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Opinión | La palabra

Cuando la espera se convierte en certeza

"¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" (Mt 11,2)

Misa multitudinaria del papa León XIV en Beirut, este martes.

Misa multitudinaria del papa León XIV en Beirut, este martes. / BILAL HUSSEIN / AP

El tercer domingo de Adviento siempre tiene un tono distinto: la liturgia enciende la vela rosa del cirio y la Iglesia habla de Gaudete, "alégrate". Pero la alegría cristiana no es una sonrisa fácil ni un optimismo superficial. Y el Evangelio de Mateo (11, 2-11), proclamado este domingo, lo demuestra con fuerza al presentar a un Juan el Bautista desconcertado que, desde la cárcel, se hace una pregunta radical: "¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?".

La escena es sorprendente. El profeta austero, el hombre que había señalado a Jesús en el Jordán, ahora duda. Su vida languidece entre los muros de una lúgubre prisión de Maqueronte, y lo que le comentan de Jesús no coincide con su idea del Mesías: un juez poderoso. Jesús no destruye a los opresores, no derriba a Herodes, no cambia el paisaje político. Se dedica a sanar, perdonar, levantar, consolar, vivir con el pueblo, rodearse de pescadores… Juan no entiende. Y, claro, pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir…?

La fe también pasa por la crisis, incluso para los más grandes. La duda de Juan es la duda de tantos creyentes que hoy miran el mundo y no encuentran a Dios en medio de la violencia, el ruido o la prisa. La pregunta del Bautista cruza los siglos y llega vigente a todos los creyentes: "Señor, ¿dónde estás?".

Y Jesús sigue desconcertando con su respuesta: "Id a anunciar a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan…", es decir: el Reino está aquí, pero no como fuerza exterior, sino como transformación interior y sanadora.

Este III domingo Adviento nos invita mirar trascendiendo lo que se ve nos invita a ver los signos de Dios en una sociedad cansada, polarizada, impaciente. La buena noticia, dice el Evangelio, siempre empieza por los pobres, los pequeños, los heridos. Quien quiera ver la presencia de Cristo que no mire necesariamente a los centros de poder, sino a los márgenes donde él sigue reconstruyendo vidas.

Con Cristo ha comenzado algo radicalmente nuevo. La grandeza ya no se mide por el rigor del profeta, sino por la cercanía del Hijo. La nueva grandeza es la de quien acoge, aunque sea débilmente, la presencia de Dios.

En el fondo, el tercer domingo de Adviento nos recuerda que la alegría cristiana nace cuando la espera se convierte en reconocimiento. A la pregunta de Juan —y a la nuestra— Jesús no responde con promesas futuras, sino con realidades presentes. Y quien lo descubre, aunque sea desde su propia prisión interior, empieza a encender la alegría que anuncia la Navidad.

Este III domingo de Adviento invita a la alegría porque la llegada de Jesús está cerca. Las lecturas recuerdan que Dios cumple sus promesas y que su salvación ya está actuando. Juan señala a Cristo incluso en la duda, mostrando que la fe crece buscando y escuchando.

Sí, este domingo nos da argumentos para afianzarnos en la idea de que la espera se convierte en certeza.

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