Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

La josa toresana

OPINIÓN | Sugiero el poder disponer de un espacio municipal, donde se instalaran, al menos, un ejemplar de cada uno de los árboles frutales a modo de “Josa ampelográfica”

Ejemplar joven de melocotonero plantado en Toro

Ejemplar joven de melocotonero plantado en Toro / Cedida

Toro ha tenido una gran tradición hortofrutícola y un importante patrimonio de frutales de variedades autóctonas y muy antiguas.

Asociado a este hecho, la palabra “josa” tiene un significado especial para el toresano, peculiar y que está en boca de todos aún hoy en día.

Este léxico, josa, es de origen árabe, que indica el terreno dedicado al cultivo de frutales, señalan un cultivo introducido durante la invasión sarracena.

Entre los frutales, habituales en todas las josas, el cermeño es el frutal más representativo. Se corresponde con el árbol productor de unas peras pequeñas que se conocen con los nombre de perillos de Toro, cermeños, o cermeñas.

Árbol bien adaptado a las condiciones climatológicas de la “Campiña”, ha constituido durante varios siglos una fuente de riqueza que ha valido para llevar el nombre de Toro hasta tierras muy lejanas.

A Toro, es probable que desde el año 980, durante la Reconquista y para consolidar la población, llegaron gentes procedentes de La Rioja, Navarra, Aragón, País Vasco; de Magallón en concreto, de ahí el nombre de “magallones” , como se conoce a los naturales de Toro.

Entre la intendencia de estos pobladores, trajeron la uva Tinta Tempranillo que se cultivaba en esas zonas de procedencia y que, con el tiempo, ha derivado a la Tinta de Toro.

Los melocotones famosos de Toro, aún hoy día, quién sabe, si no proceden de Gallur o Calanda.

De alguna manera, el cermeño y la pera Magallón están estrechamente unidas a estas tierras.

Los repobladores traerían consigo, una vez asentada la población, su manera de vivir, acoplada a sus conocimientos de las tierras de donde procedían.

Desde que la Reconquista se asentó en estas tierras, se han cultivado con profusión plantas, cuyos frutos fueron alabados y comercializados hasta hace pocos años, constituyendo una fuente de riqueza, perdida en la actualidad.

Ciruelas, guindas jardinas, cermeños, albaricoques, peras bergamotas, guindas garrafales, melocotón de viña, cerezas, albérchigos, nogales, almizcleños, higueras, almendros, membrillos, esperiegas, castaños, camuesas, selbos, sanjuaniegos, santiagueses, guindas de tomatillo, cerezas de corazón y de costal, cascabelillos y paladillas, ciruelas rosales o engañaputas, uvas de caja y de parra, moscateles, ratones, andaniños, peras de S. Juan, manzana morro de liebre, guinda común, cermeño redondo de agua, cascabelillo ignorado, y otros más, son las variedades de fruta que hasta los años 80, se comercializaban en el “Corro”.

Este “Corro”, mercado famoso, estaba instalado inicialmente en Santa Marina, pasando posteriormente a situarse en la Plaza, desde la Colegiata hasta el Arco del Reloj, plaza de Santa Marina y calle, hoy, del Amor de Dios. A partir de 1975, se trasladó a la plaza de la Trinidad, cesando su actividad en el año 1980.

Allí se exponían los frutos cosechados, bien en cestos, canastillos y canastos, llenos de abundantes cermeños, manzanas, cerezas, ciruelas, melocotones, que partirían para tierras lejanas, dando renombre a esta ciudad de Toro.

Ya el día anterior, se depositaban estos manjares exquisitos en los puestos asignados y, al alba, se iniciaba su venta, que terminaba antes del mediodía.

Además de estas frutas descritas, se podían encontrar en las numerosas josas de la “Campiña” madroños, endrinos, avellanos, grosellas, zarzamoras, frambuesas, kakis, con las que completar este muestrario tan enriquecedor de frutas.

Así se confirma la diversidad frutícola que aseguró, en parte, el alimento a largas generaciones y permitió generar riqueza en la población, así como llevar el nombre de Toro a los confines del mundo, con sus famosos cascabelillos, cermeños y sus vinos, transportados por los arrieros, por todas las rutas de España.

La recuperación y puesta en valor de estas variedades de frutales puede ser una oportunidad para la agricultura de esta población.

Con la Concentración Parcelaria, dejaron de estar aquellas manos expertas que los cuidaban, otras fueron arrancadas para plantar viñas, otras convertidas en graveras, muchas quedaron perdidas, donde aún permanecen los retoños de los guadaperos.

Hay que aprovechar el testimonio de personas mayores para disponer de datos que permitan la recuperación de estas variedades, personas que crecieron a expensas del cielo y cultivando la tierra.

Fruto de esta investigación, podría elaborarse una guía de variedades locales de Toro, una recopilación del conocimiento tradicional, asociado a la biodiversidad agrícola.

Por mi parte, sugiero el poder disponer de un espacio municipal, donde se instalaran, al menos, un ejemplar de cada uno de los árboles frutales citados en este espacio, a modo de “Josa ampelográfica”, que diera sentido a este legado histórico de la ciudad y sus gentes.

Tracking Pixel Contents