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Opinión

El verbo se hizo verso

OPINIÓN | «Necesitamos poetas que puedan ayudarnos a amar el mundo, a encontrar palabras de esperanza. Necesitamos la reserva de humanidad y visión que representan los poetas»

Villancicos tradicionales resuenan en Belver de los Montes

Villancicos tradicionales resuenan en Belver de los Montes / Cedidas

Qué mal está todo. O casi todo. Tantas conversaciones con una cierta profundidad concluyen así… Por eso hoy, 14 de diciembre, día de san Juan de la Cruz, nos viene muy bien leer que «necesitamos poetas que puedan ayudarnos a amar el mundo, a encontrar palabras de esperanza. Necesitamos la reserva de humanidad y visión que representan los poetas». Esto lo anoté en las recientes jornadas «De la poesía a la esperanza», organizadas por la diócesis de Zamora. Es una cita del cardenal portugués José Tolentino de Mendonça con la que inició su intervención el poeta Carmelo Guillén Acosta. Una llamada a buscar caminos de sentido en la belleza que brota de un corazón que anhela. En un mundo pintado de un gris cada vez más oscuro, la poesía irrumpe para encender una llama que alumbra y hace percibir los colores, además de avivar los rescoldos para una vida plena.

No es casualidad que las semanas previas a la celebración de la Navidad, la Iglesia católica se pegue un «chute» de poesía. Durante el tiempo litúrgico del Adviento las lecturas procedentes del Antiguo Testamento son pura revelación en verso. Leer a los profetas del pueblo de Israel todos los años en esta época no es un ejercicio de monótona reiteración, optimismo impostado o nostalgia estética de un paraíso perdido. Volvemos a proclamar en voz alta –y a saborear en lo profundo del corazón– las promesas de Dios en forma de imágenes cautivadoras, palabras de amor y caricias de consuelo. La utopía imprescindible que no es puro deseo humano, sino iniciativa divina. Aquellos profetas de antes de Cristo vivieron tiempos muy difíciles, pero no dejaron de llamar a una esperanza confiada.

Y como no hay nada más prosaico que la realidad cotidiana, no hay nada más poético, creativo, original y bello que el acontecimiento que partió la historia en dos, lo que la fe cristiana denomina la Encarnación del Verbo: Dios se hace hombre. O, más concretamente, en palabras del cuarto evangelio, la Palabra se hizo carne. «Logos» en el texto original griego, traducido a «Verbum» en la Vulgata latina. Lo que rompe el silencio y lo llena de sentido. Lo que llega a nuestros oídos y anida en el corazón. Lo que da nombre. Lo que inicia un diálogo que ya nunca terminará.

El Adviento está lleno de poesía, sí. Por eso no es extraño que la Navidad rebose de versos. La semana pasada, fiel a su cita anual, Leovigildo Liedo, párroco de Castronuevo y de unos cuantos pueblos más de la Tierra del Pan, me hizo llegar su nuevo villancico. «Cuando la noche caía y todo era oscuridad, tuvo lugar en la tierra la primera Navidad», canta Gildo, con la insistencia de quien tiene una buena noticia que contar al mundo. Pura poesía. Con san Juan de la Cruz, mirando al pesebre de Belén, podremos reconocer y decirle al Niño, a pesar de todo, «que gracia y hermosura en mí dejaste».

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