Opinión
Una inaceptable regresión con la violencia machista
EDITORIAL | Ni Zamora, ni el resto de España, pueden permitirse fracturas que confunden a la ciudadanía y debilitan el mensaje

La lucha feminista tiñe de morado la Plaza Mayor de Zamora con motivo del 25N / Alba Prieto
Pasó el 25N, parece que los ecos de la movilización se han apagado, pero resulta imprescindible continuar hablando de la violencia contra las mujeres. Los comportamientos machistas no remiten. Con más medios y mayor concienciación que nunca, la sociedad vive paradójicamente un momento en el que surgen síntomas de retroceso muy preocupantes.
La ola no se detiene. Solo por las estadísticas, la deriva resulta abominable. Cuando se traducen los fríos números a personas de rostro concreto, a esperanzas rotas, familias destrozadas, huérfanos y noches de miedo y dolor en silencio, la situación sencillamente produce escalofríos. El sistema VioGén contabiliza en la provincia a fecha actual 298 víctimas en alerta, con 34 casos de riesgo relevante y 147 menores involucrados. A estos números hay que sumar 2.372 expedientes que ya están inactivos, de manera que el escudo de protección ha atendido la friolera de 2.673 casos de violencia machista en Zamora desde su puesta en funcionamiento.
Los servicios especializados –las fuerzas de seguridad, las casas de acogida, los equipos psicosociales– constatan además un incremento sostenido de denuncias, un repunte de las órdenes de protección y un número creciente de menores expuestos a entornos dañados. La complejidad de los casos aumenta. Las formas de acoso mutan y se disfrazan. La inmersión digital trastoca los patrones y dificulta la detección temprana.
Esta involución increíble pone de manifiesto lo costoso de llevar adelante acciones contra el machismo y la tremenda fragilidad para consolidar lo conseguido. Un entramado de servicios públicos robusto ofrece acompañamiento a las afectadas. Pero la experiencia demuestra que los protocolos, por sí solos, no bastan. Aunque la mayoría de la sociedad tiene plenamente asumida la cultura igualitaria y evidencia sensibilidad hacia estas cuestiones, estamos necesariamente obligados a revisar las estrategias.
Los desafíos del rebrote machista nos interpelan con una mezcla de urgencia y responsabilidad. No se trata de cumplir con una efeméride como parte del ritual cívico, asumiendo su significado de manera acrítica, sino de reconstruir consensos amplios y dar carácter prioritario a nuevas medidas que garanticen superior eficacia en el combate.
Muchos jóvenes de democracias avanzadas, un dato sorprendente, se muestran demasiado tolerantes con las agresiones. Incluso tienden a normalizar el sometimiento bajo la tutela masculina a pesar de que han crecido desde hace generaciones en un ambiente diferente y sus padres y abuelos les inculcaron otros valores. Reforzar el trabajo sostenido en las aulas, consolidar programas educativos y fomentar la conversación pública frente a una de las mayores vulneraciones de los derechos humanos no puede agotarse después de cada 25 de noviembre.
La división en el ámbito feminista hace mella. La grieta que nació por la ley trans, la prostitución y la doctrina del "solo sí es sí" se agiganta. Las manifestaciones por separado restan fuerza. La gravedad de lo que acontece obliga a retomar sin fisuras las reivindicaciones. Ni Zamora, ni el resto de España, pueden permitirse fracturas que confunden a la ciudadanía y debilitan el mensaje que las víctimas precisan escuchar. No es una cuestión ideológica, sino de principios fundamentales.
Los desafíos del rebrote machista nos interpelan con una mezcla de urgencia y responsabilidad. No se trata de cumplir con una efeméride como parte del ritual cívico, asumiendo su significado de manera acrítica, sino de reconstruir consensos amplios y dar carácter prioritario a nuevas medidas que garanticen superior eficacia en el combate.
Los zamoranos salieron a las calles de sus principales poblaciones el pasado martes para exigir políticas prácticas orientadas a que ninguna mujer sea asesinada por el simple hecho de serlo, pero también para recordar a todas aquellas que han sufrido y sufren conductas agresivas en mitad del silencio de entornos hostiles como el medio rural. Frente a eso, lo que toca en el futuro es no callarse jamás para incentivar una reactivación colectiva. No callarse jamás hasta que a ninguna de ellas la aplaste el terror a un hombre. Y convertir esa valiente liberación en compromiso cotidiano hasta el día en que pongamos fin a las muertes de este tipo por las que llorar.
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