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OPINIÓN | Hace tiempo vengo sosteniendo que una de las derivas futuras de nuestra Semana Santa será la secularización de las imágenes procesionales

Redención a su entrada en la Plaza Mayor.

Redención a su entrada en la Plaza Mayor.

Hace unos días publiqué un artículo en una revista sobre Semana Santa en el que, a propósito de las imágenes de culto, afirmaba de este modo: “las fronteras físicas y mentales se desdibujan cuando la imaginería se pone al servicio de sus fines propios –la llamada a devoción- y, asimismo, alcanza las mejores cotas de calidad y expresión artística. Llegando a ser inspiradora mucho más allá de nosotros mismos. Y dejando a la altura del betún identidades vacías, provincianismos resecos y terquedades afianzadas”. Hablamos, pues, de las tallas que conforman nuestros pasos procesionales, bien como grupos o como piezas aisladas. Tras un intenso período de investigación se ha presentado la pasada semana una publicación promovida por la Cofradía del Silencio que afianza la tesis ya expuesta en su día por el profesor Vasallo Toranzo sobre la autoría del Cristo de las Injurias en la gubia de Diego de Siloe. Un crucificado desde luego elaborado por la primera línea de la escultura de la Corona de Castilla. Pero si en algún momento la atribución diera un giro de 180 grados, seguiríamos en cualquier caso ante una extraordinaria obra, enmarcada en pleno Renacimiento. Sin embargo, en verdad estas cuestiones son realmente lo de menos. Y es así porque estos detalles se escapan del hecho esencial e indiscutible de que su finalidad de entonces, como hoy, sigue siendo exactamente la misma: el culto. Eran otros tiempos y también otra forma de percibir la realidad, ciertamente, pero al fin y al cabo su imaginero puso todo su oficio en una imagen estéticamente casi perfecta, sin dejar constancia de su autoría en la propia obra –como era costumbre- debido a que absolutamente todo, incluso la gloria por ser su hacedor, quedaba supeditada al culto. Culto del que las imágenes eran y son facilitadoras. Y no podemos olvidar que para eso, y esencialmente para eso, sale una procesión a la calle.

En Zamora, y a pesar de nuestra cierta modestia, a lo largo de los siglos también hemos tocado con los dedos la primera línea de la escultura procesional –o imaginería- que el Cristo de la Injurias representa, a pesar de que éste no fuera creado para procesionar, sino para el Real Monasterio de San Jerónimo. Y también lo hemos logrado de forma excepcional en el siglo XX. Alcanzamos cotas de primer orden con Redención de Mariano Benlliure, y quizá en términos más contenidos con El Descendido del mismo autor. Por supuesto también con Jesús Caído de Quintín de Torre, con La Despedida de Enrique Pérez Comendador, con Cristo Muerto de Álvarez Duarte. Sin embargo, a pesar de la excelencia de estas obras, incluso de cuantas integran nuestros pasos procesionales de sobresaliente o notable factura, lo realmente importante trasciende la entidad plástica y la calidad técnica de las piezas para enraizarse en su capacidad para llamar a devoción. Y para que el pueblo de cualquier condición use de estas obras de arte, o incluso de piezas de carácter artesanal, como catalizadoras de oración, como medio para el encuentro con Dios.

«Lo realmente importante trasciende la entidad plástica y la calidad técnica de las obras de arte para enraizarse en su capacidad para llamar a devoción. Y para que el pueblo de cualquier condición use de estas obras como catalizadoras de oración, como medio para el encuentro con Dios»

Es el porqué y para qué del culto público que tributamos estos días en las calles, no otros motivos cualesquiera. Jornadas atrás en clase con mis alumnos de filosofía nos quedaba claro que si en nuestras procesiones no hay un verdadero porqué, que si todo queda reducido a salir por salir, por mera tradición, por costumbre, por zamoranía o unión familiar, cuando todo esto se acabe –porque bien conocemos las fases de esplendor y decadencia de nuestras procesiones- entonces todo se precipitará al vacío. Luego, o invertimos –las hermandades las primeras- en el que es el verdadero sentido de las procesiones o nos abocamos a la insignificancia. Es el culto la razón por la que portamos imágenes de Jesús, la Virgen o los santos por nuestras calles, no cualquier otro objeto sobre las mesas al son de las marchas, ni maniquíes, ni ninots. Imágenes de culto que representan al Hijo de Dios en sus misterios de pasión, muerte y resurrección, a su madre, a sus seguidores, también sus verdugos, dando así testimonio de la fe cristiana ante quienes de forma cotidiana quizá no se acercan con frecuencia a ellos. Sacamos las procesiones a la calle para provocar la devoción, el gesto de quien se santigua al paso de las imágenes, de quienes musitan una oración, quienes aciertan a percibir en el crucificado el reflejo del dolor, la injusticia y la muerte del mundo.

«Para el culto, y esencialmente para el culto, sale una procesión a la calle»

Por eso la cuestión de las imágenes de culto en las procesiones no es ni mucho menos menor. Ni tampoco, por consiguiente, cómo hemos de tratarlas y relacionarnos con ellas. El Segundo Concilio de Nicea (787) zanjó la cuestión iconoclasta promoviendo la veneración de las imágenes por parte de los fieles católicos. Que no se engañe nadie, lo que hacemos en Semana Santa con las procesiones viene precisamente de aquí. Igual también para esto conviene estudiar la asignatura de religión…

La obsesión irracional de la carga por la carga es otra muestra más de secularización de las imágenes. Hasta el límite de que resulte lo de menos qué cargar o cómo, hasta el punto de no respetar en absoluto la voluntad expresa de un imaginero de primera fila nacional y someter a los espectadores al fraude de mostrarles el trasunto de una mesa que no es la originalmente dispuesta para formar un todo unitario con la imagen

Hace tiempo vengo sosteniendo que una de las derivas futuras de nuestra Semana Santa será la secularización de las imágenes procesionales. Algo que para muchos parecerá imposible –y además una apreciación absurda, pensarán-, precisamente por tener las procesiones su razón de ser en el culto a éstas. Sin embargo, no es tan descabellado. Piensen por un momento. La representación plástica de la Navidad ha sido tradicionalmente el Belén, y en esencia el denominado misterio, integrado por el Niño Jesús, María y José. Sin embargo, en los últimos lustros todos hemos asistido a la secularización de estas figuras para dar paso a la cada vez mayor y preponderante presencia de renos, campanas, abetos, estrellas de escarcha, e incluso duendes y demás patulea. Hasta el punto de no reconocer hoy ya las imágenes de la sagrada familia como el signo mayoritario y universal del Belén, del Nacimiento, de la Navidad. Secularización de las imágenes religiosas, pues. Si el expuesto es un hecho indiscutible, pensemos que éste llegará también a nuestra Semana Santa, quizá con formas diferentes y matices muy diversos. Pero secularización de las imágenes procesionales al fin y al cabo. Más aún, caigan en la cuenta de que ya estamos inmersos de alguna manera en ella. Muchos no reconocen ya algunas figuras, y dicen de la Magdalena ser una virgen… Asimismo, buen número personas no saben distinguir, seguramente sin mala fe, la diferencia entre una procesión y un traslado en la forma de llevar los grupos escultóricos. Los traslados de los pasos se hacen en horas discretas, evitando la ostentación, por supuesto a un paso ágil y nunca al de procesión, suficiente con una caja para marcar el paso. ¿Por qué? Porque en ese momento no se está dando culto a una imagen, sino sencillamente trasladándola. Por esa misma razón, las imágenes en los traslados se cubren con telas, para no confundir –a los propios cargadores y a los supuestos espectadores- momentos, ni actitudes, ni formas. Secularización de las imágenes procesionales ya presente entre nosotros, decía. Hacer reverencias carentes de fundamento es otra forma de secularización de las imágenes, como si éstas fueran la excusa para demostrar nuestra pericia. El alcohol bajo las mesas, blasfemias furtivas, voces dentro de los pasos denotan la secularización de las imágenes en forma de pérdida de sentido, de que no es un maniquí lo que va sobre los hombros, sino una imagen de culto, una obra de arte que sacamos a la calle para provocar la oración y la veneración de los fieles y de los propios cofrades. Y que ello requiere un contexto, un clímax, unas maneras. La obsesión irracional de la carga por la carga es otra muestra más de secularización de las imágenes. Hasta el límite de que resulte lo de menos qué cargar o cómo, hasta el punto de no respetar en absoluto la voluntad expresa de un imaginero de primera fila nacional y someter a los espectadores al fraude de mostrarles el trasunto de una mesa que no es la originalmente dispuesta para formar un todo unitario con la imagen. Pudiendo, al menos, haber optado por un diseño con motivos ornamentales cualesquiera –siempre adecuados- para una mesa completamente distinta y nueva, pero que ya se ha granjeado a sí misma la condición de copia alejada de la original por resultado, diseño y solución. O la costumbre cada vez más visible de contemplar el discurrir de los pasos con copa o caña en mano como si la procesión fuera un mero espectáculo callejero. O, volviendo a los traslados, la inoportuna costumbre de subir enseres y cazadoras sobre el tablero de las mesas entre o a los pies de las imágenes. La identificación del cargador con quien lleva sobre sus hombros es esencial para todo ello. Más allá de la típica pegatina en el coche o el pañuelo al cuello bordado con la silueta del paso. Identificación con el misterio que mostramos en la procesión. Quizá aquí las hermandades tengan tarea. Tratar y enseñar a tratar con veneración las tallas procesionales. Si portamos imágenes para el culto público, cómo lo hacemos es un indicador de la excelencia de nuestra Semana Santa. Nos va también el futuro en estas cuestiones que, por no ser menores, no son simples detalles.

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