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Opinión

Adviento en Toro: la Virgen embarazada que vigila el Duero

En Toro, la mañana despierta despacio. La niebla cubre el Duero, y la ciudad parece contener la respiración. Dentro de la Colegiata de Santa María la Mayor, una imagen sorprende a quienes cruzan su puerta: la Virgen encinta.

Virgen encinta Toro

Virgen encinta Toro / Cedida

En Toro, la mañana despierta despacio. La niebla cubre el Duero, y la ciudad parece contener la respiración. Dentro de la Colegiata de Santa María la Mayor, una imagen sorprende a quienes cruzan su puerta: la Virgen encinta. Una talla de piedra que, aunque inmóvil, transmite la sensación de estar en camino, de esperar algo que aún no ha llegado.

La Virgen pertenece al grupo de imágenes medievales conocidas como “Virgen de la Esperanza” o “Virgen preñada”, típicas de Castilla y León en los siglos XIII y XIV. Esta escultura, realizada en piedra arenisca policromada, es una de las pocas de su tipo que se conservan, y representa a María durante el embarazo de Cristo, antes del nacimiento. Su creación refleja la transición entre el arte románico tardío y el gótico temprano: la rigidez inicial de la piedra se suaviza con la mirada de unos ojos adolescentes y asombrados y con unos pliegues del manto que caen de manera natural como una tela suave revelando todo ello la maternidad y la ternura de la mujer

Ese manto, pintado y marcado por los siglos, cae sobre la columna románica que la sostiene. Una mano descansa sobre el vientre, subrayando el embarazo en un gesto de anuncio y atención hacia lo que está por venir. La Virgen observa atenta , ( ¡ojos abiertos¡) un amanecer que todavía no ha nacido, como si supiera algo que los hombres apenas comienzan a comprender.

El Espolón la rodea Un mirador suspendido sobre el Duero, hilo de plata a sus pies, y que ha ofrecido siempre a los toresanos la vista de un horizonte que consuela y ensancha. Desde allí, generaciones han buscado refugio en la línea infinita donde se mezclan sueños, silencios y conversaciones … ¡y memoria ¡ . La Virgen parece mirar ese horizonte, siguiendo la luz del sol y el paso de las estrellas, y nos invita a levantar también la mirada. Su espera nos recuerda que la paciencia y la atención activa forman parte de la vida. Como la de una un labrador toresano que escudriña los cielos

Dentro de la Colegiata, la luz entra como de incienso. Rozando su rostro, ilumina el azul apagado de su toca y deja en sus mejillas un resplandor que no parece de este mundo, pero que lo llama y lo nombra. Hay un silencio que respira alrededor de la imagen, un silencio que parece decir: “Aquí está naciendo algo que te concierne; no apartes la mirada”.

Bajo sus pies, dos desnudos se enredan en un árbol que recuerda al primer suspiro del Edén. Es un recordatorio de la fragilidad humana, de los errores y heridas que nos acompañan desde siempre. Y sin embargo, la Virgen se alza como un brote nuevo, como una raíz que bebe de la oscuridad para dar luz. Su embarazo simboliza esperanza: adviento es esta espera que no se rinde, el miedo que se transforma en ofrenda, la herida que se convierte en camino.

Toro es ciudad de piedra que canta, de vino que tiñe la tierra y de campanas – como las de vecino Arco del reloj o la de los conventos eternos y ejemplares - que marcan las horas. Su adviento más profundo se vive a la sombra de esta Virgen. Cada calle empedrada parece repetir el pulso de su corazón, que aguarda con paciencia y firmeza.

La Virgen de Toro recoge los susurros de quienes buscan consuelo, de quienes temen la noche y esperan un gesto. Su mirada parece invitar a encontrar un Dios cercano, que se siente al lado del hombre y acompaña su vida cotidiana.

Que este adviento nos encuentre despiertos, atentos, pobres de miedo y ricos de escucha. Que guardemos dentro del corazón un fuego que se enciende en silencio, un amor que crece en secreto y una vida que comienza sin hacer ruido, pero que transforma todo a su alrededor.

Frente a la Virgen, el mundo aprende a esperar. Su vientre guarda la luz que va a nacer, despacio, sin estridencias, enseñando a todos que la espera también puede ser un acto de amor. Y Toro, con sus calles, su Duero y sus miradores ( El Carmen, La Magdalena…) , se detiene un instante para contemplar cómo la historia, el arte y la esperanza se cruzan en la imagen de piedra de una mujer que vigila la ciudad, mientras el adviento se despliega, silencioso, luminoso e inevitable.

Mientras esperamos el amanecer para todos los empobrecidos.

Y luchando por ello.

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