Opinión | Religión

El valor del tiempo

Una pérdida así es una tragedia

Alberto Mateos

Alberto Mateos / Zamora CF

Hoy me presento aquí con los esquemas rotos tal y como nos puede suceder a cualquiera cuando conocemos determinadas noticias. Hace escasas horas se conocía el fallecimiento del joven Alberto Mateos (27 años), fisioterapeuta del Zamora, de forma repentina para agriarnos la comida de este jueves (cuando escribo la columna dominical). La noticia golpea con fuerza y con especial dolor cuando se produce en una vida a la que le queda casi todo por vivir y que vuela de esta manera. No es que lo conociera mucho, pero me impacta más cuando se produce no solo por la irrupción repentina sino porque hacía 4 días, habíamos compartido un rato de diversión en una boda.

Es difícil decir que a la muerte no se le tiene miedo, y es más difícil comprender situaciones tan incomprensibles. Que llenan de dolor a sus seres más queridos y que por mucho que nos afanemos en emplear palabras de alivio y consuelo les cuesta encontrar el acomodo necesario en esas personas destrozadas. Pero la realidad es esa que la muerte es un estado de la vida y que nunca sabemos cuando aparece.

Si por algo podemos distinguirnos los cristianos es que nuestro credo hace que interioricemos precisamente que depositamos nuestra confianza en Dios para vivir, pese a todas las vicisitudes que nos depara el camino, con una esperanza. La de que la muerte es una puerta tras la que espera "el abrazo último de Dios" (J.M. Rguez. Olaizola, SJ). Es como se entiende la muerte desde la fe como elemento diferenciador ante el resto de los humanos.

Una pérdida así es una tragedia que sirve también para entender precisamente eso, el valor del tiempo, lo finita que es nuestra vida. Hay un principio y hay un final qué puede tener, como este caso, un carácter inesperado. Y esto cae en contradicción con la abrumadora, casi hasta lo agobiante, tendencia por no decir manía que tenemos de planificar y proyectar nuestra vida, de esclavizarnos de ocupaciones a veces, en un horizonte tan amplio como desconocido de años y hasta de décadas. No voy a pretender cambiar ningún modo de vida, pero sí que nos detengamos más en pensar sobre ello. Porque creo que de ahí tenemos que aprender lo importante que es, y también lo difícil, encontrar sentido a las cosas qué quizá hacemos en nuestro tiempo libre, a valorar el tiempo para saber en qué lo perdemos y en qué nos gustaría emplearlo para hacer nuestra vida más plena. Administrar las cosas y las personas que ocupan nuestro tiempo para valorarlas en la medida que más nos consigan llenar. En el trance del desconsuelo también encontramos los cristianos el momento para que nuestra oración recaiga sobre la forma que tenemos de emplear el tiempo. Por la memoria de Alberto pido hoy, y comparto mi abrazo y aliento sobre todos sus seres queridos.

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