Opinión
Hasta que la muerte nos separe
El maltrato se puede contar de múltiples formas, y hay múltiples maltratos que contar.

Hasta que la muerte nos separe
El maltrato se puede contar de múltiples formas, y hay múltiples maltratos que contar.
Eran apenas dos adolescentes de diecisiete años cuando, en aquel viaje de fin de curso, sellaron su amor en el puente de las Artes de París. Un candado firme, con sus iniciales grabadas, quedó prendido de la barandilla como un testigo silencioso. Y al lanzar la llave al Sena, confiaron al río su juramento de amor, fidelidad y respeto, creyendo que la corriente guardaría para siempre el secreto de su promesa.
Los años fueron pasando, dejando una estela de risas, descubrimientos y esperanzas compartidas. Ella creyó comprender cuánto le amaba y, sin apenas darse cuenta, se vio vestida de blanco frente al altar, con el corazón latiendo al compás de aquel juramento eterno.
La quería tanto que los celos brotaron de él como sombras densas y silenciosas. Y entonces llegó el primer golpe, inesperado y devastador, que le rompió el tabique de la nariz. Sintió un estallido de dolor que recorrió su rostro y su confianza a partes iguales. Él se arrodilló frente a ella, con la voz rota, suplicando perdón mil veces, prometiendo que jamás volvería a suceder. Ella le creyó, aferrada a un hilo de amor que aún le hacía temblar.
Con aquel puñetazo quedó claro.
Ella era suya.
Solo suya.
A él no le hacía gracia que ella trabajara en su despacho, rodeada de hombres: hombres trajeados, engominados, correctos, que la trataban con el respeto que se merecía por la dedicación y el talento que mostraba día tras día. Era la abogada más brillante y, por ende, una de las figuras más admiradas del bufete más prestigioso de la ciudad. Allí se sentía realizada, útil.
En varias ocasiones, él le insistió en que dejara ese "trabajo de hombres", que su verdadero deber estaba en el hogar, porque eso era lo más importante en un matrimonio. Entonces ella descolgó sus títulos, contempló la orla y vio cómo sus sueños y sus metas profesionales se desmoronaban frente a sus ojos.
Con el tiempo, fue alejándose de los encuentros familiares, de las reuniones con amigos y de las citas con las compañeras del gimnasio. Su único objetivo era estar guapa para él, complacerlo en todo, aunque nunca parecía suficiente: él encontraba siempre la manera de ridiculizarla, de hacerla sentir pequeña en cada instante.
A lo largo de los años vinieron otros golpes, y muchos más. Maquillaba los moratones con la misma delicadeza con la que ocultaba el miedo que la acompañaba cada día.
Hasta aquella paliza final, que cerró sus ojos mientras escuchaba el murmullo del Sena cumplir las palabras de aquel sacerdote:
"Hasta que la muerte os separe".
En numerosas ocasiones, basta la mirada para que alguien se convierta en el héroe inventado, porque en ella proyecta sus propios sueños, anhelos y esperanzas.
No siempre se ama lo que alguien es, sino lo que la imaginación ha idealizado sobre esa persona. Y por ese deseo, se abandona la vida y se ata el destino al del ser amado.
Pero llega un día en que la máscara se agrieta: el héroe inventado se resquebraja y cae. Ninguno, o casi ninguno, sobrevive a la desnudez de una mirada lúcida ni al roce constante de la cercanía. El tiempo y la realidad, inexorables, acaban por destruirlos.
Entonces cada uno se descubre solo, enfrentándose a las cicatrices invisibles de aquel amor que un día creyó eterno.
Y en el silencio que sigue, sabe que, entre las sombras y las huellas, hay un cauce por el que volver a encontrarse a sí misma.
Dicen que, una noche cualquiera, alguien vio cómo un candado caía del puente de las Artes y se hundía en el Sena.
Quizá el óxido cedió con los años.
O quizá fue ella, desde algún lugar, quien por fin encontró la llave.
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