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Opinión

La juventud es pasajera, la cana es poder

OPINIÓN | La economía de los mayores no gira únicamente en torno a la salud o los bastones; también se mueve por la curiosidad

El VII Congreso Silver Economy ahonda en este nicho de trabajo para atraer mayor población

El VII Congreso Silver Economy ahonda en este nicho de trabajo para atraer mayor población / Víctor Garrido

Dicen que envejecer es un castigo, y quizá lo sea, aunque no necesariamente para todos. Se podría incluso decir, con cierta ironía, que es un mal negocio para quienes no saben verlo venir, para quienes creen que los años no son más que un peso, un motivo de resignación o un recordatorio de la fragilidad.

Pero la llamada Silver Economy nos recuerda, –como un susurro que necesita repetirse para calar– que envejecer no significa retroceder. Significa que los años son una conquista: la de haber sobrevivido al entusiasmo de la juventud, la de haber aprendido a distinguir lo urgente de lo importante y alcanzar la libertad de no necesitar demostrar nada. Significa descubrir que, pese a las ironías del tiempo, todavía queda mucho por hacer y, sobre todo, mucho que ofrecer.

Este concepto revela un cambio silencioso: los mayores dejan de ser un grupo pasivo para convertirse en un auténtico motor económico, social y cultural. La sociedad comienza a entender que el tiempo no solo suma años, sino que también suma lucidez, serenidad y cierta inmunidad frente a la tontería.

Olvidemos, por un momento, los clichés. La economía de los mayores no gira únicamente en torno a la salud o los bastones; también se mueve por la curiosidad, por los viajes planeados con calma, por la tecnología que facilita la existencia sin humillar y por la educación que no teme a las arrugas ni a los recuerdos que, a veces, pesan y, otras, liberan.

Quien permanezca en casa pensando que viajar es cosa de jóvenes ignora lo que ocurre. Los mayores de cincuenta años viajan más de lo que uno imaginaría y lo hacen exigiendo algo más que comodidad: buscan cultura, gastronomía local y vivencias que estimulen los sentidos. Quienes lo comprenden captan un mercado en expansión; quienes no, se quedan con sus catálogos y sillones vacíos, sin advertir que la edad plateada puede ser vigorosa y persuasiva, y que estos adultos saben exactamente lo que quieren y lo que están dispuestos a pagar.

Sin embargo, la Silver Economy no es solo un negocio; es también humanidad. Hablar de ella es hablar de una forma distinta de entender la vida, de reconocer el valor de quienes han construido antes que nosotros y siguen teniendo mucho que aportar. Incluir a las personas mayores, permitirles actuar, enseñar, aprender y colaborar, genera una riqueza que los bancos no pueden medir: cohesión, respeto, creatividad y sentido de continuidad.

Esa riqueza humana encuentra hoy un aliado inesperado en la tecnología. Lo que hace apenas unos años parecía ciencia ficción —aplicaciones que vigilan el corazón o dispositivos que recuerdan la medicación— es ya parte del día a día. Pero esas innovaciones son solo la punta del iceberg: la inteligencia artificial que anticipa movimientos, la robótica que aprende los hábitos o la conectividad que permite, quizá por primera vez, no depender de nadie salvo de uno mismo, están transformando la relación de las personas mayores con el mundo y consigo mismas.

En ese encuentro entre humanidad y tecnología, entre experiencia y progreso, la Silver Economy revela su verdadero potencial: no solo impulsar la economía, sino también reconstruir los lazos sociales. Porque cuidar de nuestros mayores, escuchar su voz y ofrecerles herramientas para seguir participando activamente en la sociedad es, en definitiva, cuidar del futuro que todos compartimos.

Y, sin embargo, aún persiste cierta arrogancia juvenil. Basta asomarse a las redes para encontrar comentarios despectivos hacia las personas de edad: una insolencia moderna que no es más que ignorancia disfrazada de ingenio. Quienes así piensan olvidan —o prefieren no recordar— que su juventud es efímera, convencidos de que el tiempo tendrá compasión de ellos, como si las arrugas respetaran la soberbia.

Se envejece, sí, pero también se puede prosperar. Quienes lo entienden —gobiernos, empresas, emprendedores— saben que la edad es una fuente de oportunidades. Deja de ser un lastre para convertirse en un arma de ingenio y, por qué no decirlo, de cierta gloria: esa que no se presume, pero se siente.

Quizá solo al final, cuando se alcanza la edad suficiente para mirar atrás sin miedo, se comprende lo que realmente importa: aquello que antes se ignoraba o se daba por supuesto, y que ahora, por fin, brilla con la claridad que solo los años pueden otorgar.

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