Opinión | Religión

Jesús Asensio

La fe espanta todos los miedos y temores

El pasado domingo veíamos a Jesús hablando a la gente en parábolas describiendo de cómo es el Reino de Dios

Ilustración de unos jóvenes peregrinos en su llegada a la plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano

Ilustración de unos jóvenes peregrinos en su llegada a la plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano

El pasado domingo veíamos a Jesús hablando a la gente en parábolas describiendo de cómo es el Reino de Dios y explicando su significado a los más cercanos. En esta ocasión el evangelista Marcos nos presenta la travesía de Jesús en barca por el lago de Galilea, que una vez concluido su Mensaje al pueblo, parte hacia la otra orilla. Es un texto que la Iglesia nos presenta hoy como ayuda y enriquecimiento espiritual, nos invita a pensar y a discernir en nuestro grado de confianza en el Señor.

Si abrimos los ojos para contemplar la vida que lleva cada persona, notaremos la constante lucha del hombre por llegar a ser alguien importante y asegurarse un futuro, su empeño en superar todas las dificultades, sean de índole personal, familiar o social, en la voluntad en vencer los obstáculos e imprevistos que cada día se presentan. Siempre habrá momentos de calma y de tormenta, de alegría y tristeza, de esperanza y de temor, pruebas que estarán conviviendo de por vida con nosotros. Laurence Oliver nos hace una reflexión: "La vida es lucha y tormento, decepción, amor y sacrificio, atardeceres de oro negro y tormentas". No podemos huir de nuestra realidad, ni de lo que somos ni para lo que hemos sido creados. No podemos vivir de espaldas a Dios, ni de sus designios y proyectos que El tiene para cada persona. De otra forma sería un autoengaño.

La escena que se desarrolla en esta lectura se sitúa en el entorno del mar de Galilea, un lago de agua dulce, de 21 Km de largo y 13 Km de ancho, con la particularidad de estar a 212 mts. por debajo del nivel del mar Mediterráneo. En la parte más occidental es dónde Jesús ejerce la mayor parte de su magisterio; fue el lugar de la llamada a los pescadores Pedro, Santiago y Juan; la mayoría de las curaciones allí fueron hechas (Mt.15,29); dónde caminó por encima de las aguas (Mt.14,15) y después de su Resurrección se apareció a los apóstoles. Sitio tranquilo y apacible, pero en ocasiones , cuando aprieta el viento, se transforma en un océano embravecido.

El relato de la barca embestida por la tormenta, nos muestra a Jesús durmiendo en popa, como si estuviese alejado de la situación que en esos momentos padecían el resto de los pasajeros, el oleaje estaba llenando de agua la barca y amenazaba con naufragar. La Escritura nos muestra siempre a Jesús velando, en oración o meditando, nunca dormido, es la única vez. El Maestro está tranquilo mientras sus discípulos suplican ayuda. Nos recuerda al ciego de Jericó clamando una y otra vez al paso de Jesús, pidiendo su atención, hasta que se detiene y le pregunta: ¿Qué quieres que te haga? Lc.18,35. Está en la misma tesitura con los apóstoles, se hace el dormido para probar el grado de su fe. Ellos han presenciado sus milagros , les ha demostrado el poder que tiene sobre las cosas. ¿Qué podían temer estando El a su lado? Los ha probado.

Ésta palabra de hoy viene en nuestro auxilio, porque nos denuncia, nos increpa y señala la falta de confianza que a veces mostramos al Señor. Dudamos de su poder, recelamos de su voluntad para cambiar las cosas, desconfiamos en la solución a los problemas que nos agobian, vacilamos cuando una adversidad nos inquieta. Dudamos de El, pero El es fiel siempre con nosotros.

No podemos obviar en este párrafo la figura que tiene para el creyente la barca. Los Santos Padres siempre la interpretaban como imagen de la Iglesia y en ella siempre al timón, la presencia de Jesús. Cuando permanecemos embarcados junto al resto de los hermanos de la comunidad cristiana, podemos estar tranquilos y sin miedos. El Señor nos acompaña, ¿Qué podemos temer?. Fuera de esta barca Madre Iglesia, sólo encontramos lo contrario a lo que debería ser la tranquilidad y la paz en una persona: marejadas, incertidumbres y desesperación.

El Señor nunca está callado, ni dormido, ni ausente ante las tormentas que arremeten contra el hombre. Espera con paciencia que le imploremos suplicando su ayuda para acudir presto a salvarnos. Siempre pendiente de sus hijos para socorrerles y salir a su rescate. La Palabra de hoy nos anima a mantener puesta la confianza en el Señor. No dejemos que decaiga y desfallezca este deseo.

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