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Opinión | CuZeando en la ciencia

La izquierda perdió el pulso joven

OPINIÓN | Las encuestas europeas y españolas muestran que los jóvenes sitúan la vivienda y el empleo entre sus principales preocupaciones

Unas jóvenes realizan un bizum a través de su teléfono móvil.

Unas jóvenes realizan un bizum a través de su teléfono móvil. / Redacción

Me llaman la atención dos cosas a la vez sobre actualidad política. La primera es lo que dicen las encuestas sobre que muchos jóvenes han cambiado de signo político y que el auge de la derecha es un hecho que preocupa a analistas y a buena parte de la prensa. No es una sensación mía. Los barómetros públicos muestran un crecimiento de la intención de voto de la derecha y una incidencia destacada entre los electores más jóvenes.

La segunda cosa es la respuesta habitual de ciertos sectores mediáticos y políticos de la izquierda. Nos señalan a nosotros, a los jóvenes, como si fuéramos la causa. "Los jóvenes son ignorantes", "son manipulables", "no han leído". No me niego al diagnóstico crítico ni a la autocrítica, pero me niego a aceptar ese relato simplista. Hablo como joven, como físico, y también como alguien que aplica el pensamiento científico al analizar datos y causas. Frente a la pereza intelectual de los eslóganes, prefiero mirar las correlaciones y las motivaciones reales.

La sensación de pérdida de expectativas es masiva entre los jóvenes. El acceso a la vivienda, la precariedad laboral y el futuro económico son problemas que condicionan elecciones políticas. Las encuestas europeas y españolas muestran que los jóvenes sitúan la vivienda y el empleo entre sus principales preocupaciones. Además, los informes oficiales de juventud subrayan la dificultad real de acceso a una vivienda digna para las generaciones más jóvenes. No es extraño que quien vive con la sensación de tener cerrado el horizonte tienda a votar otras alternativas.

No somos tontos. El giro hacia opciones de la derecha no responde a una ignorancia súbita sino a un cálculo ante lo que se percibe como incompetencia o hipocresía de quienes gobiernan. Los escándalos judiciales y los procedimientos contra figuras relevantes han erosionado la credibilidad del Gobierno. Que la justicia actúe contra alguien relevante, como la reciente condena al fiscal general del Estado, o que familiares de altos cargos estén siendo investigados, calienta la percepción pública de que "todos son iguales". Es comprensible que eso provoque desencanto y búsqueda de alternativas.

Las promesas incumplidas pesan. Llevamos años escuchando anuncios grandilocuentes sobre vivienda juvenil, ayudas y planes que deberían facilitar emanciparse. Los planes y los discursos han abundado, pero la sensación de cambio real en la calle es limitada. La discrepancia entre promesa y resultado explica parte del giro electoral. Quien no percibe soluciones palpables tiende a castigar políticamente a quienes gobiernan.

Dicho esto, me molesta profundamente que se trate a los jóvenes como quien no razona. Yo estoy harto de que se simplifique a "los jóvenes votan mal" o "son ignorantes". Es una explicación antropológica cuando lo que toca es política. Cuando un electorado joven se desplaza, deberíamos preguntarnos qué hemos hecho mal para merecer ese castigo. ¿Hemos defendido coherentemente valores públicos? ¿Hemos aplicado políticas eficaces en vivienda y empleo? ¿Hemos dado respuestas creíbles frente a los casos de corrupción y a la sensación de opacidad? Estas preguntas no eximen a nadie, y menos a quienes representan a la izquierda.

Como científico, prefiero modelos explicativos antes que moralinas. Un cambio de voto es compatible con una lectura racional. Los jóvenes que priorizan empleo y techo, que observan inestabilidad institucional y que buscan nuevas señales de orden o de eficacia. No todos los que optan por la derecha comparten las mismas razones, algunos reaccionan contra la cosmética política, otros buscan una alternativa identitaria, y otros se dejan llevar por el discurso antisistema. Pero reducirlo a "son unos ignorantes" es, además de injusto, absurdo desde el punto de vista empírico.

También es justo reconocer responsabilidades. Si la izquierda pretende reconquistar a los jóvenes debería entender que la pedagogía política no es sermón sino coherencia. Coherencia entre palabra y obra, entre promesa y entrega.

Termino con un principio científico que aplico también a la política. Cuando un experimento falla, no culpas al contador, revisas el diseño. Si la población joven se mueve hacia la derecha, no empecemos por estigmatizarla. Empecemos por examinar nuestras hipótesis y medir dónde fallamos. Solo así podremos proponer soluciones que realmente lleguen a la gente que decimos querer representar.

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