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Opinión

La muralla y la higuera

OPINIÓN | Tras la corta y retirada de su abundante follaje, vemos ahora el tronco y las raíces apoyadas no en las intocables piedras de la muralla, sino en las rocas sobre las que a su vez se levanta el muro

La muralla y la higuera

La muralla y la higuera

Por qué la historia no debe aplastar a la naturaleza.

Esa higuera que cada mayo acudía puntual a cubrir de verde el rincón de la histórica muralla, en la bajada a la plaza de Santa Lucía, ya es también historia. Pagó con su vida de higuera el tributo debido a las piedras del recinto amurallado de Zamora, tantas veces remendado en sus tramos que solo los expertos conocen sus respectivas edades, las miserias y grandezas de ese gran muro que protegió a los zamoranos del medievo y aún más tarde, testigo de sus gestas colectivas, y por ello protagonista de la Historia con mayúsculas.

No parece que la higuera haya dañado a la muralla. Tras la corta y retirada de su abundante follaje, vemos ahora el tronco y las raíces apoyadas no en las intocables piedras de la muralla, sino en las rocas sobre las que a su vez se levanta el muro, y por ahí se había asomado en busca de luz y sol, también del agua que mana en ese preciso lugar. No se perciben grietas ni fisuras en la muralla, sin embargo, la maquinaria ejecutora se sitúa ahora ante la otra higuera.

No es la primera vez, ni probablemente sea la última, que han intentado borrarla de la historia cotidiana de la ciudad, esa que a veces permitía dejar a su albedrío árboles, flores o matorrales que crecen espontáneamente para alegría de sus habitantes y de la calidad ambiental urbana.

Pero la suya fue una historia humilde, una vida de árbol, resiliente además, capaz de adaptarse a periodos de sequía y pese a todo ofrecer sus ramas a los pájaros que entre ellas anidaban y a cuantas manos alcanzaron a recoger sus frutos, los higos sagrados que en la mitología griega representaban un regalo de los dioses, nada menos que la abundancia y la vida. Sin duda eran tiempos algo menos consumistas.

Nada de gestas o batallas han dado pues fama a nuestra higuera, aunque también ella cuente con su historia cultural que, como parte de los pueblos mediterráneos, nos atañe. Pero no ha resistido el peso del patrimonio histórico nacional, ni ha sido digna por tanto de merecer siquiera una pequeña consideración para ser, ella también, conservada o al menos respetar temporalmente el ciclo de reproducción de las aves.

Y es que tenemos que reconocer que la historia pesa mucho. Y la responsabilidad de los técnicos que tienen que hacerse cargo de su mantenimiento, no permite veleidades ecologistas, también llamadas hippies… Nuestra mirada como sociedad hacia la naturaleza sigue siendo arrogante y antropocéntrica, cuando no directamente capitalocénica. A pesar de todo pensábamos que ésta iba a ser una excepción, que los tiempos nos iban a ayudar. No fue así.

¿Respetar nuestra historia, el pasado y las piedras que lo atestiguan? Claro que sí. Pero ante semejante disyuntiva, muralla o naturaleza, tal como presentan el problema arquitectos y arqueólogos, no dudamos en optar por ambas, por hacerlas compatibles y de igual rango. Aquí tenemos unas piedras con historia y una higuera pertinaz que ha sido destruida en varias ocasiones y siempre vuelve a brotar en el mismo lugar, y lo que esperamos de los responsables de este Plan de Conservación de las Murallas de Zamora, de cuya capacidad no dudamos, es que consigan hacerlas compatibles.

Porque ya no estamos en el siglo XX, aquel tiempo de vanguardias y furor constructivo que aportó obras magníficas de la arquitectura, al tiempo que fue destruyendo el corazón de las ciudades al servicio de un progreso hormigonado que impide respirar a la tierra. Aquello que precisamente obligó entonces a adoptar con buen criterio esas medidas conservacionistas, no puede mantener hoy murallas estériles expulsando de su entorno cualquier indicio de vegetación o vida animal.

En el siglo XXI es a la naturaleza a quien tenemos que salvar si queremos sobrevivir también nosotros. Por tanto, necesitamos que Historia y Natura convivan, hacerlas compatibles ante una adecuada intervención del patrimonio. Ese es su mayor reto, que deberá tener en cuenta no solo la estabilidad de las construcciones, sino también el derecho primordial a existir de los árboles hoy día y aún más en el futuro, con el aumento progresivo de las temperaturas. Ellos también son un "monumento" y no solo por razones estéticas o culturales, sino porque nos ayudan a sobrellevar esta situación climática adversa a todas las especies, incluida la humana, ya que los necesitamos como proveedores de sombra y descarbonizadores de la atmósfera. ¿No es eso lo que pretende también el Ayuntamiento de Zamora con su plan Renaturaliza al preguntarnos en una encuesta ciudadana por esos árboles y rincones verdes que hacen única a la ciudad?

Nuestra sociedad necesita avanzar en los derechos de la naturaleza, de la que esta higuera es un símbolo, y entender que como dice la Carta de la Naturaleza de la Unesco "la protección de la vitalidad de la Tierra, de su diversidad y belleza, es un deber sagrado".

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