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Opinión | CuZeando en la ciencia

El progreso también se asfalta

En Zamora, la falta de una autovía entre la capital y Alcañices hacia Portugal refleja cómo la ausencia de buenas carreteras puede traducirse en aislamiento y en vidas truncadas, según se constata en la N-122

Firme de un tramo de la carretera N-122 entre Toro y Zamora.

Firme de un tramo de la carretera N-122 entre Toro y Zamora. / Ahora Decide.

En muchos pueblos la carretera no llegó con cintas inaugurales ni discursos solemnes. Llegó despacio, primero como un camino de tierra donde el polvo se pegaba a la ropa, y años después cubierta por una capa negra que dejó de hundirse tras las lluvias. Sin ruido mediático, aquel trazo firme cambió la vida rural con más profundidad que muchos inventos anunciados a bombo y platillo.

La física del asunto es sencilla, aunque rara vez la pensamos. Un camino de tierra traga energía permanentemente. Cada bache obliga al vehículo a vibrar y cada piedra roba fuerza. Es fricción, resistencia y desgaste. El asfalto distribuye cargas y reduce pérdidas. Dicho de forma simple, permite avanzar más lejos con menos esfuerzo. En los manuales se llama eficiencia, en los pueblos se tradujo en que el trayecto a la capital dejara de ser una odisea polvorienta.

El motor de combustión fue la otra mitad del cambio. Mezcla aire y combustible, explota, empuja un pistón y lo convierte en giro. Para los ingenieros, es termodinámica aplicada. Para la gente, era poder ir y volver sin que el día entero se fuera en el viaje. No solo se redujo el tiempo, también cambió su valor ya que se empezó a elegir cuándo ir, no cuándo se podía.

Mi abuelo me habló de aquellas primeras bombas manuales de gasolina, casi artesanales, que parecían sacar el combustible con paciencia. Hoy apenas podemos imaginarlas mientras repostamos en segundos. Yo mismo lo noto especialmente cuando conduzco mi viejo Seat 850. Sin servodirección, sin ABS, sin aire acondicionado, cada curva y cada frenada recuerdan una conducción directa, sin filtros. Y en esas sensaciones se aprecia aún más lo que significa circular por un firme liso y bien trazado.

Las carreteras reorganizaron los pueblos. El centro de la comarca dejó de ser el más grande para convertirse en el mejor comunicado. Aparecieron talleres familiares, bares en los cruces y surtidores que hacían casi de oficina de información. El autobús escolar abrió horizontes, el médico llegó antes y el comercio local creció porque ya se podía cargar más en menos viajes.

La distancia emocional se encogió con el asfalto ya que el hijo emigrado podía volver más a menudo. La autovía acercó la costa, las capitales y los hospitales. Y lo más curioso es que el gran cambio quedó oculto bajo las ruedas. No fue solo el coche en sí, sino la superficie que lo hacía posible.

Hoy seguimos comprobando que donde hay buenas carreteras, hay vida. Y también se nota cuando faltan. En Zamora, la reclamación de una autovía entre la capital y Alcañices hacia Portugal lleva años sobre la mesa. La N-122 ha visto más cruces de flores que inauguraciones, y en Aliste esa ausencia se traduce en sentimiento de olvido y en vidas truncadas. Ahí se entiende bien que el progreso no es abstracto pues unas rectas más seguras y unos kilómetros bien trazados pueden marcar la diferencia entre oportunidad y castigo.

Cuando recorro una carretera de Tierra de Campos o cruzo La Carballeda sin sobresaltos, cuesta recordar que bajo el asfalto hay mucha ciencia. También hay una historia de postes, máquinas y vecinos que empujaron para que su pueblo no quedara aislado. Las carreteras no solo conectaron Zamora con el mundo. Conectaron sus pueblos entre sí, cambiaron sus ritmos y dieron otro valor a los lugares.

La revolución del asfalto fue silenciosa porque triunfó de verdad. Se volvió invisible. Solo la noto cuando subo al 850 y el volante, duro y honesto, me recuerda de dónde venimos. Entonces es imposible no valorar lo que antes se daba por perdido. Quizá por eso, cuando conduzco hacia Aliste, sigo pensando que el progreso no debería sentirse tan lejos.

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