Opinión
Educar en tiempos de confusión
OPINIÓN | Educar, es decir, construir en medio del ruido y la realidad cambiante que hoy nos envuelve sigue siendo el reto de miles de profesionales

Una alumna se dirige a la entrada del IES Cardenal Pardo Tavera de Toro / C. T.
Dicen que vivimos “tiempos líquidos” (expresión basada en el pensamiento desarrollado por sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman -el tránsito de una modernidad «sólida», estable y repetitiva a una «líquida», flexible y voluble-) en los que nada es ya permanente y lo de hoy es muy probable que, dentro de unos días, sea noticia pasada o aspecto pasajero. Una sociedad contemporánea en la que las noticias transitan a velocidad de crucero, las imágenes son expuestas sin rubor y la intimidad se intercambia sin pararnos a pensar a qué lugar recóndito del mundo llegará; así nos hemos acostumbrado a vivir y no frenamos, ni siquiera unos minutos, para poder digerir el torrente de información con el que nos desayunamos cada día.
Llevo rumiando esta breve reflexión varios años, sobre todo por las mañanas, cuando me desplazo al lugar de trabajo y miro por la ventana del autobús hacia el horizonte: el amanecer se hace presente y el frescor de la hierba se intuye cuando se observan varias vacas pastando en alguna de las dehesas más próximas a la carretera que une Salamanca con la capital zamorana. Un intervalo de un cuarto de hora ha sido lo que previamente, mientras desayunaba, me ha activado y me ha situado ante la realidad del día (siempre es en la radio) y me ha colocado ante lo que me espera cuando me cruce con el primer comentario de alguno de los compañeros, al ascender por la rampa que lleva al libro de firmas: hoy tocaba aranceles y mañana…pues será otra cosa parecida a un escándalo, un coche eléctrico, un bosque de polarización o una polémica artificial para hacer olvidar alguna noticia con enjundia.
Visto lo visto, uno puede pensar en ocasiones que “somos seres en peligro de extinción” (expresión que cada vez escucho más a mi mujer cuando hay comportamientos que nos chirrían y que, hace algunos años, nos parecían inverosímiles) que no entendemos esta amalgama de tiempo, formas, centenares de noticias, miles de impactos de imágenes y pocos momentos, pero que muy pocos, para mirarnos a los ojos.
Esta última expresión – “mirarse a los ojos”- la utilicé con frecuencia hace muchos años cuando Toro era la ciudad en la que desarrollaba mi actividad profesional diariamente; intuía como, tal vez, lo importante se nos estaba escapando de las manos de la misma manera que el agua se escapa cuando se echa en una cesta. Los chicos y chicas del IES Cardenal Pardo Tavera intercambiaban SMS cuando estaban descansando en los pasillos o reposando haciendo corro; alguno de aquellos mensajes era para alguien que tenían justo enfrente y es ahí cuando yo, con ánimo de espolearles, les decía que era más interesante decir las cosas mirándose a los ojos.
Fueron años inolvidables en los que tuve la suerte y el privilegio de desarrollar mi vocación en aquel espacio en el que llevé a cabo mis estudios de bachillerato; los recuerdos de aquella adolescencia ochentera se mezclaban con los sueños y preocupaciones de nuevas generaciones que acababan de entrar en el siglo XXI. Pasillos con zócalos de azulejos verde esmeralda -que aún siguen siendo los mismos- que veían pasar el tiempo y la formación de cientos de adolescentes que se preparaban para afrontar un futuro prometedor e incierto a la vez; rara era la ocasión que no hacían la pregunta del millón: “oye, Javier… ¿esto tendrá salidas?”.
Yo solía sonreír y, con paciencia y mirando siempre a los ojos, los animaba a que lucharan por aquello que creían que les iba a hacer más felices o pensaban que, con ello, se sentirían más realizados. Por aquellas aulas y en aquellos años -entre 1999 y principios de 2009- desfilaron los que hoy son prometedores servidores de la medicina, la docencia, el periodismo, la ingeniería, la política, la administración del Estado, autónomos, agricultores, mecánicos, hosteleros…muchos y muchas de ellos son ya padres y madres de familia que han salido fuera de la ciudad o de la provincia para labrarse el futuro y, algunos otros y en su minoría, siguen luchando por lo suyo pegados a la tierra y mirando cada día al Duero desde la atalaya del paseo del Espolón.
En alguna ocasión, ya pasados los años, he vuelto a coincidir con ellos como compañeros de trabajo (confieso que esto ha sido más frecuente con alguno de aquellos que ocuparon las aulas del IES Maestro Haedo, de la capital, unos años antes); como diría mi padre “cuando los veía ya crecidos, me hinchaba tanto que no entraba por la puerta” porque yo sentía que algo de mí estaba presente en aquel proyecto lejano que se había convertido en una persona adulta, con valores y con ganas de afrontar y vivir la vida.
Recuerdo el caso de Isabel, enfermera de profesión, que cuando me vio acompañando a un interno hacia el departamento de enfermería en el centro penitenciario de Estremera (Madrid VII), allá por el año 2011, se me quedó mirando con sorpresa y me espetó: “pero… ¡si tú eres Javi, mi profesor!”; la siguiente pregunta ya iba dirigida a mí con el envoltorio de la incógnita ya que no entendía que hacía trabajando en un centro penitenciario si “ella me hacía todavía en el Pardo”. Pero esto es más complicado de explicar y daría para largo, bueno, tal vez para más adelante pueda reflejarlo en otro escrito.
Educar, es decir, construir en medio del ruido y la realidad cambiante que hoy nos envuelve sigue siendo el reto de miles de profesionales que, a menudo, luchan contra los elementos y las interferencias del día a día. Los twists o los WhatsApp no solo entorpecen la tranquilidad del aula (digo esto porque la concentración y el esfuerzo son imprescindibles para muchos de los procesos que tienen que ver con el aprendizaje) sino también la de los hogares, en los que diluyen la comunicación entre padres e hijos y cortocircuitan el simple hecho de mirarse a los ojos.
La educación y la cultura, como les dije hace unos días a mis internos de uno de los módulos de respeto del centro penitenciario de Topas (Salamanca), mueve la historia y mueve el mundo: nos hacen más humanos, nos hacen progresar y son la mejor medicina para que no nos convirtamos “en seres en peligro de extinción”.
Cuando cada quince días vuelvo religiosamente a pisar las calles de Toro, ya que voy a compartir el día con mi madre, suelo dirigirme instintivamente hacia el pulmón de la ciudad, hacia la plaza; rara es la vez que un “hasta luego” o un “hola, sigues igual” no me sorprende: las canas me recuerdan que el tiempo pasó, pero fui muy afortunado pudiendo ser parte del futuro de lo que siempre serán mis raíces.
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