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Opinión | Buena jera

Moreruela: belleza, emoción y sueños

OPINIÓN | Fue la tristemente desaparecida Rosaura Peñín, amiga y compañera en Medicina de mi hoy mujer, quien nos reveló la existencia de aquella maravilla. Quedé tan impactado que fue la inicial recomendación turística que hice en el primer intento de revista regional que surgió en 1976.

Visita del Delegado Territorial al Monasterio de Santa María de Moreruela

Visita del Delegado Territorial al Monasterio de Santa María de Moreruela / JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ

Conocí personalmente las impactantes ruinas del monasterio de Moreruela allá por 1975. En los libros de Historia del Arte que estudiábamos en el Claudio Moyano no aparecían. Tampoco había oído hablar de ese prodigio en ninguna parte. Fue la tristemente desaparecida Rosaura Peñín, amiga y compañera en Medicina de mi hoy mujer, quien nos reveló la existencia de aquella maravilla; ella la conocía bien al ser natural y vecina de Granja de Moreruela. Además, un tío suyo, ya mayor, iba casi todos los días, montado en su burra, al monasterio para cuidarlo, quitar cuatro hierbas y hacer de guía si es que se acercaba alguien, cosa rara porque Moreruela era un desconocido para casi todo el mundo. Y lo hacía por amor al arte, por cariño hacia aquellas piedras que eran parte de su vida.

Recuerdo al señor Peñín como un tipo encantador. Hombre de pueblo, con una cultura pegada a la tierra, contaba vida y milagros del monasterio y se inventaba historias y leyendas que encajaban perfectamente con todo lo que nos iba mostrando. Se podían ver pocas cosas porque las ruinas estaban mal cuidadas y llenas de basura y maleza. Creo que aun servían de establo para ovejas y vacas. Eran de propiedad privada después de la desamortización de Mendizábal y la expulsión de los cistercienses, que estaban allí desde que crearon el monasterio en el siglo XII. Rodeando la iglesia para contemplar sus increíbles ábsides y absidiolos, nos mostró cómo se podía entrar a una de las preciosas salas del interior: escalar una ladera de hierbajos y piedras y saltar por un ventanuco. Lo hicimos. El espectáculo llenaba el alma: arcos, columnas, arte, misterio, escalofríos… Y eso que el suelo era una capa ancha de basura. Hice ese recorrido varias veces con amigos a los que fui a mostrar Moreruela. La impresión fue siempre la misma, algo que perdura eternamente en la memoria y en la sensibilidad.

Quedé tan impactado que fue la inicial recomendación turística que hice en el primer intento de revista regional que surgió en 1976: Támara. Me encargaron un texto sobre un lugar atractivo de Castilla y León. Había muchos, claro, pero elegí Moreruela. Sorprendió, y mucho, a la gente que lo leyó. Tampoco en el mundo periodístico del Valladolid de entonces se conocía nada de esa maravilla y eso que, era propiedad de la familia del presidente de la Confederación Hidrográfica del Duero, concejal y futuro alcalde vallisoletano, Manuel María Jiménez Espuelas. Algunos conocidos siguieron mi recomendación. Volvieron con los ojos a cuadros y con idéntico dolor: ¿cómo era posibles que tamaña genialidad estuviera como estaba?, ¿nadie podía acabar con tan gran abandono? Y sí, comenzó a crearse, en Zamora sobre todo, una conciencia cívica a favor de Moreruela. Ya se hablaba, aunque menos de lo necesario, de las fabulosas ruinas cistercienses y ya empezaba a clamarse por su recuperación, o, al menos, porque no aumentara su deterioro. Yo continúe yendo con regularidad y llevando a todo el personal que podía. Me atrapaban las piedras igual que al principio y me alegraba ver la cara de sorpresa y satisfacción de quienes me acompañaban. Y casi siempre las mismas preguntas: ¿por qué se conoce tan poco esto?, ¿por qué no se promociona más?

Con este pequeño historial, es lógico que me emocionara la información recogida por Irene Gómez el jueves en este diario. Y me emocionó porque volvía a hablarse, mucho y bien, de Moreruela y, sobre todo, porque se hablaba de futuro, de planes e inversiones de la Junta, con fondos europeos. Y ese futuro enlaza con lo que tantas veces soñamos los admiradores de Moreruela: recuperación, mantenimiento, descubrimiento de los arcanos que aun guardan las piedras milenarias, puesta en valor, difusión, aprovechamiento como atractivo cultural y turístico. El monasterio lo reúne todo para ser un gran foco económico y revitalizador. Es emoción y belleza y tiene que ser un sueño cumplido. Confiemos. n

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