Opinión | Siete días y un deseo
Ni bestias ni dioses
No entiendo a quienes solo envían mensajes de felicitación durante estos días, como si el resto del año el cuerpo, el espíritu o el alma no necesitaran nutrirse de sonidos y palabras.

Así ha sido el encendido de las luces de Navidad en Zamora 2025
No entiendo a quienes solo envían mensajes de felicitación durante estos días, como si el resto del año el cuerpo, el espíritu o el alma no necesitaran nutrirse de sonidos y palabras. ¿Se imaginan que solo alimentáramos el cuerpo cuatro días al año, el 22, el 24, el 31 o en la noche de los Reyes Magos? Ni yo hubiera escrito estas palabras ni, por tanto, usted estaría leyendo esta columna. Los humanos no andaríamos por aquí, habríamos desaparecido de la faz de la Tierra y nuestro hogar común estaría habitado por otros seres vivos, por el silencio de los bosques, el pulso de las bacterias y la indiferencia de los animales que no necesitan calendarios para existir. La naturaleza seguiría su curso sin necesidad de convenciones sociales o calendarios humanos. Pero ustedes y yo, no. Es posible, sin embargo, que ahora salga el gallito de turno echando pestes contra este escribiente porque piensa que él no necesita a nadie para sobrevivir en este valle de lágrimas. Me encantaría verlo y escucharle. Tomaría un café en el bar de la esquina y le demostraría que conmigo no valen las chulerías. Que si nadie le explicó que somos seres sociales por naturaleza, muy mal.
Que ya decía Aristóteles en su obra "Política" que no podemos alcanzar nuestra plenitud de forma aislada. La idea de que somos seres sociales por naturaleza implica que debemos asumir que el ser humano no es autosuficiente. Mientras otros animales nacen con herramientas biológicas para sobrevivir solos, ustedes y yo necesitamos de la tribu, la comunidad, la familia, etc., para satisfacer nuestras necesidades básicas y, sobre todo, alcanzar la felicidad. El hecho de que tengamos lenguaje (logos) y no solo voz (como los animales que expresan dolor o placer) es la prueba de nuestra sociabilidad. Por tanto, ese "gallito de turno" que piensa no necesitar a nadie estaría negando su propia naturaleza humana. No obstante, si estos argumentos le entran por una oreja y le salen por la otra, tendría un arma guardada en la recámara, que suelo utilizar cada tres por cuatro en mis clases en la Universidad de Salamanca: el ser humano es un "animal político" (zoon politikón) que vive en la "polis" (la ciudad o la comunidad); es decir, que el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios.
En una era de mensajes automáticos y de palabras que suenan a compromisos forzados, no estaría mal que dedicáramos un poco más de nuestro apreciado tiempo a mantener y consolidar la comunicación no solo con quienes realmente nos importan (familia, amigos), sino también con el extraño, es decir, con cualquier hijo de vecino que se cruza en nuestra vida. ¡Y son tantas las personas que pasean por las calles, que nos atienden en la caja de un supermercado, que barren las aceras y las plazas públicas, que recogen nuestras basuras, que nos atienden en la consulta médica y cuando vamos a urgencias porque ya no podemos más, que cambian las luces de la ciudad cuando se funden, que arreglan las aceras para no tropezar, que enseñan a nuestros hijos o nietos en las aulas, que investigan en los laboratorios para vencer a quienes se portan mal con nosotros! Son tantas las personas que hacen tanto por cada uno de nosotros que no estaría mal reconocerlas en privado y en público. ¿Que cómo se hace? Es muy sencillo: solo tienen que pensar durante algunos minutos y empezar a practicar cuanto antes. Comprobarán que ustedes y, por consiguiente, la humanidad, saldremos ganando.
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