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Opinión | REPOBLACIÓN 2.0

Vida urbana versus vida rural

Calle desierta en un pequeño pueblo de la Zamora rural.

Calle desierta en un pequeño pueblo de la Zamora rural. / A. B. (Archivo)

Esta porfía entre lo urbano y lo rural puede que algún día tuviese su razón de ser, pero hoy ha dejado de tener sentido por mucho que se empeñen los urbanitas más vehementes o los incondicionales de la vida en los pueblos. Como dicen de las meigas, haberlas haylas, aunque cada vez con menos fundamento. La realidad sociológica de este país nos muestra que la educación, el nivel cultural, el grado de compromiso personal, los índices de satisfacción, o la felicidad de los españoles no está relacionada con el hecho de vivir en el medio rural o en la ciudad. Cosa muy distinta es creer que está todo hecho para que la gente pueda volver a instalarse aquí, y asumir las duras exigencias socioeconómicas que hoy se requieren. Resulta obvio que persisten discriminaciones profundas que interpelan directamente a las diferentes administraciones públicas: Acceso a unos buenos servicios sanitarios, de ocio, déficits en el servicio público de movilidad comarcal, por la comunidad autónoma o dentro del propio Estado, financiar los sobrecostes para acceder a estudios universitarios o de investigación, sea cual sea la disponibilidad económica de las familias.

En una columna que titulamos como Repoblación 2.0, es decir, abierta a las múltiples sugerencias y posibilidades que ofrece la cuestión, hemos de partir de la certeza de que hay lugares que previamente se han despoblado significativamente y que es preciso revertir por puro interés social, económico, medioambiental, cultural… y que es una tarea que compete a todos, en especial a los poderes públicos. Porque atraer a nuevas personas para que “repueblen” esos lugares y puedan desarrollar una vida personal, familiar o social en condiciones de dignidad no es una tarea fácil. Requiere la puesta en común de mucha información veraz, en origen y en destino, sobre nichos de empleo y emprendimiento, adquisición de vivienda, ayudas institucionales, acompañamiento profesional, implicación de distintos colectivos en las ciudades y también en los pueblos, apoyo decidido de los ayuntamientos… Porque no hablamos sólo de jubilados, hablamos de emprendedores, de gente joven muy formada, de profesionales desencantados, de parejas que buscan un lugar en sintonía con sus ideales de vida para formar una familia… España posee un inmenso territorio, casi tres cuartas partes del país, con índices de población propios de zonas desérticas, pero que en realidad son lugares con raíces y cultura tradicional, conectividad aceptable, infraestructuras urbanas consolidadas, estructura administrativa, y plenamente integradas en un Estado moderno de la Unión Europea.

Desde luego que es importante estudiar y conocer las causa que llevaron al despoblamiento, pero no es cuestión de seguir permanentemente mirando hacia atrás en busca de responsables y responsabilidades porque podríamos quedar atrapados, como la mujer de Lot, en nuestra propia inmovilidad. Los que hoy peinamos canas o ni siquiera eso, veíamos las ciudades como símbolos de libertad, de esperanza, de acceso a novedades… por el contrario, los pueblos encarnaban la frustración, la resignación, la vida anodina, el aburrimiento, la tristeza de lo que no pudo ser en los ojos de quienes se quedaron. Y no eran sólo percepciones de juventud, era algo que se alentaba desde los poderes públicos para ofrecer mano de obra abundante a la construcción, a la industria, los servicios, el comercio… y buenos consumidores para engrasar el sistema.

Hoy esos modelos de vida se han acercado considerablemente; incluso podríamos decir que aquellos ideales de libertad y de esperanza han devenido en agobio, frustración y negritud para unos hijos y nietos extraordinariamente formados. Emigrar al extranjero o a otra comunidad ya no es una opción posible, por eso el deseo de los jóvenes, la necesidad y la imposibilidad económica para independizarse de los padres (vivienda, salarios, precariedad laboral…) está haciendo que vuelva a mirarse a los pueblos, haya o no raíces, como lugar posible para alumbrar proyectos de vida o emprendimiento.

Hace sólo unas décadas, las posibilidades para ganarse la vida en el rural eran muy limitadas: Agricultura, ganadería, pequeñas industrias de transformación, servicios, comercio minorista… todo con grandes limitaciones tecnológicas, de mercado, y unos equipamientos comunitarios que no admitirían una mínima comparación con los que ofrecía la gran ciudad. Ahora comienzan a cambiarse las tornas. La autonomía individual, las nuevas tecnologías de comunicación y el despliegue de la red de fibra 4G han transformado radicalmente la conectividad del medio rural; además, avanza imparable la tecnología de quinta generación el 5G que, dicen, nos cambiará aún más la vida.

Ha sido un desarrollo tecnológico tan vertiginoso que, aplicado a las explotaciones agrícolas, ganaderas, comerciales, industriales, al servicio del arte y la artesanía, al diseño y el ejercicio de las profesiones liberales, a la formación, al acceso a de los mercados de todo el mundo… deja expeditas múltiples posibilidades y hace que, de facto, desaparezca aquel versus que incorporábamos al título. Pero cabría preguntarse: ¿Es tan diferente la vida en la ciudad y en el rural? ¿Cuáles son las fortalezas y debilidades de cada modelo? ¿Llega a todos los rincones y a todas las capas sociales por igual? ¿Están todas las comarcas en las mismas condiciones de enfrentar este futuro?...

Resulta evidente que las personas que viven en los pueblos tienen más facilidad para acceder a un bosque, a un rio, explotar y disfrutar de un huerto, de un corral doméstico, de una tranquilidad impagable, de conocer y saludar a la gente a diario… La gente que vive, según la RAE, “acomodada a los usos y costumbres de la ciudad” (urbanitas) sobrellevan los atascos, los agobios del transportes públicos, mayor individualismo, colas para esto o aquello, pero disfrutan de más oferta de tiendas, cines, teatros, restaurantes, grandes conciertos, parques y paseos urbanos, cercanía a hospitales, universidades, museos… La realidad es que mientras las grandes ciudades afrontan problemáticas existenciales de difícil solución; el rural, con las suyas propias, se acerca mucho más rápido a los estándares sicológicos de racionalidad, equilibrio y calidad de vida.

De momento es tendencia, que no es poca cosa. Además, se multiplican las voces autorizadas que exigen un mayor compromiso desde la política y las administraciones en el acompañamiento económico de esa vuelta a lo rural, que se implemente una discriminación positiva en los proyectos, una fiscalidad diferenciada, una planificación específica para los servicios básicos, pluses al desempeño de los profesionales que trabajan en los pueblos… en definitiva, que se deje de tratar igual, en las leyes y en la regulación, a lo que a todas luces es muy diferente.

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