Opinión | Desde los tres árboles
El llano y el olvido
Castilla es tierra de galgos. Perros de carnes magras en torno a los costillares, ascetas de la llanura que corren tras la presa sin detenerse un momento, ni tan siquiera para coger aliento, porque han sido arrojados a la tierra con un único mandato: la persecución y el derribo.

Carrera de galgos / Villalpando
Castilla es tierra de galgos. Perros de carnes magras en torno a los costillares, ascetas de la llanura que corren tras la presa sin detenerse un momento, ni tan siquiera para coger aliento, porque han sido arrojados a la tierra con un único mandato: la persecución y el derribo.
Nada que ver su porte desaliñado con la elegancia del braco ni su fortaleza con la del sabueso, que tanto sabe de monterías, o la del formidable podenco, ese animal de cabeza alargada y hocico puntiagudo que tiene estampa de dios egipcio. Y es que, ¡el llano no da para veleidades!
Apenas comenzada la temporada de caza, este atleta rabilargo salta al páramo atento al dueño y presto a sorprender a la liebre en la orilla de la vereda o a darle alcance con poderosa zancada a través de barbechos y campos recién sembrados. Para eso está programado, para cobrarla sin estrategias en un duelo de brutal belleza. Naturaleza en estado puro. Fuerza y astucia fatalmente enfrentadas.
Su territorio es la meseta, un mundo definido por la aspereza, primitivo y cicatero, que no valora el esfuerzo por eficaz que haya sido. Si acaso una palmada en el lomo merecerá la fantástica carrera cuando, sumiso y resignado, el animal se acerque al cazador con la presa aún palpitante entre sus fauces. Nada que objetar, sin embargo. ¡Es la ley del llano!
Sucede que en la planicie no caben aplausos ni celebraciones. Hace años quedó convertida en penoso secarral y desde entonces todo es desolación en sus campos yermos: casas abandonadas, escuelas en silencio, aperos de labranza rendidos al tiempo y cubiertos de telarañas. Desconozco las razones del olvido. ¿La desidia, la incompetencia, la codicia, incluso, de algunos tal vez? No sé. Lo cierto es que hoy día los pueblos de la meseta yacen bajo un oleaje de tejas rojas sobre el que, de tarde en tarde, las espadañas de los templos emergen acusadoras como restos visibles del desastre.
Sin embargo, no siempre fue así. Primaveras hubo en las que el llano fue un océano de cereales germinados. En sus caminos se escuchaba, entonces, el cantar de los arrieros y por las noches, bajo los balcones entreabiertos, agitadas risas y requiebros. Sucedió hace tiempo. Hoy sólo queda un inmenso campo, inabarcable y vano, bajo un cielo indiferente… ¡Tan sólo una llanura inclemente en la que no hay cobijo!n
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