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Opinión

Una ruina denigrante

"Esperemos que se salve lo salvable, que se reparen los daños y se repongan las pérdidas del Palacio de Bustamante para honrar después a doña Guiomar de Ulloa"

Palacio de Bustamante de Toro.

Palacio de Bustamante de Toro. / Cedida

En el año de 1460 un miembro del linaje Ulloa, proveniente de la cuenca gallega de río Ulla y muy arraigado en Toro, García Alonso de Ulloa, compró unas casas principales en esta ciudad, tangentes al monasterio de San Ildefonso el Real y en la calle de la Reina, que es parte de la ronda de circunvalación del segundo recinto amurallado.

De la antigüedad y de la importancia de las mismas dan cumplido testimonio algunas piezas de carpintería que, sorteando reconstrucciones y remodelaciones diversas, llegaron a nuestro tiempo veladas por enjalbegados y reutilizadas como carreras, entibos y zapatas en las galerías del patio central; eran jácenas potentes policromadas con motivos de lacería, atauriques y escudos heráldicos de Castilla y León en estilo gótico lineal, del tránsito del siglo XIII al XIV y encuadrables en la época de doña María de Molina.

En aquella antigua mansión promovió y costeó una muy profunda remodelación a fines del siglo XV don Pedro de Ulloa, hijo y sucesor del sobredicho comprador, casado con la noble zamorana doña María de Valencia, hija del montero de Juan II y comendador de la Orden de Santiago don Gonzalo Rodríguez de Ledesma, que aportó al matrimonio con don Pedro el rentable término redondo de La Vadima, en la tierra de Ledesma.

De aquella actuación, que supuso la reconstrucción casi total del inmueble, éste resultó estructurado en cuatro crujías de doble suelo en torno a un patio central con pilares ochavados de piedra caliza en la planta baja y pies derechos de madera apeando los techos de los tránsitos superiores. Los muros estructurales se aparejaron con tapias terreras sobrepuestas, sin rafas de refuerzo ni verdugadas o agujadas; las estancias se cerraron con techumbres de gran fortaleza, a base de recias vigas bien escuadradas y entablados a cinta y saetino, todo ello realzado por pinturas de tonos bien contrastados y, en las tabicas, escudos de armas con los jaqueles de Ulloa y el águila de sable de los Valencia, en alternancia.

El inmueble así renovado, con otras fincas urbanas y rústicas, fue vinculado al mayorazgo que otro don García Alonso de Ulloa, nieto del homónimo precitado y "veedor general de las gentes de las guardas de la reyna" doña Juana, instituyó junto con su mujer, doña Guiomar Sarabia, el 28 de octubre de 1513.

Lo heredó el hijo de ambos don Pedro de Ulloa, de cuyo matrimonio con doña Aldonza de Guzmán nació en esta casa una mujer excepcional a la que impusieron el nombre de su abuela paterna, Guiomar, y que con el paso del tiempo, viuda a los veinticinco años de don Francisco de Ávila, conoció en el convento abulense de la Encarnación a santa Teresa de Jesús, que reiteradamente la elogia en su epistolario y en el Libro de la vida, hasta decirle a su hermano don Lorenzo de Cepeda, en carta de 23-XII-1561, que mantiene con ella "más estrecha amistad que puedo tener con hermana".

Amiga, confidente y protectora de la santa, doña Guiomar la acogió en el palacio que habitaba en Ávila y había sido de su marido, en éste de Toro, que le perteneció, y en "vnas cassas grandes principales" en el lugar de Aldea del Palo, hoy San Miguel de la Ribera, también vinculadas a aquel mayorazgo fundado por sus abuelos paternos, que recayó en ella.

El concurso de doña Guiomar y de su madre fue decisivo en la fundación del primer convento de la reforma carmelitana, el de San José de Ávila.

El último Ulloa tenedor de las casas principales de Toro fue un nieto de doña Guiomar, don Francisco de Ulloa y Pimentel, que falleció sin descendencia, aunque las disfrutó con el resto de bienes vinculados su hermano don Juan, canónigo de Jaén, expresamente excluido de la sucesión por su condición de clérigo.

Mayorazgo

Ante la falta de descendientes legítimos, la escritura de institución del mayorazgo prescribía que éste pasara al monasterio toresano de Sancti Spiritus, donde habían profesado monjas tres hijas de los fundadores que renunciaron a sus correspondientes legítimas en favor de don Pedro, primer tenedor del mismo y padre de doña Guiomar. Pero las dominicas de Sancti Spiritus no entraron en posesión de las casas y demás bienes vinculados hasta que concluyó un largo y costoso pleito contra otros pretendientes con un fallo a su favor pronunciado el 10 de marzo de 1648, en última instancia, por la sala de Mil y Quinientos del Consejo de Castilla.

Por entonces el inmueble se encontraba muy deteriorado por haber estado años deshabilitado y abandonado a su suerte, tanto que ello determinó su depreciación y dificultó y demoró su venta, contando además con la vertiginosa caída de la demanda consiguiente a la crisis global del siglo XVII. El 1 de febrero de 1662 lo adquirió por fin don Félix de Ribera Velázquez, caballero de Calatrava, y en esta decisión debió pesar no poco la gran devoción que su esposa, doña Teresa Sierra, profesaba a su homónima santa abulense; allí pretendieron fundar y dotar un hospital para pobres convalecientes que a la postre erigieron en un local más desahogado, en la rúa de Santa María de Roncesvalles, después de vender la casa de los Ulloa, ahora dañada por la edad pero enaltecida por haber albergado a santa Teresa de Jesús.

La compró el 27 de agosto de 1690 don Diego de Bustamante y Vivero, que pagó por ella 3500 reales, la misma cantidad ínfima que en 1662 le había costado al vendedor; pero invirtió 24.000 en repararla. Se rebajó la altura de la planta superior y de las fachadas, que enchaparon con ladrillo, rehicieron las cubiertas y casi todos los forjados. Sólo mantuvieron intactos, con un respeto reverencial, los elementos estructurales de una parte de aquella noble mansión que constituía el valor más preciado de la misma, una reliquia grandiosa: "el quarto en que vivió la preclara reverenda madre Theresa de Jesús, que sirve de oratorio…".

Al mismo propietario se deberá la lápida de arenisca que todavía subsiste en el alzado exterior y dice así: "EN ESTE QTO / BIBIO / SANTA TERE/SA Ð IESVS". Y todavía don Diego poco antes de morir, al regular el orden sucesorio del mayorazgo que había fundado el 31 de julio de 1705 con su esposa, doña Antonia de Melgar, prescribió que, a falta de descendientes legítimos, tan singular bien recayera en el "conbento y relijiosos, extramuros de dicha ziudad de Toro, de nuestra Señora del Carmen, por la devoción que le tenemos y haver vivido en la casa nuestra madre santa Theresa de Jesús y ser nuestra voluntad el que no se venda ni enajene dicha casa".

La mantuvieron sus descendientes hasta aquel culto y bondadoso caballero, Barón de Covadonga, que fue don Jesús Valdés, a cuya generosidad y cercanía debo el conocimiento de los documentos aludidos, que custodiaba celosamente en el archivo familiar.

Zona del Palacio de Bustamante hundida en la que se encontraba la estancia que habitó Santa Teresa.

Zona del Palacio de Bustamante hundida en la que se encontraba la estancia que habitó Santa Teresa. / Cedida

Pues bien; por una serie de circunstancias que ahora no voy a referir, este inmueble histórico, conocido como palacio de Bustamante, tiene desde hace pocos años nuevos dueños, un banco muy importante y una sociedad limitada afín a él y, aunque pueda resultar paradójico, perteneciendo a tan potentados titulares las ruinas han hecho grandes estragos en el conjunto, incluido el hundimiento de aquel respetable cuarto en que se hospedó la santa de Ávila, tan apreciado durante siglos por otros propietarios con menos posibilidades económicas, pero superiores en calidad y categoría.

El hundimiento no fue un accidente fortuito o inesperado, sino una desgracia anunciada y garantizada por un inasumible proceso de deterioro creciente a lo largo de varios años, cuyas imágenes producen irritación y vergüenza, aunque en esta ciudad sin pulso apenas han suscitado reacciones.

Valoro sin restricciones el cometido específico de la banca y comprendo que su misión, muy necesaria, no implica la salvaguarda directa de los bienes integrantes de nuestro Patrimonio Cultural; pero tampoco es incompatible ni excluyente del deber de conservación que la ley impone a todas las personas, tanto físicas como jurídicas. Y no me parece ni honorable ni decente que en vez de cumplir tales obligaciones con ejemplaridad y, si cabe, con largueza, empleen sus recursos en eludir responsabilidades y cargas y en enlodar el expediente incoado por el muy débil Ayuntamiento de Toro, que, por supuesto, ha pecado de demoras, omisiones y algo más, no obstante el reconocimiento que merece el decreto de la alcaldía 2023-1407, de 9-10-2023.

Peor está quedando en tan denigrante percance la Junta de Castilla y León pese a empeños encomiables de algunos servidores y funcionarios suyos, pues nada eficaz ha hecho para detener la ruina, ni para evitar al menos la caída de los alfarjes policromados del cuarto de santa Teresa, ni para salvar los restos, que se están pudriendo entre escombros; tampoco ha iniciado acciones tendentes a reparar o a exigir la reparación de tan cuantiosos daños. Y eso que las autonomías suelen presentarse como administraciones "cercanas".

Pues le recuerdo a la nuestra que hace medio siglo, cuando aún dependíamos de la centralista y lejana se solucionó expeditivamente, supliendo la escasez de recursos con aplicación e ingenio, un problema similar y más complejo que el aquí planteado por la conservación de los alfarjes sobredichos, gracias a lo cual se mantiene erguido el magnífico artesonado renacentista de la capilla del Hospital de la Cruz. El menoscabo de nuestro patrimonio no se debe tanto a la falta de recursos económicos como a otras faltas que el lector puede inferir fácilmente de lo escrito.

Esperemos que se salve lo salvable, que se reparen los daños y se repongan las pérdidas para honrar después a doña Guiomar de Ulloa en una lápida y no tener que promover otra dedicada a los responsables de tamaño desastre.

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