineses. Después de las elecciones, el viejo si te he visto no me acuerdo.
En febrero votan los aragoneses. En marzo votan los cazurrines del Reino de León junto con los de la bandera esa con un castillo. Y en verano votarán los "andaaaluces, levaaantaos, sean por Andalucía libres España y la Humanidad". Nota a pie de párrafo: es parte del himno de Andalucía.
Tras las vacas gordas vienen siempre las vacas flacas de la cuesta de enero. Esta vez llegan acompañadas además de la pesadilla después de Navidad. En España, en Europa entera, tenemos un serio problema con la producción de alimentos. Nuestros políticos siguen emperrados en jugar con las cosas del comer y no quieren ponerse a trabajar en serio en ello.
NO a los tratados con Mercosur ni con merconadie. SÍ a una PAC que sea un cebo monetario que tiente a la juventud para dedicarse al campo. Porque protegiendo a los actuales y a los futuros productores de alimentos es como se defiende el futuro del mundo rural, y por ende el futuro de la UE. n
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