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Opinión

En Toro, la fiesta como abrazo. Las Ferias de San Agustín y el arte de convivir

OPINIÓN | El bando de Toro nos recuerda que es posible convivir sin renunciar a nuestras identidades, que la diferencia no tiene por qué convertirse en desprecio, y que la comunidad se construye con escucha, no con gritos.

Imagen de San Agustín, doctor de la Iglesia y santo titular de las fiestas de Toro, en el altar de la iglesia de San Julián de los Caballeros.

Imagen de San Agustín, doctor de la Iglesia y santo titular de las fiestas de Toro, en el altar de la iglesia de San Julián de los Caballeros.

Con el alba de un día en que el tiempo se viste de fiesta, Toro se engalana para recibir las Ferias de San Agustín, y en el aire se percibe un murmullo ancestral, el eco de un bando que ha marcado siglos de tradición. Es en este escenario donde la voz del Concejo retumba, invocando lo sagrado y lo popular con una solemnidad que trasciende lo cotidiano:

“EN NOMBRE DE DIOS TODOPODEROSO y de su

Santa Madre la Santísima la Virgen del Canto,

Patrona de Toro y de su Tierra; del glorioso San

Agustín, titular de estas Ferias…”

Pocas veces el anuncio de unas fiestas se formula con tal altura de lenguaje, con ese tono casi litúrgico que nos recuerda que aquí no solo se convoca al bullicio, sino también a la memoria, a la identidad, al alma de un pueblo. Es un pregón que no comienza con un tambor, sino con un rezo. Y eso, en tiempos de urgencias y olvidos, no es poca cosa.

Aquí no se inaugura una feria cualquiera: se abre un tiempo de comunidad. Así lo proclama, con orgullo y dignidad, el alcalde de esta “muy Noble, Antigua y Leal Ciudad de Toro”. Tres palabras que no son mero adorno protocolario, sino una llamada a la conciencia cívica. Noble, por su vocación de grandeza moral, no tanto de privilegio; Antigua, por su historia que no pesa como una carga, sino que alumbra el presente; Leal, por su fidelidad a sus raíces, a su gente, a los valores que construyen futuro.

Y precisamente por eso, por esa nobleza que no es vanidad sino responsabilidad, la ciudad ha de ser cuidada con esmero. Porque no hay fiesta verdadera donde se descuida la memoria, ni se olvida la piedra vieja que nos sostiene. Que no se olvide en estos días de bullicio el respeto por las calles que otros pisaron antes, por los muros que guardan siglos, por los monumentos que son silenciosos testigos de lo que fuimos y queremos seguir siendo. Toro no es solo escenario de una feria, es también un legado vivo, que pide ser protegido con amor, mantenido con justicia y transmitido con respeto.

Y esa misma justicia ha de extenderse al trato humano. Que no se ensucie lo visible ni se hiera lo invisible. Que el visitante sea acogido, sí, pero también el vecino escuchado. Que la fiesta no tape las grietas sociales, sino que anime a cerrarlas. Que la ciudad no solo brille por fuera, sino que sea justa por dentro.

Toro no solo invita, acoge. No solo celebra, honra. No solo ofrece vino y música, sino también hospitalidad, que es la más antigua y hermosa de las virtudes castellanas. En medio de un mundo que levanta fronteras y olvida al caminante, este bando nos recuerda que las puertas deben estar abiertas, los caminos libres, las fuentes generosas:

“Que sean libres los caminos, puertas y puentes, sin que sea

cobrado derecho de peaje ni rodaje. Que sean

libres las fuentes y abrevaderos para ellos

y sus ganados.”

Y aún más: que haya toros, que haya pólvora, que haya música y comparsas “de a pie y de a caballo”. Porque la alegría también es un derecho, y la belleza una forma de justicia.

Y qué oportuno suena hoy este pregón, tan distinto del tono áspero que nos rodea. Porque esta invitación a la concordia y la fiesta surge en medio de una sociedad herida por la polarización, donde los lenguajes se endurecen y los insultos sustituyen al diálogo, donde importa más la derrota del contrario que el trabajo conjunto por el bien común. El bando de Toro —con su lengua antigua y hospitalaria— nos recuerda que es posible convivir sin renunciar a nuestras identidades, que la diferencia no tiene por qué convertirse en desprecio, y que la comunidad se construye con escucha, no con gritos.

La fiesta, así entendida, no es evasión, sino símbolo: la posibilidad de abrir un espacio común donde todos caben, donde nadie sobra, donde el honor se mide no por la imposición, sino por la acogida. Y desde ahí, también la llamada al compromiso.

Que la música no nos ensordezca ante el llanto del que sufre. Que la pólvora no nos ciegue ante la sombra del que pasa hambre. Que la libertad de los caminos se extienda también a quienes cruzan fronteras huyendo del miedo. Que no haya peajes para los pobres, ni imposiciones  para los últimos. Que Toro, en su nobleza, sepa mirar también a los que no tienen fiesta.

Porque así, y solo así, las Ferias de San Agustín serán lo que están llamadas a ser: celebración luminosa, sí, pero también memoria y profecía. Grito de alegría, sí, pero también susurro de justicia. Un canto de pueblo que no olvida a sus hijos más pequeños.

“Así se ha de hacer

para gloria de esta muy Noble, Antigua y Leal

Ciudad de Toro.”

Y para que nadie, absolutamente nadie, quede fuera del abrazo de la fiesta.

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