Opinión
Doña Magdalena de Ulloa, la luz antigua de Toro
Legado que aún respira en el V centenario de su nacimiento (1525-2025) porque en ella hay una forma de vivir donde la justicia que nace de la fe, se hace servicio concreto y generoso a los más frágiles

Colegio Magdalena de Ulloa. / Cedida
Hace unos días, aprovechando la claridad limpia de este puente de la Constitución y la Inmaculada —un sol de invierno que acariciaba sin herir, como sólo ocurre en las ciudades viejas y serenas— salí a caminar sin prisa por las calles de Toro, mi ciudad. Desde la Corredera, atravesé calles y plazas , miradores del Duero entre ellos uno donde fui muy bien acogido – como siempre- en la casa de un buen amigo toresano cerca del Convento de las Carmelitas… Paseé por los soportales en Santa Marina y los de la plaza que guardan el eco de siglos. Allí me dejé acompañar por el ritmo tranquilo de esta “vieja corte del Duero” que sigue ofreciendo al corazón del caminante una mezcla de hondura y sosiego
Al llegar frente al Colegio Público “Magdalena de Ulloa”, me detuve un instante. Y me vino la evocación del bullicio de los niños en el recreo, las mochilas de colores, las risas que saltan como gorriones en el patio… Todo ello, colegio, educación, patios, me llevaron a pensar en la mujer cuyo nombre preside hoy esta institución educativa. Allí, en aquel espacio lleno de vida, me pregunté qué sentiría Doña Magdalena al ver que, quinientos años después, su nombre sirve para educar, abrir horizontes y sostener esperanzas nuevas en niños y niñas de Toro.
El colegio, que en tiempos llevó otro nombre y que hoy la homenajea, no nació al azar. La ciudad quiso que una mujer de enorme talla humana, espiritual y social —nacida aquí, en Toro, en el verano luminoso de 1525— dejara su huella también en la comunidad educativa. Y de algún modo, al ver ese rótulo en la fachada, percibí que nuestra ciudad mantiene viva una intuición certera: la educación fue uno de los hilos esenciales que vertebraron la vida y la obra de Doña Magdalena.
Allí donde había pobreza, ella levantaba esperanza. Donde faltaba la salud, fundaba hospitales. Donde faltaba formación, fundaba escuelas. Donde la miseria ahogaba a niñas y mujeres, abría casas de acogida y aprendizaje. No es casual que en Oviedo y Santander su nombre siga vinculado a colegios; ni que en Valladolid apoyara instituciones para mujeres marginadas; ni que los jesuitas encontraran en ella una aliada imprescindible para sus obras educativas.

Retrato de Magdalena de Ulloa. / Cedida
Por eso, ante las puertas de “nuestro” colegio toresano, comprendí que Toro no solo recuerda a Doña Magdalena… la continúa y la mantiene viva. Que los niños que hoy entran cada mañana a este centro público —hijo de una larga historia de cambios, ampliaciones y servicio público desde mediados del siglo pasado— son herederos, quizá sin saberlo, de aquella mujer castellana que hizo de la educación una forma profundamente evangélica de amar. Dios quiera que conozcan , al menos un poco , de su generoso quehacer
Con esa intuición viva, seguí mi paseo por la ciudad acercándome incluso a lo que hoy son solares de su lugar de nacimiento . Y fue entonces cuando pensé que tal vez este era el momento de volver a escribir sobre ella, de recordar su figura en este V centenario de su nacimiento, de detenernos un instante – en este año que termina - en la vida de una mujer que, sin ruido, dejó una luz que no se apaga.
Una vida que atraviesa cinco siglos
Cinco siglos después, esta efeméride nos recuerda el tiempo y la gratitud a propósito de la hija de Juan de Ulloa y María de Toledo, hermana de Rodrigo, Pedro y Bernardino, dominico y obispo en Michoacán. Ella, la única mujer, la que quizá nadie imaginó que llegaría a ser referente de misericordia en una España convulsa y brillante. Y mujer que sobresale incluso a la sombra de gigantes, porque durante décadas, su nombre quedó opacado por dos hombres inmensos en la historia: D. Luis Méndez de Quijada, su esposo, hombre de máxima confianza de Carlos V y Juan de Austria, el hijo natural del emperador, a quien ella crió como una auténtica madre.
Pero la historia, con paciencia, ha devuelto el foco a quien lo merece. Esperemos que también lo sea en Toro.
Obras que nacen de una fe encarnada
En 1572, gracias a su apoyo, se levantó en Villagarcía de Campos la Casa de Probación de los jesuitas, y poco después la magnífica colegiata que aún hoy acoge celebraciones, conciertos y momentos de oración. Y en 1586, por bula de Sixto V, fundó, en la misma Villagarcía, el Hospital de Magdalena de Ulloa, hoy Casa de Cultura del pueblo. Pero su horizonte era más amplio: Valladolid, Asturias, Cantabria… Allí donde había vulnerabilidad, ella sembraba educación, misericordia y estructura.
Muchos nombres de jesuitas relevantes de la época acompañaron su misión: Francisco de Borja, Mercuriano, Aquaviva, Gil González Dávila… Y, sobre todo, su querido P. Baltasar Álvarez, maestro de novicios y rector en Villagarcía, consejero espiritual y amigo. En él encontró una guía para profundizar en la espiritualidad ignaciana, que marcó su vida hasta el final.
Un corazón de Toro, una mirada al mundo
Si algo puede decirse de Doña Magdalena es que vivió con una espiritualidad encarnada, enraizada en el mundo de su tiempo, comprometida. Hoy, los jesuitas decimos que vivió y asumió una “fe de la que brota la justicia y una solidaridad que brotaba de la fe en Jesús, el Hijo encarnado. Su caridad no era una teoría, sino una mesa puesta, un rescate pagado, una puerta abierta, un colegio fundado, un enfermo atendido. Sus virtudes —abnegación, perseverancia, intuición, humildad— brillan hoy como signo y testimonio para un tiempo que sigue necesitando referencias sólidas.
Magdalena de Ulloa,
hija de Toro,
mujer luminosa,
servidora de los más vulnerables,
educadora sin aulas pero hacedora de las mismas.
Y con mirada, mística en lo cotidiano, y en lo concreto.
Nombre que estas modestas letras siguen recordando comolatido de hoy: porque en ella la caridad tuvo cuerpo, la fe tuvo horizonte y la justicia tuvo rostro.
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