Opinión | La palabra

P. Santiago Martín Cañizares

Babel, Getsemaní, Pentecostés

“Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13)

Torre de Babel

Torre de Babel / pixabay

Una de las cosas que menos gusta en la vida –incluidos a los que tenemos promesa de obediencia– es que te digan lo que tienes que hacer. No gustó a los hombres el mandato creacional de llenar la tierra y someterla. O al menos la primera premisa del mandato, habida cuenta de que el Génesis narra la construcción de una torre con intención de no dispersarse. Lo que ahí se interpreta como un castigo podemos nosotros leerlo hoy a la luz de Pentecostés como una gracia del Espíritu: la confusión de lenguas en Babel ayudó a cumplir aquel mandato inicial.

Los evangelios nos muestran a Jesús en Getsemaní haciendo una petición propia de los constructores de Babel: poder distanciarse de la voluntad de Dios no tomando el amargo cáliz de la Pasión. Una cosa le diferencia de aquellos: Jesús se abandona a esa voluntad que pide no cumplir y derrama su sangre para redimir cada rincón del hombre.

Precisamente, antes de subir al cielo, Jesús hace un encargo a sus discípulos no muy diferente al del Génesis: hacer discípulos a todas las gentes haciendo que el Evangelio llegue a todos los rincones de la tierra. Si en el Génesis fue la confusión de lenguas la que hizo que el hombre se extendiera por la faz de la tierra, ahora es el don de lenguas el que ayudará a los discípulos a cumplir la voluntad del Señor llevando el evangelio a cada rincón del orbe.

El papa Francisco, que tanto ha incidido en las periferias existenciales, nos ayuda a entender que también el evangelio debe ser predicado, no atendiendo solamente a un criterio territorial, sino a todos los rincones de la existencia del hombre. El evangelio debe empapar la totalidad del género humano –cuerpo y alma–, pero también cada rincón de la sociedad en la que está inmerso. Cada sustrato de la sociedad en la que vivimos debe recibir de nosotros el testimonio evangelizador: cultura, economía, política o sanidad –sin olvidar a los más desfavorecidos y a los pobres de espíritu– son buenos ejemplos de rincones a veces olvidados por nuestra cotidianidad. Es cierto que el cansancio espiritual, la fatiga mental o la pereza nos paralizan, pero hemos de estar seguros de que recibiremos en cada momento la gracia que necesitamos para el mandato y la vocación a la que hemos sido llamados. Depende de nosotros aceptarla como Jesús en Getsemaní o los apóstoles en Pentecostés, o, por el contrario, levantar una torre para defendernos de la voluntad del que –como se repite continuamente en las oraciones de Pascua– admirablemente nos ha creado y todavía más admirablemente nos ha redimido.