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Opinión | La palabra

Preparándonos

"Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos" (Mt 3, 1).

Juan en el desierto.

Juan en el desierto.

Juan aparece en el desierto vestido con piel de camello, comiendo langostas y miel silvestre. ¡Vaya manifiesto! En una sociedad obsesionada con las apariencias, Juan elige la austeridad radical. Quizás hoy nos gusta estrenar cada temporada, acumular ropa sin usar..., subir a Instagram nuestros brunchs de finde. La vestimenta tosca del Bautista y su dieta austera gritan una verdad incómoda: no necesitáis tanto. La conversión comienza despojándose de lo superfluo. Saturados de consumismo, armarios repletos y mesas abundantes mientras otros pasan hambre..., Juan, sin postureo ascético, con predicación coherente nos interpela.

Paradójicamente Juan está en el desierto, y las multitudes acuden a él. Nosotros huimos de los desiertos personales y eclesiales. Nos horrorizan. Llenamos cada silencio con ruido, cada vacío con actividades, cada crisis con distracciones. Tememos quedarnos a solas con nuestras verdades desnudas. Eclesialmente, preferimos el bullicio de eventos antes que el desierto fecundo donde Dios habla al corazón. Aunque... ¡sin desierto no hay conversión auténtica!

Cuando la gente religiosa acude, Juan les espeta: "¡Raza de víboras!"... Hipócritas que envenenan comunidades con su religiosidad vacía. "No os justifiquéis pensando que tenéis por padre a Abrahán". ¿Cuáles son hoy nuestras "credenciales de hijos de Abrahán"? Presumimos constantemente: "Vengo de familia católica de siempre", "fui bautizado, hice la primera comunión y confirmación", "mis hijos van a colegio católico", "pertenezco a esta cofradía desde hace generaciones, "colaboro económicamente con la parroquia", "voy a misa los domingos", "soy catequista", "formo parte del consejo parroquial"... Exhibimos nuestro currículum religioso como si fuera una póliza de seguro ante Dios. Hacemos retiros (=desiertos) y después ¿perdonamos?; comulgamos y ¿explotamos laboralmente?; criticamos la inmoralidad ajena y ¿vivimos con resentimientos?...

Dios puede sacar hijos fieles hasta de las piedras. "El hacha ya está en la raíz": No poda ramas, va a los cimientos rancios, corruptos, de nuestras vidas. No le interesan cambios superficiales ni maquillajes morales. Busca cortar la raíz de nuestro egoísmo y orgullo hipócritas.

Juan no predica ocurrencias personales. Conoce profundamente las Escrituras, cumpliendo la profecía de Isaías: "Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas". Esta fidelidad bíblica le da autoridad absoluta. Y anuncia: "Yo os bautizo con agua, pero (...) él os bautizará con Espíritu Santo y fuego". ¿Qué es este fuego del Espíritu? No es una experiencia mística dulce ni un sentimiento religioso reconfortante. Es el fuego que purifica quemando lo que sobra. Es el fuego que consume la paja de nuestras mentiras, que calcina nuestros ídolos respetables, que derrite el corazón de piedra para hacerlo de carne.

Juan exige conversión radical: desintoxicarnos de nuestras adicciones aceptables: a la aprobación social, al consumo compulsivo, a las pantallas que nos anestesian, al éxito profesional que justifica cualquier sacrificio familiar, al protagonismo religioso que alimenta nuestro ego. Su bautismo limpia por fuera; el de Cristo transforma desde dentro.

La oración se vuelve esencial en este camino penitencial:

En el silencio del desierto propio -dolor, vacío, pobreza reconocida- nos arrodillamos ante ti sin salvoconductos: nuestras manos vacías te esperan, nuestros corazones despojados te anhelan. Ven a llenar lo que solo tú puedes llenar.

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