Opinión
Magdalena de Ulloa: la fuerza callada de la limosnera de Dios
El Centro de Espiritualidad del Corazón de Jesús (Valladolid) y la Casa de Ejercicios “San Luis” (Villagarcía de Campos) acogerán del 7 al 9 de mayo un congreso que busca reivindicar la vida y el legado de esta figura singular de la Castilla del siglo XVI. La toresana mantuvo una estrecha y profunda relación con los jesuitas, especialmente con el místico padre Baltasar Álvarez.

Magdalena de Ulloa.
Con motivo del V centenario del nacimiento de Doña Magdalena de Ulloa (Toro, 1525), el Centro de Espiritualidad del Corazón de Jesús (Valladolid) y la Casa de Ejercicios “San Luis” (Villagarcía de Campos) acogerán del 7 al 9 de mayo un congreso que busca reivindicar la vida y el legado de esta figura singular de la Castilla del siglo XVI. Noble, aya de Don Juan de Austria, gran benefactora de la Compañía de Jesús y fundadora de destacados colegios, Magdalena de Ulloa dejó una profunda huella en la promoción educativa y social de su tiempo, especialmente a través del Colegio de Villagarcía de Campos, centro clave en la enseñanza de Humanidades y gramática latina en Tierra de Campos.
Aficionado, pero no profesional de la Historia, soy toresano y por eso me gusta resaltar su nombre promocionando este Congreso tras una visita a Toro con los organizadores del mismo y con el ejemplar historiador José Navarro Talegón a quien tanto se le debe en Toro. Nacida en nuestra ciudad en 1525, en un solar hoy localizado, su historia se teje desde las raíces sólidas de una familia estrechamente ligada al gobierno municipal de la ciudad. Su padre, regidor y contador real, le aseguró una posición destacada en la nobleza local. En una época en la que el destino de muchas mujeres nobles se reducía al “matrimonio concertado”, Magdalena dio ese paso con inteligencia, pero su vida trascendió largamente el papel de esposa. Magdalena de Ulloa, conocida como “la limosnera de Dios”, una mujer noble cuya vida es testimonio de compromiso con la educación, la espiritualidad y el servicio social para la construcción de un mundo más digno.
Su matrimonio con Luis Méndez de Quijada, hombre de máxima confianza del emperador Carlos V, la colocó en el centro de decisiones clave del imperio. En 1554, el propio emperador les confió a ambos la misión más delicada y humana de su vida: custodiar y criar a su hijo ilegítimo, Juan de Austria, quien entonces era conocido como “Jeromín”. Magdalena fue mucho más que una nodriza; fue madre adoptiva, educadora y sostén emocional del que más tarde sería el héroe de Lepanto. El rey Felipe II reconoció oficialmente a su hermano en Valladolid, y Magdalena estuvo presente, como siempre, en la sombra de los grandes acontecimientos.
La figura de Magdalena de Ulloa emerge con fuerza en nuestros días para recordarnos que el ejercicio del poder más duradero es el de aquel que se ejerce desde la misericordia, la justicia y la humildad.
Tras la muerte de su esposo (1570), Magdalena quiso hacer fructificar la memoria y el testamento de su marido. Fundó el Colegio-Noviciado de la Compañía de Jesús en Villagarcía de Campos, sobre los cimientos de su señorío, como centro educativo y espiritual que sería durante dos siglos centro de formación de cientos de novicios jesuitas y faro cultural de toda la región.
La estrecha y profunda relación de Magdalena con los jesuitas, especialmente con el místico padre Baltasar Álvarez, sostuvo no pocas de las importantes decisiones que fue tomando sobre el destino de su hacienda. Mujer firme, de carácter y personalidad propias, con visión y sensibilidad política, Magdalena mostró una forma de ejercer poder que la historia ha tardado en reconocer: desde la humildad y el servicio, no desde la “potestas” y el autoritarismo. Desde estas claves del servicio humilde, su desmedida generosidad no se detuvo en Villagarcía pues también impulsó la creación de los colegios de “San Matías” de Oviedo y “La Anunciata” de Santander, porque comprendía que la verdadera transformación de la sociedad y de los puebles comienza siempre por la educación.
Hoy, cuando tanto se reivindica el papel de las mujeres en la historia, conviene rescatar a figuras como la suya. Magdalena de Ulloa no protagonizó gestas militares ni intrigas cortesanas. Su radical compromiso, su “lucha” particular se cimentaba en otras motivaciones: la de sostener, educar, y entregar su vida al servicio de los demás, de manera especial los más frágiles, vulnerables y desfavorecidos. Y desde su origen en Toro, ciudad de profundas raíces históricas, que mantiene y custodia con orgullo su nombre en un Colegio Público en el centro urbano, hasta sus otras obras pías y sociales sigue hablándonos de una mujer que entendió la nobleza no como privilegio, sino como responsabilidad ética y vocación religiosa.
Su epitafio más justo no lo escribió un cronista, sino la obra que dejó: colegios, capillas, hospitales, rescatados, conventos, vidas transformadas por su ejemplo. En tiempos de “ambición y ruido”, la figura de Magdalena de Ulloa emerge con fuerza en nuestros días para recordarnos que el ejercicio del poder más duradero es el de aquel que se ejerce desde la misericordia, la justicia y la humildad.
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