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Opinión

¿Los centímetros cuentan? La ejemplaridad como unidad de medida

La ley, como el metro, debería medir igual para todos. Y si la norma admite flexibilidad, que esa flexibilidad alcance también al ciudadano.

¿Los centímetros cuentan? La ejemplaridad como unidad de medida

¿Los centímetros cuentan? La ejemplaridad como unidad de medida

En Zamora, ciudad de piedras milenarias y normas milimétricas, se ha abierto un debate que mide exactamente seis centímetros. Esa es la diferencia entre lo que establecen los reglamentos de accesibilidad en las obras públicas -en este caso, 110 centímetros para la altura del pretil del Puente de Piedra- y lo que finalmente se ha construido: 104 centímetros. Una diferencia aparentemente menor que, lejos de ser anecdótica, deja al descubierto una fisura mucho más significativa, la distancia entre la normativa que se impone al ciudadano y la que se acomoda a la administración.

El Sr. alcalde, Francisco Guarido, ha resuelto el asunto mediante un Decreto de Alcaldía, desoyendo los informes técnicos que recomendaban ajustarlo a la normativa vigente y apoyándose en la justificación del director de obra, que apunta a la funcionalidad y seguridad del pretil. Así que, según el regidor, "la obra se queda como está, ha quedado bien y está aceptada socialmente".

Esta decisión revela una permisividad institucional que contrasta con la rigurosidad exigida a familias y pequeños negocios zamoranos. Esos que no disponen de potestad normativa, pero sí enfrentan hipotecas, licencias y reformas. Esos que conocen bien cómo una desviación imperceptible, incluso de un solo centímetro, puede derivar en la denegación de una licencia o la paralización de una obra. Mientras tanto, el Ayuntamiento se permite un margen de seis centímetros en una infraestructura pública, y no en cualquier enclave, sino en un monumento histórico que debiera ser ejemplo de rigor técnico y respeto patrimonial.

En este contexto de elasticidad institucional cabe preguntarse: ¿no debería ser la administración el primer garante del cumplimiento de las normas que impone a sus ciudadanos? Porque si seis centímetros pueden ignorarse en una obra pública, ¿por qué se convierten en obstáculo insalvable cuando afectan a una vivienda privada o a un escaparate comercial? ¿Por qué se exige precisión quirúrgica al ciudadano mientras se tolera laxitud institucional? La ley, como el metro, debería medir igual para todos. Y si la norma admite flexibilidad, que esa flexibilidad alcance también al ciudadano. Y si no lo hace, entonces el problema no es técnico, es ético.

Todo ello nos lleva a una cuestión de fondo que no puede obviarse: la confianza. Cuando la administración incumple las normas que exige a los ciudadanos, se erosiona la credibilidad institucional y se instala la sospecha de que hay dos varas de medir, una para el pueblo y otra para el poder. Por eso, seis centímetros cuentan. Son la medida de la coherencia, del respeto a la norma y de la ejemplaridad que se espera de quien gobierna.

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