Opinión
En Toro, el futuro que se aprende en clase
El collage navideño creado por alumnos del Pardo Tavera "no es solo un ejercicio artístico; es una reivindicación serena y dice que Toro tiene patrimonio, talento y futuro"

Los alumnos retocan algunos detalles del mural. | CEDIDA / Cedida.
En los días que preceden a la Navidad, cuando la luz se vuelve más baja y más verdadera, Toro parece detenerse un instante para escucharse a sí misma. No es un silencio vacío, sino un silencio fértil, como el de las iglesias antiguas o el de las aulas cuando acaba la clase y queda flotando el eco de lo aprendido. En ese umbral del año, entre la Navidad y la espera ilusionada de los Reyes Magos, una noticia pequeña —aparentemente local, casi doméstica aparecida en este periódico — se convierte en un signo mayor: un acto de cultura que es también un acto de esperanza.
En el vestíbulo del Instituto Pardo Tavera cuelga estos días un collage de casi tres metros. No es un adorno más, ni una manualidad escolar condenada al olvido tras las vacaciones. Es una relectura paciente y colectiva de un mural del siglo XIV: La Adoración de los Magos, pintada por Teresa Díez, conservada en la Iglesia de San Sebastián de los Caballeros. Allí donde la historia suele quedarse quieta, los adolescentes han puesto manos, ojos y tiempo; han hecho dialogar el papel reciclado con la cal antigua, el aula con el templo, - espacio de mi catequesis infantil- en el siglo XX. Una mujer artista medieval (¿la catequista de entonces?) que sigue hablándonos.
Hay algo profundamente navideño en este gesto. La Navidad no es solo un relato sagrado, sino una pedagogía de lo pequeño: un niño, un pesebre, unos Magos que aprenden a leer las estrellas. En el proyecto del Pardo Tavera, los alumnos de primero y tercero de la ESO han hecho su propio camino de Reyes. Han descompuesto la escena, han estudiado colores, líneas, geometrías, intensidades. Han buscado en revistas viejas y periódicos desechados el tono exacto de un manto o el brillo humilde de una corona. Han aprendido —sin que quizá se lo digan con esas palabras— que la belleza no nace de lo nuevo, sino de lo mirado con atención ¡Felicidades, chavales! Así, el pasado de Toro se hace futuro.
Durante casi dos meses, cada fragmento fue trabajado en soledad para luego ser entregado al conjunto. Esa lección es, quizá, la más necesaria en una sociedad fragmentada: nadie posee la obra entera; todos son responsables de ella. La cultura, como la educación, es siempre un trabajo comunitario. Y cuando se coloca el resultado final en el instituto, no se expone solo un collage, sino una forma de entender la escuela como lugar de creación, no solo de evaluación.
Que esta Adoración de los Magos esté en Toro y no en un gran museo internacional no es una carencia, sino una llamada. Lo saben bien los profesores cuando explican a sus alumnos que, si esta pintura firmada por una mujer del siglo XIV colgara en museos internacionales, sería mundialmente conocida. Aquí, en cambio, es parte del paisaje cotidiano. Y ese es el reto: aprender a reconocer el tesoro que se pisa a diario.
Por eso, este collage navideño no es solo un ejercicio artístico; es una reivindicación serena. Dice que Toro tiene patrimonio, talento y futuro. Dice que la educación puede ser un laboratorio de belleza y conciencia crítica. Dice que reciclar papel es también reciclar la memoria, rescatarla del olvido y darle una nueva forma para que siga hablando.
En vísperas de Reyes, cuando los niños escriben cartas pidiendo regalos, quizá los adultos deberíamos escribir la nuestra. Pedir —con la misma claridad y esperanza— que se apueste decididamente por la cultura y la educación en Toro. Que se apoyen proyectos que unan escuela y patrimonio, creatividad y territorio. Que los institutos sean espacios vivos, abiertos, capaces de dialogar con las iglesias, los archivos, las calles.
Los Magos del mural de Teresa Díez avanzan hacia el Niño con ofrendas humildes y preciosas. Los alumnos del Pardo Tavera han hecho lo mismo: han ofrecido su tiempo, su esfuerzo y su imaginación. En ese gesto hay más verdad que en muchos discursos grandilocuentes. Porque educar es, al fin y al cabo, enseñar a adorar la vida cuando se hace frágil, enseñar a reconocer lo valioso, aunque esté hecho de papel usado.
Que este collage permanezca durante enero es un signo hermoso: la Navidad no termina el día 6, como no termina nunca la tarea de educar. Ojalá sepamos leerlo así. Ojalá Toro siga apostando por una cultura que no se guarda en vitrinas, sino que se pega con cola, se trabaja en equipo y se cuelga a la altura de los ojos para que todos —alumnos, profesores, visitantes— puedan verla y decir, en silencio: aquí hay futuro.
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