Opinión
El sol del membrillo
"Es un amarillo que daña, que se adueña de todo cuanto toca. Un amarillo que marca los días como suyos, con tal propiedad que es inútil poder arrebatársela"

El membrillo, típico de la época otoñal / A. P.
¡Qué agradables resultaban hace años, llegada esta época de otoño, los paseos entre las huertas de Benavente y detenerse ante los membrilleros donde sus frutos iban llenándose de amarillo!
Había quizás más amarillos, pero solo recuerdo dos a los que prestaba mayor atención: este de los membrillos y el de las ciruelas calabacillas, fruto prácticamente desaparecido, sin saber cuáles hayan sido las causas de su exterminio.
Desde que comenzaban a entrar en sazón, me refiero en este caso a los membrillos, seguíamos el curso de su madurez. Vigilantes, celosos, casi montando guardia para que nadie se nos adelantase antes de dar el asalto final en cualquier noche de luna y hacernos con ellos.
Recubiertos de pelusa los frotábamos hasta que ésta desaparecía surgiendo entonces su color intenso lo mismo que su aroma. Y luego, ese primer mordisco que nos acorchaba la boca.
Dos eran nuestros árboles preferidos, por la cercanía al barrio de La Soledad, uno, el de Muñiz, en el camino Borreguil y el otro, el de Juan Carbayo, cuya huerta conocíamos palmo a palmo por ser nosotros y sus nietos los principales depredadores.
Pero ahora que me lleno de evocaciones dejo a un lado el fruto para detenerme en este sol casi caduco que parece hacer esfuerzos para prolongar la agonía de un verano que ya se fue. Un sol que no abrasa ni arde sobre las zahorras de las solanas. Un sol que sólo ilumina y que nos da los mejores atardeceres, los más bellos ocasos cuando se despide por poniente.
Bajo a La Pradera para estar más cerca de los árboles y me detengo sobre el puente de madera que da acceso a la Fuente Mineral oyendo el murmullo del agua.
Un agua que se tiñe también de amarillo porque en ella y entre juncales, se reflejan los castaños de Indias y los sauces llorones.
Siempre he creído que nuestros ríos, al menos que se enfaden, bajan lentos, callados, murmurando. Lástima que el agua no pueda hablarnos para darnos fe de cuanto camino han recorrido hasta llegar a la llanura de la tierra plana. De cuando se han tenido que hacer torrentes y bravos para luego dejarse mecer tranquilos, sin escollo alguno que les impida ya su encuentro con la mar cercana.
Bien cantó Jorge Manrique que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. Porque ellos también se funden, se mueren, se diluyen en mar o en océano dejando a sus espaldas solo el recuerdo de sus nombres: Duero, Esla, Tera, Órbigo, Cea…
Arrimado a la nostalgia, sentado en una de tantas terrazas de la Riviera de Oporto, mirando al padre Duero ya rendido, ya hecho brazo de estuario y manso, me preguntaba cuál sería el agua que antes llenara estos caudales, que pasara por aquí y en la que acaso me bañara.
Cada río tiene su evocación parcial que a uno le puede llenar de recuerdos.
¡Ay si hablaran sus orillas!
Pero comencé cautivo del amarillo, del membrillo.
Si bien Antonio López es un pintor frío en sus paisajes,
paisajes exactos, hiperrealistas, paisajes hechos para ser pintados para contemplarlos, ocurre todo lo contrario cuando se vuelve intimista en los bodegones, que no naturalezas muertas, porque es vida lo que se respira en ellos.
¿Qué luz, sino solo Sorolla fue capaz de captarla?
Y llega Víctor Erice y la lleva a la pantalla como si estuviera tras la retina del mismo pintor. Y nos evoca ese membrillero plantado por el maestro años antes que tratado con mimo hace florecer y luego entregar su fruto en compensación de tanto cariño hacia él mostrado.
“No es la luz de la noche, tampoco es la del crepúsculo. Ni la de la aurora...” Dice el pintor al evocar su sueño en el film. Y yo añado: es la luz que vemos cada uno de nosotros cuando nos asomamos a ese sueño. A ese torrente por donde transcurre el sol.
Este sol que parece venir a despedirse en cada amanecer ya frio, que va dejando el rocío sobre lo que queda de rastrojo.
Es un amarillo que daña, que se adueña de todo cuanto toca. Un amarillo que marca los días como suyos, con tal propiedad que es inútil poder arrebatársela.
“Amarillo: me gustaría que fueras el color de la esperanza”, dice Andrea Montiel.
“El sol ungía de amarillo el mundo, con sus luces caídas”, canta Juan Ramón Jiménez.
Y ha de llegar un loco visionario, Van Goth, para llenarnos los campos de amarillo intermitente. Para hacernos respirar en amarillo. Para agobiarnos de amarillo y asfixiarnos con ese color.
Está tan cercano, tan al alcance de la mano en estos días, que podríamos conversar con él y esperar sus respuestas amarillas.
A este color noble lo definen comoun color brillante, alegre, que simboliza el lujo y el cómo festear cada día. Se asocia con la parte intelectual de la mente y la expresión de nuestros pensamientos.
Transmite más sensación de claridad que ningún otro color además de energía, optimismo y alegría. En manos del pintor ha de ser tratado con parquedad o asociarlo a otros colores para transformarlos en luminosos sin dejar que su luz absoluta se apodere del cuadro.
Paseamos entre amarillos y como si nosotros fuésemos los culpables de su desplome, tomamos del suelo la hoja caída antes de pisarla y pensamos en la inutilidad de esta vida si no tenemos sueños o fabricamos con ellos ilusiones.
¿Por qué no teñir la vida también de amarillo?
Durante años se utilizaron cintas amarillas por parte de las mujeres como un signo de esperanza al ver marchas a sus maridos a la guerra. Y volvían a utilizarse para darles la bienvenida. Color de duelo en Egipto, y durante la edad media, símbolo de la muerte. Miedo se le tiene en los escenarios por la superstición de que acarrea desgracias culpando de ello al dramaturgo y actor francés Moliere, quien, durante una de las representaciones de El enfermo imaginario, vistiendo de amarillo, tuvo un ataque que le causaría la muerte.
Ahora llega como amigo para despedirse de nosotros, para reclamarnos la espera cuando de nuevo en primavera repose su color sobre el corazón de las margaritas.
No hay otoño sin amarillo, pero sí amarillo sin otoño.
Luego vendrán los ocres sucios, para oxidar lo poco que queda vivo en la naturaleza y recordarnos la tierra, el barro, las rastrojeras que descansan esperando a que la sementera las preñe de nuevo y las convierta en fértiles.
Veranillo de San Miguel, llaman a este breve tiempo.
Disfrutemos pues de los últimos rayos del sol y mientras nuestro andar se hace lento, y nuestra nostalgia nos venza y el menguar de la luz nos vuelva tristes, pensemos en ese color amarillo y con él pintemos nuestros mejores recuerdos.
“A ti, por quien la vida combinando/ color y color busca ser concreta; / metamorfosis de la forma, meta/ del paisaje tranquilo o caminando”(R. Alberti)
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