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Opinión | Al grano

El regalo de Zamora a Vargas Llosa

Un libro pétreo con un verraco (o toro) y un rinoceronte para el escribidor

Mario Vargas Llosa y su esposa Patricia Llosa durante su visita a Toro

Mario Vargas Llosa y su esposa Patricia Llosa durante su visita a Toro / Arturo Delgado

Fue mañana dominical de acuarela con olor a bodega y lágrimas de ausencia por las uvas volanderas, exangües y abiertas en canal, sin alma, que se oía reverberar, líquida y oblonga, en los depósitos de acero. Octubre de 2012. Día de los importantes para el almanaque particular de cada cual y marcado en rojo en el calendario del Foro Taurino de Zamora. ¿Y por qué? Porque don Mario remató con una media verónica de cartel la faena para la historia que había empezado un día antes en la plaza de toros de Toro.

"Montelarreina", bodega y castillo lucieron capote de paseíllo, el de los alamares y machos dorados. Don Mario, flanqueado por Patricia Llosa y siempre a la vista de Verónica Ramírez, se dejó querer hasta la extenuación. Era lo mínimo, agradecer el gesto del escribidor, rebozado en tauromaquia. Los taurinos zamoranos lo quisieron con devoción de santo. Si hubieran podido, cada uno, en ese momento, le hubieran dado un año de vida más y así no se hubiera muerto ahora en Lima. Pero la naturaleza no entiende de donaciones (Hacienda tampoco).

Miguel Ángel Toranzo (hay ausencias que no tienen justificación y por eso pedimos en cada cabo de año cuentas al cielo) capitaneaba el Foro de Zamora. Tras él, Luis Miguel Alcón, Paco Pérez, decenas de aficionados a los que se le caída la baba…, Williams Cárdenas, venezolano militante y presidente de la Asociación Internacional de Tauromaquia, Rosa Valdeón (entonces todavía ajena a la traición que acabaría con su carrera política), Jesús Sedano…

Y el escribidor, más militante que nunca del arte que tiene el miedo como alma, se dejó querer y hasta, tras una mirada furtiva a la ventana más cercana serpenteada de gotas famélicas de agua de lluvia y masticar la emoción que pare la distancia de una canción como la Flor de la Canela, interpretada y sentida por el barítono zamorano Luis Santana, lloró para dentro y se sintió como ahora se siente el torero peruano Roca Rey, un niño entonces, cuando quiebra al toro con una finta de su cintura.

Vargas Llosa, el de Arequipa, apreció como nadie el arte efímero que dibuja la tauromaquia algunas tardes, la magia de la simbiosis entre toro y torero y lo dijo al mundo sin bajar la cabeza. ¡Un premio Nobel militante! No ha habido mejor regalo para quienes sienten que el toreo trasciende al espectáculo y al maltrato y que vive en el olimpo de los dioses menores, esos que disfrutan con las cosas sencillas de la vida, las más importantes.

Gracias, maestro, por haber venido a Zamora en tiempos de desasosiego. Donde tú ya estás iremos algún día con las preguntas de esa entrevista que quedaron sin contestar. Y si quieres nos enseñas el libro pétreo con el verraco (o toro) y el rinoceronte cincelado por Arturo Lucas.

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