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Opinión | Cartas de los lectores

Toro, las carrozas, carrocistas y otros intervinientes

"Eran los años 60 y 70, mucho antes de la industrialización de esta preciosa y creativa tradición"

Ferretería Antonio Ramos, en Toro

Ferretería Antonio Ramos, en Toro / A. B.

Por estas fechas ya estábamos en pleno trajín, con las carrozas que deberíamos exhibir en los desfiles del veintitantos de agosto en las fiestas de San Agustín.

Yo, como muchos otros, empecé en el mundo de las carrozas con doce o trece años de la mano de mis hermanos mayores y sus amigos con la categoría de recadero (si era posible con bicicleta, que era un plus). Después, muy de vez en cuando, nos dejaban dar unas pinceladas a alguna figura aunque cayéramos algún berrete. Ya con 15 años y durante toda la década de los 70 y algún 80, siempre con la pandilla de toda la vida, llegamos a presentar hasta 12 carrozas, todas como entretenimiento veraniego y altruista, pues lo más que sacábamos en claro era pagar los porrones de cerveza con gaseosa de la taberna del Cuatrico en la calle Dominicos, después de liquidar las facturas con las 10.000 pesetas del premio de consolación. Y, si caía algún premio, como mucho un par de meriendas.

Eran los años 60 y 70, mucho antes de la industrialización de esta preciosa y creativa tradición, era cuando había que hacer con harina engrudo caliente para pegar los papeles, cuando con el fin de ahorrar unas pesetas, en vez de comprarlo, una noche de agosto íbamos a coger el vitrofil aislante del techo de las abandonadas escuelas del Canto (lo que producía unos picores no se quitaban ni duchándote y casi llegaban al final de las fiestas); cuando no existían las plataformas rodantes que luego construyó el Ayuntamiento con muy buen criterio y cedía a coste 0 a los carrocistas.

Pero no es mi intención hablar de nosotros, quizá en otro momento. Hoy escribo por aquello de "más vale tarde que nunca" y de "es de bien nacidos ser agradecidos". Sí, agradecidos con muchas otras personas que hicieron posible que nosotros provocáramos la ilusión y la alucinación de mayores y pequeños con nuestra creatividad en aquellos desfiles, estas personas eran los proveedores, comerciantes y autónomos que nos financiaban todo el material necesario para la construcción de tanta fantasía con el único aval de "apúntelo a la carroza de fulano o mengano".

Hablo de las históricas papelerías de Siris y Sevillano, regentadas entonces por Siridión García y sus hijos Juan y Encarna, y por Anacleto Sevillano y sus hijos Germán y Ángel. Ambas nos proveían del famoso papel de plata y de resmas y resmas de papel para el famoso klí, así como de otros materiales.

Del almacén de hierros de Antonio Polo salía el famoso redondillo y el alambre requemado que servían de soporte de cientos de figuras, del taller de soldadura de Ángel Fernández "Cencerra" y su hijo "Pipe", de las aserrerías de Antonio Aceves y Gerónimo González donde conseguíamos tabla barata y aquella paja de huevo que teñíamos con anilina y tapaba tantos defectos. Cómo no, de la ferretería de Antonio Ramos, donde había de todo y si no se inventaba, la ferretería de Félix Posada y en menor escala de la "Donata", de Amador Carral con sus telas y la famosa tarlatana con la que trabajábamos la escayola, de los materiales de construcción de Alaguero, las droguerías de Jaime Beato, Pansi y Espinosa y, a la hora de la iluminación de los talleres de Julio y Tomás con sus baterías exhaustas recargadas. Alguno se me olvidará por ahí seguro, por lo que pido perdón.

Luego había otros, a los que como mucho les pagábamos con una caja de bombones, como Agustín Suárez y Lucía Berodas, que nos dejaban durante casi dos meses sus naves ganaderas y sus corrales, además de invitarnos algunas tardes a pimientos picantes e incluso a algún cordero, personas maravillosas donde las haya. Aunque no puedo citar ya a ninguno porque no me acuerdo de los nombres y fueron muchos, a los labradores de Toro y Tagarabuena que nos prestaban durante un mes sus remolques, entonces de madera, haciendo un esfuerzo porque todavía era época de cosecha y se los devolvíamos cada año con quince o veinte taladros más.

A todos ellos, muchísimas gracias en mi nombre y en el de todos los carrocistas que, me imagino, estarán de acuerdo.

Antonio Bedate

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