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Opinión | Escalera hacia el cielo

Jeremiadas

OPINIÓN | El médico no es Dios, ni ese político en campaña electoral que promete arreglarlo todo, pero debería mostrar un mínimo interés por el paciente

Una pancarta en el Virgen de la Concha anuncia la huelga.

Una pancarta en el Virgen de la Concha anuncia la huelga. / J. N.

Está escrito en Jeremías 29:11, "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Yahvé. Pensamientos de paz y no de pesar, para daros el fin que esperáis". Es de justicia reconocerle al profeta llorón que acertara con lo de la destrucción del templo de Salomón a manos de los babilonios, pero en este caso yerra más que profetiza.

¡Ay, qué malamente debo de estar, cuando ni en la Biblia ni en El Señor de los Anillos encuentro consuelo a mis penas! Tantas que no sería jeremiada ni ataque de locura transitoria, querer incluir entre los libros de sabiduría, junto al Libro de Job, los Salmos y Proverbios, más el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares, el Libro de Bárbara. Otro libro sapiencial que narre en el mismo modo poético tanta aflicción y sufrimiento extremo con causa conocida y más que beeeconocida.

Llevo años soportando con inquebrantable entereza mis dolores, pero como dice la gran María Jiménez, se acabó. Hasta aquí llegué. Y es que si me amputaran los brazos me dolería menos. ¡Ay, el motivo de mi lamento y mi pesar viene a cuento de que acudí a mi ansiada consulta de traumatología, y más me valía no haber ido! No hubiera malgastado otra vez tiempo, energía, gasolina e ilusiones engañosas.

El anterior profesional de los dolores de articulaciones, tendones y huesos, me atendía sin molestarse en levantar el culo de la silla, sin exploración física de la zona dolorida. Y me despedía siempre igual: aconsejándome paternal que no trabajara tanto.

Aquel facultativo, el mismo que me operara con éxito de un bulto de grasa encapsulada en la rodilla que las ovejas insistían en golpear cada vez que encontraban ocasión, y que me tratara de una fisura calcificada en el tobillo que no me ha vuelto a dar problemas, rehuía operarme del túnel carpiano. Se limitaba a recetarme pastillas y cremas que no mitigaban nada, más férulas, cinchas, coderas y muñequeras de diferentes tipos y funciones. Tantas que si me lo propusiera podría abrir una ortopedia rural en la panera de casa.

La nueva especialista en el sistema musculoesquelético que me tocó en desgracia el otro día no demostró el más mínimo interés en mis achaques. Le importaba un carallo el incremento de mis dolencias desde la última vez que pasé por allí. ¡Ay, ni diez minutos raspaos, los que permanecí en consulta!

A un médico no se le exige que sea simpático ni la alegría de la huerta. Para divertidos, los payasos de la tele. Obvio que un médico tampoco es Dios, ni un político en campaña electoral prometiendo que lo va a arreglar todo, todo y todo. Pero al menos, debería demostrar un mínimo interés por el paciente y su historial de padecimientos.

Cerré aquella puerta con el convencimiento de que iba a ser la última vez que suplicaba a la sanidad pública que yo lo único que quiero es que me curen para recuperar la operatividad y funcionalidad de mis brazos. Que, como Rafa Nadal, a mí los dolores ya me dan igual porque después de tantos años estoy hecha a convivir con ellos.

Al contrario que a aquella rancia facultativa, a mí sí me gusta mi oficio, con sus pros y sus no tan pros. Tanto que no diferencio entre mi dedicación y mi vida. No trabajo como pastora, soy pastora. Y para poder seguir siéndolo hasta el fin de mis días, necesito que me devuelvan a mi anterior estado, aquel en el que mis brazos me respondían y no eran un mero apéndice del que colgar el reloj.

Soy realista, no pretendo volver a ser la bestia parda que era a los treinta, pero lo que no quiero es ser una inválida de cincuenta. ¡Ay, sólo espero que esa bien pagá sea mejor ser humano, porque como especialista en traumatología no vale una mierda!

Mejor así. Su falta de empatía y escaso interés en mi ruinoso estado hace la ruptura menos dolorosa. Porque contraviniendo mi sectarismo proselitista y llorica, renuncio a seguir siendo fiel a mis principios. Voy a traicionar todas mis creencias: me largo a la sanidad privada.

¡Ay, sí, lo sé, estoy tirando la toalla, como en el boxeo! No pasa nada por reconocer mi derrota. Me han vencido. Me he criado con un sistema nacional de salud público y de calidad que ya no da envidia porque ha entrado en barrena. Entre todos lo hemos matado, y él solo espera su certificado de defunción.

La burra de todos se la come el lobo, que reza otro refrán.

Son varias las causas, no sólo la mala política y la descarada privatización: el ansia por convertir la salud humana en un negocio del que hacer caja. Algunos médicos también han contribuido a maltratar la sanidad pública. Ausentándose en horas de trabajo, para atender demandas de sus consultas privadas. O estamos a setas o a rolex, Patxi.

Por no hablar de que es necesario cerrar con siete llaves las puertas de los dispensarios. Que la sanidad pública sea de todos, no significa llevarse tiritas y aspirinas a casa. Tampoco la sobre explotación de la que hacen gala muchos pacientes. Como llevar al abuelo a consulta para que las recetas salgan gratis, o perder una mañana de trabajo por un mero resfriado común.

La solución de la sanidad pública es fácil. Basta con obligar a que todo español, desde las putas de OnlyFan hasta el Rey, pasando por los funcionarios, los políticos con vocación de servicio púbico, y los altos jefazos de los consejos de dirección, pague cupón como autónomo. Nadie enferma menos ni pide antes el alta voluntaria que un autónomo. Y como sucede en el fútbol, que sean luego las empresas públicas y privadas quienes se peleen por contratar y pagar una millonada a los mejores en su campo.

¡Ay, sé bien lo que supone recurrir a la sanidad privada! Donde quien contrata el seguro más caro es atendido antes y donde el paciente es un cliente que pasa por caja primero y es atendido luego. Así y con todo, la esperanza es lo último que se pierde, y muerta mi confianza en la reanimación del agonizante sistema público de salud, necesito comprobar, como esos niños pequeños con miedo a la oscuridad, que al menos hay encendida una pequeña lucecita.

¡Ay, recurrir a la sanidad privada significa estar desesperada, y yo lo estoy!

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