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Opinión | Siete días y un deseo

Estimado Prevost (hoy León XIV)

"Me gusta lo que ha dicho y, sobre todo, la sonrisa"

León XIV, el día de su elección.

León XIV, el día de su elección. / Europa Press

No sé si cometeré una osadía por dirigirme a Robert Francis Prevost, es decir, al nuevo papa, León XIV, pero cuando el jueves por la tarde dijeron su nombre y apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro, ¿saben qué sentí? Alegría, muchísima alegría. Tras verlo y escucharlo, lo primero que hice fue enviar un mensaje a varios amigos, con el siguiente texto: "Me gusta lo que ha dicho y, sobre todo, la sonrisa". Sí, la sonrisa y una mirada propia de quien observa con atención. Y claro, si los dos ingredientes (sonrisa y observación) aparecen en León XIV yo solo puedo repetir, una vez más, que estoy emocionado, porque esos dos ingredientes son, entre otros, los que durante los últimos cursos académicos he tratado de practicar con mis estudiantes de la Universidad de Salamanca y en otros escenarios por donde transita mi vida personal y profesional. Pero ahí no acaba la cosa. A medida que fue pasando la tarde y se iban conociendo rasgos de su biografía, me ganó para siempre su experiencia misionera en Perú. "¿Y eso? ¿Por qué resaltas ese rasgo?", me preguntó uno de los amiguetes. Y la respuesta fue muy sencilla: porque yo también quise ser misionero.

El fallecimiento del papa Francisco y todos los preparativos del cónclave han coincidido también con otro hecho que quiero compartir con ustedes: la lectura de "El loco de Dios en el fin del mundo", de Javier Cercas. Por favor, léanlo. No se dejen guiar porque sea el libro más vendido en la actualidad sino porque cuando caiga en sus manos van a encontrarse con numerosas confidencias de la vida cotidiana en el Vaticano que suponíamos pero que nunca se nos habían contado con tanta sinceridad. Créanme: aprenderán mucho, se sorprenderán muchísimo y gozarán con una escritura deliciosa. ¿Qué más se puede pedir? Pues sí, aún hay algo más. Y lo hago con una confesión pública: estoy enamorado de Roma y, muy especialmente, del Vaticano, de la Plaza de San Pedro, de la Basílica, de los Museos Vaticanos, de la Capilla Sixtina. Sí, de la Capilla Sixtina. Por eso, cuando en la televisión veía cómo los cardenales accedían a ese lugar tan especial, no pude por menos que recordar y sentir una emoción muy difícil de describir. En fin, que al observar los escenarios que comento, he advertido morriña, muchísima morriña, es decir, tristeza y nostalgia por lo que he vivido allí.

Estas impresiones me gustaría compartirlas con León XIV. Ya sé que ahora estarán pensando que estoy loco, pero Javier Cercas, un ateo confeso, no paró hasta que pudo encontrarse, cara a cara, con el papa Francisco y preguntarle si su madre vería a su padre más allá de la muerte. Y lo consiguió en el viaje que su Santidad realizó a Mongolia en septiembre de 2023. No revelaré aquí los entresijos del relato y, por supuesto, las respuestas de Francisco a la duda de Cercas, aunque pueden imaginarlo. Pues bien, eso mismo haría yo con León XIV: preguntarle muchas cosas sobre la vida cotidiana de las personas, la geopolítica, la paz y la guerra, la cooperación y la competencia, la vida comunitaria y el narcisismo, etc. Pero también compartiría con él las numerosas dudas que me siguen acompañando desde que abandoné el colegio de los salesianos, en León, hace ya muchos años. Porque, como Cercas, yo soy una persona que, tras perder la fe tradicional, he tratado de sustituirla por otros valores. Y quiero que Prevost, hoy León XIV, lo sepa. No pierdo la esperanza de que este deseo termine en sus oídos o que este texto caiga en sus manos. Estaré muy atento, por si acaso.

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