Opinión
Juan Gaitán
El finiquito
Yo aspiraba al descanso, soñaba una vejez al sol, cálida de libros, amparada a ratos en la sombra afable de una parra o una higuera. Una vejez de jubilado, de quien se ha ganado el derecho al tiempo, la única riqueza. Una vejez de paseos, de charlas con amigos, de más libros, de seguir aprendiendo tantas cosas como quiero saber y no sé. Una vejez activa pero no laboral. Y sin embargo…
Todo me va en contra. De repente el Círculo de Empresarios pide el retraso de la edad de jubilación, que a su juicio debería situarse entre los 68 y los 72 años. Parece que los empresarios, al menos algunos de ellos, quisieran que la fecha del finiquito coincida con la de la partida de defunción, que la muerte nos pille en horario laboral y las horas del entierro computen como de permiso no retribuido.
Empiezo a estar preocupado. Yo soñaba con unos años placenteros, sin madrugones ni urgencias. Quizás alguna vez he contado que, de mayor, quiero ser relator del mar, ese tipo sentado en la colina que observe y detalle y registre los sutiles cambios de color que se vayan produciendo en los azules, contar su metamorfosis cromática, verlo quizás encanecer y hacerse un poco más viejo, él, que es el único sinónimo del tiempo. Pasar los últimos años de mi vida, cuando pueda dedicarme al ocio, ante el mar y su silencio, ese silencio del mar que no es silencio del todo, sino un rumor de rezo que acompaña a la luz o que encamina hacia ella, o que acaso la reparte. Y haber alcanzado el derecho a que el sol me caliente un rato las arrugas, y mover de tanto en tanto alguna piedra suponiendo que soy un dios y que estoy revolviendo, brutalmente y por vicio, el destino del universo.
Yo quería en mis últimos años útiles ser relator del mar, su notario y su testigo, verlo temblar algunas veces, elegante como un violonchelista, mientras hace tartamudear a las olas, disloca la fe en el cielo y confirma que la tristeza es solo una alegría que ha estado. Yo quería ser relator del mar, mirarlo y que me devolviera la mirada, como hace en este preciso instante en que la mañana dobla la primera esquina. Se le están durmiendo las gaviotas en el azul y parece despreocupado, como si no le importara que la piel le esté cambiando. El mar al que van a dar nuestros ríos y nuestras vidas y nuestros versos de pie quebrado tiene en este instante en que lo miro esa imagen de estanque apacible que solo tienen algunos ojos, una falsa mansedumbre que romperá de un solo golpe para llevarse al fondo a la playa, quizás para besarla a escondidas, donde nadie lo vea.
Pero mis deseos, acaso, una vez más no se cumplan, y tenga que quedarme mirando para este lado, esperando el finiquito que me libere de todo y me devuelva al mar, pero ya en forma de ceniza que no tendrá sentido.
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Fuente: La Opinión A Coruña
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