Opinión | Repoblación 2.0
El privilegio de vivir en el rural
OPINIÓN | Antes se decía que “los aires de ciudad os harán libres”, ahora podríamos decir, con mayor fundamento, que el aire del rural os hará libres

Paisaje generado con Grok.
Demasiadas veces el gobierno del Estado o de las autonomías afrontan obras faraónicas, campañas publicitarias que las preceden o fastos de su inauguración con el único aval de la decisión política, pasando por encima de la participación ciudadana, del criterio de los técnicos y hasta del sentido común. Ante esto, cabría preguntarse: ¿Por qué si, como se dice, la repoblación de la España vaciada es una cuestión urgente y de Estado no se emprenden grandes proyectos de inversión en su favor? ¿Por qué no se contratan campañas explicativas, a gran escala, sobre los beneficios sociales de revertir la situación? ¿Por qué no se implementan mecanismos y dineros para que ese trasvase de población sea posible?... No nos engañemos, todo obedece a la “realpolitik” y el puro interés político. Los partidos y los distintos gobiernos ven más necesario cuidar el granero de votos de las ciudades, que esa cacareada “cuestión de estado” para fijar población en las dos terceras partes del territorio del país.
Lamentablemente la gestión política tiende a confundir lo urgente con esas otras exigencias que interesa “administrar”. Lo cierto es que ha habido, y hay, numerosos intentos en el rural de rebelarse contra la tiranía del establishment de las organizaciones políticas tradicionales. Así surgieron colectivos y agrupaciones ciudadanas con representación en municipios, diputaciones, parlamentos autonómicos e incluso en el congreso de los diputados, que tratan de forzar un hueco en las agendas políticas de sus respectivos territorios. Es el grito de una realidad social que se resiste a desaparecer en la vorágine del día a día de otras necesidades.
Solventadas las infraestructuras urbanísticas, los equipamientos comunitarios básicos, el confort y el ajuar doméstico de los hogares particulares… La cultura, la vivienda, el empleo y los servicios públicos se erigen como los auténticos nudos gordianos del proceso de repoblación del rural. Desde luego que no son los únicos como hemos visto en anteriores comunicaciones, pero sin recursos económicos, sin un techo digno donde poder vivir, sin una posibilidad de ocio, o una atención sanitaria decente, difícilmente nadie podrá iniciar un proyecto de vida sostenible en el rural.
Es verdad que las dificultades de acceso a la vivienda tienen causas específicas en el rural, pero generan el mismo problema de sostenimiento o supervivencia de las poblaciones: Hay menos especulación inmobiliaria, el suelo es abundante y barato, existe predisposición por parte de muchos municipios para subvencionar los trámites y acompañar a los demandantes, cuentan con viejas edificaciones susceptibles de ser rehabilitadas… pero la realidad es que en la mayoría de los pueblos no hay viviendas disponibles. Cerca del cincuenta por ciento están destinadas a segunda residencia, y las instituciones competentes insisten en igualar las condiciones de construcción y acceso a una vivienda pública que requieren en las ciudades, donde hay cientos o miles de potenciales solicitantes: tipología constructiva, exigencias de suelo, de salario, de unos avales inaccesibles para la mayoría, número elevado de solicitantes por vivienda ofertada, trámites difíciles y farragosos para subvencionar la rehabilitación o autoconstrucción…en definitiva, un incomprensible empecinamiento institucional de tratar por igual, a lo que es manifiestamente desigual.
Hoy el concepto de proximidad está de moda: empresas de proximidad, alimentos de proximidad, transporte de cercanías, productos… Antes se decía que “los aires de ciudad os harán libres”, tratando de poner énfasis en el anonimato frente al mayor escrutinio social de los pueblos; ahora podríamos decir, con mayor fundamento, que el aire del rural os hará libres: libres del agobio que genera el tráfico, de la masificación de cualquier actividad, de la inestabilidad laboral, de las prisas, de la carestía y el consumismo, de la contaminación ambiental, acústica, lumínica… de un mayor riesgo de caer en el estrés por la exigencia social de tener esto o aquello, libres del cemento, del asfalto, de la ausencia de Naturaleza… Verdad es que vivir en los puebles tienen sus propios inconvenientes, servidumbres y gabelas, pero el inmenso privilegio de llevar una vida más sosegada y saludable, de aprender a relativizar las cosas, de apreciar el intangible que imprimen los ciclos vitales de los animales o las plantas, de disfrutar la verdad de las tradiciones, la sabiduría de los refranes, la autenticidad de muchos comportamientos humanos… todo eso no puede pagarse con dinero.
Recordar, finalmente, aquella leyenda sobre el nudo gordiano que se extendió desde la región de Frigia, en la actual Turquía, según la cual quien desatase el complicado nudo que adornaba el yugo real conquistaría Asia. Se cuenta que el intrépido Alejandro Magno deshizo el famoso nudo con un certero tajo de su espada, equiparando deshacer a cortar. Nuestra España vaciada, como el nudo del rey Gordio, hace mucho tiempo que también espera a su particular Alejandro Magno para que, con la fuerza de su espada y el poder de su dinero, corte y resuelva todos los déficit que impiden a los jóvenes establecer proyectos de vida en los pueblos. Mientras tanto, ya saben, como canta El Nuevo Mester de Juglaría refiriéndose a la derrota comunera de esta tierra: “… desde entonces ya Castilla / no se ha vuelto a levantar / Siempre añorando una junta / o esperando un capitán.” Pues eso.
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