Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Oporto a pie

OPINIÓN | Hay ciudades que uno ha de visitar como si se tratara de un jubileo

Estampas de Oporto.

Estampas de Oporto. / Ángel Alonso Prieto

Hay ciudades que uno ha de visitar como si se tratara de un jubileo. La capital portuguesa donde acabo de estar es una de ellas porque venero el vino que le ha dado fama y porque su traza urbanística es un brindis sostenido por la belleza de su casco histórico y porque me ha permitido recorrerlo a pie entre la animada gente que como yo anda de turista. El emplazamiento de la ciudad en la desembocadura del Duero es el acierto antiguo de los primeros habitantes que hallaron clima y lugar adecuado para seguir creciendo hasta hoy. El reto actual es si el encanto se diluye en la expansión o se preserva y cuida la rica historia de un lugar tan bello junto a un río potente en su desembocadura. El resultado es un nombre, el nombre una ciudad y la ciudad un vino que no le pertenece más que en el juego del mercado porque los viñedos crecen kilómetros adentro donde la brisa marina, entrando por el cauce del Duero, templa suelos y caldea uvas con ese dulzor tan único y logrado, oscilando su bouquet entre el suave vino de misa y la densa tinta de Toro. Una copita de vino de Oporto es el cielo en la boca, pero sin éxtasis y entre amigos; una y poco más, para que no nos venza el vino y no humillemos su prestigio con nuestra desmesura. No soy de vinos pero un Oporto me eleva y yo no me dejo caer. El placer es el sabor sabiendo disfrutarlo. Viajamos en tren hasta el corazón de la producción vinícola y al llegar a la estación de Pinhao nos recibe una galería de mosaicos con escenas de la vendimia y transporte por el río. Los trabajos de la vid, narrados en azulejos y enmarcados en cenefas barrocas y doradas dan realce y orla a una dedicación laboral, orgullo de la región do Douro.

El tren nos deja, al regreso, en la ciudad que anocheciendo cobra vida distinta. Nuevamente el río concita el ambiente animado de terrazas, bares y restaurantes, que se van ocupando para la cena mientras la luz del crepúsculo da el relevo a las farolas y el disco solar al arco iluminado del soberbio puente de hierro que es icono de la urbe.

Por la mañana no se madruga aunque el sol avisa que viene en serio. Tras desayunar en el hotel salimos a la ciudad, de iglesia en iglesia, como quien anda de finca en finca, pues los retablos y altares son un emparrado barroco muy popular y portugués, muy recargado de volutas y dorados, que maravillan al visitante y le ofrecen arte, paz, sombra y testimonio de piedad.

En este sentido la casa-museo de La Misericordia representa un combinado de arte y beneficencia que hoy se muestra al público como testimonio histórico de una época sin seguridad social pero con iniciativas o fundaciones como la que tenemos el gusto de contemplar y recorrer gracias a la estupenda muestra museística.

El poder antiguo de la Iglesia y su obra de beneficencia se muestra en los templos pero el poder económico de la burguesía floreciente de Oporto lo vemos en la visita guiada a su Palacio de la Bolsa. El comercio lo fue todo en Oporto -parece querernos decir ese edificio de exuberante y variado diseño interior- como antaño la religión a través de cofradías y capillas, entre las que destaca por su abrumadora decoración la de las monjas clarisas donde el "horror vacui" corre parejo al del infierno. Desde el coro alto de la comunidad a los asientos de los fieles, uno viaja en el tiempo a través del arte, llevado por la admiración de virguería escultórica que asombra. Las curvas y recovecos son un campo florido, un edén imaginado, para alabar a Dios en su esplendor.

A las afueras de Oporto una antigua villa, Serralves, reconvertida en museo, ofrece verdor y sombra en sus jardines con breve paseo por la copa de los árboles a través de altas pasarelas de madera; largas avenidas escoltan al visitante que se adentra en el ámbito que rodea la villa modernista. Lo que fue estilosa estancia de sosiego hoy son salas-galería de arte contemporáneo donde expone el polémico artista Mauricio Cattelan, el del plátano pegado con cinta adhesiva, que pudimos ver allí mismo: una simple coma frutal en la pared vacía por completo. Pero con esta provocación que tanto revuelo ha levantado, el artista ha querido tomarse la penitencia de reproducir, a pequeña escala, nada menos que la Capilla Sixtina, como queriendo decirnos: "Ojo, yo sé pintar además de provocar, o a lo menos copiar con esmero a los genios", y a fe que lo ha conseguido. Para que se hagan idea de ello miren la foto y al autor de estas letras mal escritas. Me di el gusto del retrato, como los niños en los monumentos del "Portugal dos pequenitos", de Coimbra.

Antes de emprender el viaje de regreso nada mejor que tomar un café en el establecimiento de renombre: Mayesti, con música en directo de pianista virtuoso que se levanta agradecido -sin dejar de tocar- cuando te acercas y agasajas con propina.

Se me olvidaba decir que no hay que irse sin visitar la famosa librería Lello, un palacio de la letra con una carpintería y escalinatas curvadas dignas de "Alicia en el país de las maravillas". Pero éramos demasiada gente dentro. Oporto, a sabiendas que le llegan tantos visitantes, ha emprendido mucha obra pública. Nosotros dejamos la ciudad con la tarde poniéndose del color de los azulejos, la enseña portuguesa de la decoración. Nos fuimos con ganas de volver. Yo también les dejo al tiempo que salimos de la ciudad, recorrida a pie, con algún trayecto en tranvía que como un sarmiento eléctrico discurre y sube por calles inolvidables.

Me ha salido esta greguería:

Oporto es un fado fluvial que el mar acalla.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

Tracking Pixel Contents