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Opinión | Religión

Unión de cielo y tierra

OPINIÓN | "Dentro y fuera de la Iglesia necesitamos avanzar en esa "desmundanización" a la que nos invita la Navidad"

Unión de cielo y tierra.

Unión de cielo y tierra.

Urge recuperar el sentido genuino de la Navidad que, aunque a algunos les pese, es religioso. Me parecen ridículas esas polémicas sobre si la decoración o iluminación navideñas de calles y plazas en nuestro país han de ser laicas o religiosas. Me sorprende que haya mentes a las que tanto les incomode el Niño Dios; corazones fríamente cerrados al don de la fe en alguien que no viene a quitar nada sino a darlo todo.

Claro que la fe no se impone, pero sí se propone. Y es una gran verdad que "donde está tu tesoro allí está tu corazón". Ahí se juega casi todo. Es el "lugar" frágil de la felicidad que se hace añicos cuando dejamos que primen el "ego" y las cosas materiales. Demasiado "miopes" para ver y dejarse guiar por esa estrella de la sencillez encarnada del Niño Dios.

La forma pagana creciente de celebrar estos días hace cada vez más difícil imaginar el sentido cristiano de la Navidad. Un reto también cada vez mayor para quienes somos creyentes: recuperar el sentir propio de Dios; el tratar de mirar como su misma mirada. Todos, seamos o no conscientes de ello, somos buscadores de él. Llevamos en los genes hambre de libertad, de plenitud, de eternidad; en definitiva, hambre de él. Él se entrega. Sin embargo, no es fácil encontrarle si uno está demasiado lleno de sí mismo.

Acercarse a la gruta y dejar fuera nuestras erudiciones (laicas o religiosas) y nuestros miedos (interiores y exteriores) es un gran paso. Descalzarse y ponerse de rodillas ante el altar de un pesebre de animales es ya el paso definitivo. Es lo que tiene este Niño: que cuando uno se le pone a tiro, él nunca te deja ir con las manos vacías; lo sepas o no en ese momento.

Los pastores, los ancianos Simeón y Ana y los magos de Oriente fueron los primeros en experimentar ese amor que une el cielo y la tierra, universal y sanador; en el silencio de adoración. Se trata de recuperar a Cristo hoy en lo oculto y profundo de su desnudez humana, a través de las cosas sencillas, de las personas buenas que nos circundan, de los sacramentos que están tan a nuestro alcance, de gestos solidarios.

No nos dejemos embaucar por caminos herodianos que, en el fondo, solo llevan a matar al Niño.

Dentro y fuera de la Iglesia necesitamos avanzar en esa "desmundanización" a la que nos invita la Navidad. Despojarnos de poderes y estructuras deshumanizadoras; que deforman o enmascaran el verdadero anuncio a pastores y magos de hoy. Él sigue amando y dando vida incluso a los que deciden darle la espalda o pretenden ser divinos sin contar con él.

Si no nos convertimos a lo pequeño y a lo minoritario estaremos pecando contra el misterio de su encarnación. Se trata de continuar la unión de cielo y tierra.

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