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Opinión | Buena jera

La tristeza de dormir con el horror

Nos vamos acostumbrando a convivir con el dolor, las muertes y las atrocidades

Columna de humo tras un bombardeo del Ejército de Israel contra Jiam, en Líbano (archivo)

Columna de humo tras un bombardeo del Ejército de Israel contra Jiam, en Líbano (archivo) / Europa Press/Contacto/Taher Abu Hamdan

¿Alguna vez nos hemos preguntado cómo es posible que hagamos vida más o menos normal viendo lo que está sucediendo en Gaza, Líbano, Israel?, ¿alguna vez nos hemos preguntado cómo podemos dormir tras contemplar los bombardeos y la destrucción en Ucrania, en la misma Europa de la que formamos parte?, ¿somos ya capaces de diferenciar las muertes reales de las de las películas de acción que nos invaden el salón desde nuestras teles ultramodernas?, ¿hemos adiestrado, conscientemente o sin querer, nuestras almas para que nos resbale todo aquello que pueda herir nuestra acomodaticia sensibilidad?, ¿hemos antepuesto, quizás definitivamente, el confort a la solidaridad, aunque ésta sea solo anímica?, ¿estamos degradándonos hasta el extremo de no sufrir, ni siquiera un poquito, con la desgracia ajena, con la sangre inocente, con los cadáveres de quienes únicamente pasaban por allí?, ¿nos hemos puesto en alguna ocasión, aunque sea en sueños, en la piel de los que acumulan muertos y muertos y viven entre escombros, sin techo, sin nada, sin futuro?, ¿qué haríamos nosotros?, ¿cómo nos defenderíamos?, ¿a quién recurriríamos?

Sí, es más que probable que todos nos hayamos metido en esas interrogantes, que las preguntas hayan fluido mientras nos abruman las imágenes del espanto. Pero también es más que probable que la pesadumbre y los lamentos hayan durado poco, lo justo, lo justito, lo que tarda el telediario en cambiar de noticia. Al fin y al cabo, lo que está ocurriendo no es culpa nuestra. Y, además, no podemos hacer nada; ni siquiera lo hacen los gobiernos y las instituciones y organismos que podrían hacerlo. El horror se ha instalado en nuestras vidas con total normalidad; es algo inherente al devenir diario, como el día y la noche, igual que la tempestad y la calma, el horario de trabajo y las horas de las comidas. Rutina.

Mañana se cumplirá un año de la barbaridad de Hamas que ha dado lugar a la salvaje reacción de Israel. El grupo terrorista palestino, que gobierna en Gaza, mató a unos 1.400 israelíes y secuestró a más de 200, algunos asesinados más tarde. Tras las condenas, todo el mundo esperaba la respuesta judía. Y llegó. Lo que pocos sospechábamos es que alcanzara las cifras que, de momento, ha alcanzado: más de 40.000 civiles muertos, la mayoría mujeres y niños inocentes. Gaza destruida casi por completo. Apenas queda algo en pie. Y los bombardeos continúan. Nada ni nadie ha detenido a Benjamín Netanyahu, reforzado ahora en el poder por su política de mano durísima. Muy pocos son los que le critican. Y algunos con la boca pequeña, como los dirigentes de Estados Unidos, su gran aliado. Ni Europa ni la ONU han hecho valer su pretendido peso. Condenas y más condenas. Llamamientos a detener la guerra, a negociar la paz, pero Israel se lo pasa por el forro. Repite que va a acabar con Hamas y ahora también con las milicias chiitas de Hezbolá ya que la guerra se ha extendido a Líbano, pero los precedentes no invitan al optimismo. Morirán militantes y guerrilleros de Hamas, mas surgirán otros, como ha sucedido antes. Caerán milicianos de Hezbola, pero serán reemplazados e Irán seguirá armando a sus hermanos libaneses.

Irán, ay Irán. Tiene armas atómicas y ya ha entrado en el conflicto. Tiembla el mundo. Y no solo por el incremento de las acciones bélicas indiscriminadas, sino también (¿y, quizás, sobre todo?) por lo que pueda suceder con el petróleo. Y eso son palabras mayores. No nos alteramos mucho por el horror, el hambre, las enfermedades y las muertes de niños, pero si nos suben la gasolina, es otro cantar. Ya he oído a más de uno decir eso de "se nos pone el gasóleo por las nubes". Nada le había escuchado de las masacres de Gaza. Una cosa es la sangre ajena a distancia y otra muy distinta que nos toquen nuestro, eh, nuestro, bolsillo. Triste, muy triste, pero eso es lo que llevamos años y años creando. Yo, yo y después yo. Y el que venga detrás, que arree.

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