Opinión | Desde Los Tres Árboles

Canción de amor en primavera

Brindemos ahora que es tiempo todavía y bebamos juntos hasta acabar el vino de la tinaja

Isla de Las Pallas.

Isla de Las Pallas. / Archivo

Déjame ponerte paños húmedos sobre la frente, Munia. Déjame protegerte del crepitar de velas que llegó con el crepúsculo, y pues es de los suspiros el momento embriaguémonos de este instante, amor, y disfrutemos.

Renunciemos al poder y a la gloria, a la ambición, a la memoria. ¡Para qué librar batallas si un día en la hojarasca acabarán los pedestales! Prefiero una rosa al mármol de las estatuas, a cualquier promesa tu aliento. Tu dulcedumbre, al halago. A los elogios, tu piel sedienta. La complicidad de tu cuerpo, al más sagrado juramento. Tendidos en la hierba disfrutemos este irrepetible como rumor de enaguas que nos trae el viento y, sin fatigas ni desvelos, amémonos.

Mi credo es tu cuerpo. Sólo en él pienso y lo único que pretendo es transitar sin barreras su arquitectura, a tientas y en silencio. Endulzar mi aliento en el arco de tu cintura y perderme en su infinita geografía. ¡Apurar la copa, ahora que es tiempo! A falta de la fe del asceta, en mi plegaria sólo tu vientre, Munia, su resplandeciente meseta.

Pongamos nuestro empeño en el momento, en lo sencillo, en lo superfluo, en el susurro de las cosas y escuchemos la canción que en este preciso instante nos llega del río entre cientos de almendros floridos y moreras recién reverdecidas. Es una melodía, la suya, sin nombre. Tampoco tiene lugar ni tiempo y habla de infancias cristalinas, de transparencias perdidas a medida que fue creciendo y de una madurez definida por el escepticismo y la duda.

Justo en este momento sus aguas pasan frente a la isla de Las Pallas. En un instante se enfrentarán a los tajamares del puente de piedra, verán por última vez las espadañas cristianas emerger señeras sobre la judería de La Horta y brincarán las azudas de Olivares antes de perderse tras la iglesia de San Claudio camino de un mar remoto. Éste es nuestro paisaje, Munia ¿De quiénes será mañana?

Brindemos ahora que es tiempo todavía y bebamos juntos hasta acabar el vino de la tinaja. Hagamos como los dioses, que no saben del mañana, y levantemos la copa antes que la noche caiga definitivamente sobre los Tres Árboles. ¡Tú y yo, enfebrecidos amantes bajo los chopos..!

No volveremos a hollar las playas del ayer, Munia, ni volverá la ingenuidad perdida. Efímeros fueron los sueños que se fueron, los amigos y las cosas para siempre y, pues yerta se quedó la tarde, amor, y de continuos desencantos suspendida, ven y festejémonos.

Suscríbete para seguir leyendo