Opinión | Editorial
Los incendios se apagan en invierno
EDITORIAL: Los fuegos de Puercas y Molezuelas han desnudado una política forestal a la que se le ven las costuras

Un paraje de la Sierra de la Culebra, calcinado por el incendio de Puercas. / José Luis Fernández / LZA
La pesadilla del fuego ha regresado a Zamora sin que se hayan aprendido y aplicado con solvencia las lecciones de aquel nefasto 2022 en que ardió la Sierra de la Culebra. Han faltado prevención, medios y coordinación. Tres ingredientes que las llamas han metido en la coctelera para dar como resultado dos fallecidos y más de 40.000 hectáreas quemadas entre los incendios forestales de Puercas y de Molezuelas de la Carballeda. En el primero de ellos se ha perdido lo poco que había dado tiempo a recuperar en los tres últimos años; la voracidad del segundo ha calcinado una decena de viviendas y ha cambiado el paisaje del valle de Vidriales para siempre.
Los vecinos de la Sierra de la Culebra sienten rabia, muestran furia y se encuentran impotentes. Dicen que se veía venir, y no les faltan razones. A lo largo de todo este tiempo, el plan especial dispuesto para esta zona tras los grandes incendios de 2022 se ha esforzado mucho en la saca de madera y menos en la recuperación de ecosistemas. No hace ni dos meses que, desde esta misma tribuna editorial, se vaticinaba que un suceso de similar calado podría volver a ocurrir este verano por las circunstancias del terreno seco, la inexistencia de cortafuegos, la disposición de una plantilla contra incendios corta e inexperta, y la previsión de una temporada estival de extraordinarias altas temperaturas. Y así ha sido, punto por punto.
Al consejero Juan Carlos Suárez-Quiñones le perseguirán siempre las declaraciones de 2018 en que catalogaba de "absurdo" y "despilfarro" mantener a las cuadrillas a sueldo durante todo el año.
El operativo, como la otra vez, se ha visto desbordado ante una voracidad de las llamas que solo ha tenido precedente en aquella tragedia de hace tres años. Como entonces, ha llegado un punto en el que los mandos han catalogado los dos grandes incendios como "fuera de la capacidad de extinción". Y es normal, porque los fuegos se extinguen en invierno. Al consejero Juan Carlos Suárez-Quiñones le perseguirán siempre las declaraciones de 2018 en que catalogaba de "absurdo" y "despilfarro" mantener a las cuadrillas a sueldo durante todo el año. Y ahora nos damos cuenta de que la única manera para que el monte no arda en agosto es trabajándolo en diciembre.
La pérdida de masa forestal duele en una provincia a la que solo le queda su naturaleza. Pero la situación se torna en dramática cuando lo que arde es terreno agrícola que, aunque no compute para la cuenta de hectáreas calcinadas, supone echar una palada de tierra más en la sepultura de un oficio histórico que todavía resiste contra todo en el norte de la provincia. El incendio de Molezuelas de la Carballeda se ha llevado por delante una importante porción de superficie cerealista, ha arrasado con sistemas de riego y ha puesto en jaque la actividad primaria en una comarca que trasciende lo provincial y se une formando un todo con el sur de León. Una tierra que necesitará ayudas, de las de verdad, para levantar cabeza después de haber sufrido el peor incendio forestal de la historia de España desde que se tienen registros.
Sin embargo, la peor de las noticias es la de las dos personas fallecidas en este mismo fuego de Molezuelas de la Carballeda. Dos tipos que decidieron remangarse y mirar al horror a los ojos ante la impotencia de ver cómo las llamas amenazaban su tierra, la de sus ancestros, el hogar de sus familias y de sus vecinos. Este y no otro es el gran fracaso del operativo contra incendios. Un plan de emergencia no está bien diseñado en el momento en que ciudadanos de a pie piensan que su presencia es necesaria porque no hay abasto. Jóvenes y mayores con azadas, con mochilas de sulfatar cargadas de agua, con tractores y con arados, poniendo en riesgo sus vidas porque observan que el fuego avanza y nadie hace nada por enfrentarlo.
Evitar que Castilla y León siga tiñendo sus campos de negro no es "absurdo" ni "despilfarro", sino necesidad. Apremia contar con cuadrillas de desbroce durante todo el año, y con remuneraciones acordes. Porque los peones, igual que el consejero Suárez-Quiñones, también tienen la mala costumbre de comer todos los días
Con Zamora ardiendo por los cuatro costados, a los dirigentes se les pide un plus de exigencia y altura de miras que Óscar Puente no ha conseguido alcanzar. El ministro de Transportes ha creído pertinente utilizar una de las peores catástrofes de los últimos tiempos en Castilla y León para intentar golpear a su principal rival político. Y no tocaba.
Los incendios de Puercas y Molezuelas han desnudado una política forestal a la que se le ven las costuras. Carencias que quedaron al descubierto en 2022 y para las que no se han puesto soluciones en tres años. Esta vez ha vuelto a ser Zamora la protagonista, pero también se ha perdido un Patrimonio de la Humanidad en Las Médulas de León, y lo que quedará por ver hasta el final de campaña. Si los veranos cada vez van a ser más calurosos, los fenómenos climáticos más extremos y las plantillas van a ser las mismas, entonces la solución para que esto no vuelva a ocurrir es trabajar en prevención para que no llegue el punto de la extinción. Evitar que Castilla y León siga tiñendo sus campos de negro no es "absurdo" ni "despilfarro", sino necesidad. Apremia contar con cuadrillas de desbroce durante todo el año, y con remuneraciones acordes. Porque los peones, igual que el consejero Suárez-Quiñones, también tienen la mala costumbre de comer todos los días.
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