Opinión

Volver a ver la luz

La reconstrucción de los elementos fortificados del Puente de Piedra no supone inventar nada ex novo, sino revertir el estado histórico del monumento

Zamora. Obras del Puente de Piedra

Zamora. Obras del Puente de Piedra

A mediados del pasado mes de mayo hemos podido ver, en los márgenes del tablero del Puente de Piedra de Zamora, que comenzaban a surgir los nuevos pretiles que pronto protegerán a los viandantes. Los trabajos se enmarcan en el proyecto de rehabilitación del viaducto, realizado por Francisco Somoza y ejecutado por Rearasa, y se suman a los de reposición del pavimento y dotación de alumbrado, cercanos al millón y medio de euros. Se acierta con el empleo de piedra pudinga zamorana (no arenisca) tal como se hizo a lo largo de la historia en la margen derecha de la ciudad, como ya señalé en esta misma columna ("Piedras o la ciudad ocre", 29 de septiembre de 2010, pág. 17). Pero, sobre todo, con esta intervención se avanza, sin ninguna duda, hacia la reposición de la imagen –y la solución– histórica del puente románico sobre el Duero. Afirmo, pues, un planteamiento ambicioso, por supuesto.

Es bien sabido, y recordado por la placa conmemorativa de Eduardo Barrón instalada junto a la embocadura de la margen izquierda, que el puente sufrió su transformación histórica de máxima envergadura entre 1905 y 1907 para "adecuarlo" al tráfico rodado de la nueva carretera nacional de Villacastín a Vigo. Para ello se demolieron ambas torres, la capilla de la Virgen de la Guía, se transformaron los óculos de evacuación, bóvedas y arcos, se crearon las rampas de acceso, se amplió parcialmente la plataforma e instaló la barandilla metálica, grosso modo. Hace exactamente 117 años. Con esta destrucción, el viaducto no sólo perdió muchos de sus rasgos caracterizadores, sino que además transformó un puente otrora fortificado en una estructura de estricta comunicación. De modo que la alteración fue no solamente formal sino esencialmente conceptual. En aras, claro, al supuesto progreso.

Sin embargo, tenemos la fortuna de contar con documentación proyectual en perfecta conservación y con testimonios gráficos más que sobrados que testifican puntualmente el estado del puente y cada una de sus particularidades exactamente antes de su demolición parcial a comienzos del siglo XX. Contamos aún con elementos originales del mismo y que no se perdieron del todo, tales como el escudo de la torre de la Gobierna conservado –aún deficientemente– en los jardines del Castillo. Todo ello nos permite mantener en la ciudadanía bien viva la memoria de esta dotación, a pesar de no haberla experimentado personalmente. De modo que el Puente de Piedra fortificado no es ni mucho menos una entelequia, ni sería un pastiche en caso de ser recuperado –casi– integralmente. Y aunque nuestros ojos no hayan conocido otra cosa que la barandilla metálica y la inexistencia de las torres, estado que realmente se extendió apenas poco más de 1/7 de la vida total de la infraestructura, el imaginario colectivo del puente fortificado esta indiscutiblemente vivo.

El patrimonio, como cuerpo vivo, no es una mera pieza intocable de museo, inaccesible por sí misma, muerta, conservada casi en formol

Ciertamente la recuperación del Puente de Piedra fortificado pueda encontrar algunas reservas debido a la imagen consolidada ya de la ciudad. Incluso suscitar algún rechazo intelectual, bajo el argumento de crear falsos históricos o engañar al ciudadano y al visitante. Sin embargo, todos sabemos que buena parte de la muralla de Ávila no es en absoluto de época histórica. Como también tenemos claro que la segunda aguja de Notre-Dame de París fue introducida por Viollet-le-Duc en el siglo XIX. Y ambas están consolidadas por el tiempo. Como también lo estaba la barandilla metálica en el puente de Zamora. Hasta que dejará de estarlo. No expongo planteamientos peregrinos. Este tipo de reconstrucciones se realizan de facto y existen ejemplos de mayor magnitud como el Palacio de los Reyes de Prusia en Berlín, cuya reconstrucción finalizó en 2020. Existen ejemplos más cercanos. La Torre Nueva de Zaragoza, demolida hace 132 años, cuenta desde el pasado mes de abril con una fundación para promover su reconstrucción, que va sumando apoyos cada día, desde el mundo de la cultura y la universidad hasta la política, y ha presentado en mayo pasado una proposición no de ley en las Cortes de Aragón para reconstruir la icónica torre zaragozana. Más cerca aún: en marzo de 1979 comenzó la demolición del cuerpo de soportales y viviendas de la Plaza Mayor zamorana adosado a la torre de San Juan y que conformaba su cerramiento Oeste. Apenas dos años después se cayó en la cuenta de que se había destrozado este espacio urbano de la ciudad, planteándose distintas soluciones en 1981 y 1984 por la Dirección General de Arquitectura y Vivienda, y una última tentativa promovida por el Ayuntamiento en 1990. (Mi columna "Sobre el cerramiento de la Plaza Mayor", LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA, 23 de octubre de 2009, pág. 18). Aunque este último caso no trate estrictamente del mismo planteamiento que venimos sosteniendo, muestra que en Zamora sí ha habido voluntad de intervenir sobre el patrimonio histórico demolido.

Los elementos fortificados del Puente de Piedra de Zamora están llamados a volver a ver la luz. Este es el auténtico y poderoso argumento. Reconstruir los elementos que fueron derribados en 1905-1907, precisamente por haberse perdido en una intervención de demolición parcial del puente. Porque su reconstrucción no es inventar nada ex novo, sino revertir el estado histórico del monumento parcialmente demolido. El patrimonio artístico es un cuerpo vivo, no es un objeto de museo intocable e incorruptible por sí mismo. A lo largo de la historia se ha reparado y modificado sin problema en función de las necesidades, los gustos, los dineros… Los teóricos de la restauración y la rehabilitación insisten en que, para garantizar su perfecto mantenimiento y conservación, el patrimonio debe prestar uso, no convertirse en piezas inaccesibles por sí mismas, muertas, conservadas casi en formol…

La decisión de levantar el pretil ha sido inteligente. Comenzar, para seguir después poco a poco. Seguramente el planteamiento de la reconstrucción integral del sistema fortificado del puente hubiera sido literalmente echado para atrás. Es un primer paso logrado ya en firme, y que consiguió el visto bueno de quienes compete. (Visto bueno que siempre es el mayor escollo). Pero no debemos conformarnos con parar aquí. Debemos ir creando ya las condiciones para reconstruir el resto de sus elementos a futuro. Y el futuro, con la burocracia de por medio, está ahí al lado. Como ciudad nos urge ir dando lugar a situaciones concretas y propiciando actuaciones con este objetivo, excusas incluso, dineros europeos o fondos estatales, para que la continuación de la reconstrucción de los elementos fortificados del Puente de Piedra sea un hecho. Y también en las mentalidades. De propios y foráneos. A veces las miras cortas, el miedo a menearse para acabar no saliendo en la foto, el temor a disgustar al que nos colocó en el puesto o el querer pasar desapercibido sosteniendo actuaciones mediocres nos paraliza. Quizá haya muchos más motivos, estoy seguro. Pero nuestra ciudad requiere de ambición, de largos recorridos, de apuestas de calado que dejan atrás las quietudes e inmovilismos en que nos conformamos. Vivimos una etapa crítica y no podemos permitirnos desaprovechar ciertas oportunidades. Ya sabemos que la tarta es pequeña y que los glotones lo suelen resolver a codazos. Sin embargo, prestar un eficiente servicio a la ciudad, una verdadera dedicación y auténtico amor por ella, implica correr riesgos y no conformarse con nadar y guardar la ropa. En Zamora estamos en un preocupante momento histórico de merma de números en demasiados campos, y seguramente ello requiera respuestas osadas, valientes y que no se acomoden a lo de siempre –que ya hemos archicomprobado que no funciona–. Urge, insisto, crear desde ya las condiciones para ver completada la reconstrucción integral del Puente de Piedra.

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