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Laura Rivero

Dignidad rural sana

Nuestros pueblos están llenos cargados de esa grandeza que sujeta las pancartas por responsabilidad y no por salir en la foto

Concentración frente al centro de salud de Bermillo para exigir una sanidad rural digna. | Cedida Concentración frente al centro de salud de Bermillo para exigir una sanidad rural digna. | Cedida

La pancarta que desde hace meses sujetan con manos tan firmes como sus convicciones en defensa de la sanidad pública los habitantes de las comarcas zamoranas reivindica una “Sanidad rural digna”.

De este acto de dignidad humana es del que he tomado el título de este escrito. Porque nuestra zona rural está llena de gestos de dignidad que pueden pasar desapercibidos por ser pequeños, pese a estar cargados de esa grandeza que sujeta las pancartas por responsabilidad y no por salir en la foto. Porque lo fácil es ponerse al frente de una pancarta dando codazos a izquierda y derecha para hacerse hueco cuando hay garantías de que detrás hay más de mil personas. Lo difícil es encontrar manos que la sujeten cuando en los pueblos cada vez hay menos gente, y detrás de la pancarta sólo queda un rastro de dignidad.

De esa dignidad que, pese a las insidiosas acusaciones de politización, protagonizan los habitantes de la zona rural de Zamora pidiendo una sanidad rural digna: en los pueblos reapertura de los consultorios médicos; y en los centros de salud, pediatras para los niños aunque sean cada vez menos, geriatras para los más mayores y cada vez más numerosos, fisioterapeutas para quien lo necesite… En definitiva, más profesionales sanitarios para vivir con dignidad rural sana. ¡Ah! Y psicólogos para esa soledad que no se cura conectando a los solitarios a un monitor y a un tele-cuidador. Para esa soledad que no se cura “sino con la presencia y la figura”, como las penas de ese amor que cantaba San Juan de la Cruz, todo un santo.

Los habitantes de la despoblada zona rural zamorana son ejemplo de dignidad rural sana, en un mundo tan injusto que ha superado los 8.000 millones de habitantes mientras perdemos en la provincia más de 2.000 mil zamoranos al año

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Y siguiendo con el poema del santo, “Pastores los que fuerdes, allá por las majadas al otero”, otro sector cargado de dignidad rural es de los pastores que aún salen con las ovejas al campo. En esta provincia donde algunos presumen de ser los primeros en el número de cabezas de ovino de la región y los terceros en toda España. En esta provincia donde se hacen exitosas ferias del queso mientras se cierran las explotaciones ganaderas de ovino porque a los pastores no les pagan un precio justo por la leche. En este país donde el precio del lechazo se dispara en navidad, pero los ganaderos siguen asfixiados.

La dignidad de los pastores de ovino, que sirve de ejemplo en estas fechas en las que los precios de los alimentos suben aún más que lo que lo han hecho desde que la disculpa de la guerra en Ucrania ha subido la inflación, es aplicable a todo el sector ganadero y agrícola de la zona rural. Campesinos que pese a las dificultades siguen resistiendo en los pueblos de Zamora: cogiendo la azada o la hoz para trabajar y la pancarta o el martillo para reivindicar “Precios justos para el campo”. Porque su trabajo es la base de nuestra salud: “Si el campo no produce, la ciudad no come”. Porque representan esa dignidad rural sana, para la salud de la ciudad también. Y porque son también los que levantan la pancarta de la sanidad rural digna, para reivindicar condiciones de vida dignas, a la altura de su dignidad.

Esa misma dignidad que en los pueblos se rebela contra el vaciamiento programado, contra la despoblación, contra la pérdida de servicios. Esa dignidad que nos dice que en los pueblos hay calidad de vida y que si no es suficiente la van a seguir reivindicando en asociaciones, plataformas y movimientos. Que nos pide que reconozcamos los valores del mundo rural.

Como ha hecho nada menos que la UNESCO reconociendo como Patrimonio de la Humanidad el toque manual de las campanas, no solo de Zamora pero también en Zamora, donde los campaneros han mantenido con dignidad esta tradición en tiempos de televisiones, móviles e internet. De esas nuevas tecnologías de la comunicación que aún no han llegado a muchos pueblos, y por ello muchas personas o algunas no se quedan a vivir aquí. Ese tañido harto de tocar a muerto, y necesitado de tocar a rebato para poder repicar por la dignidad rural sana. Y de fiesta. El reconocimiento como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad del tañido de las campanas es un soplo de aire fresco para la zona rural.

Una zona que cada día está estrenando una exclusión. La más moderna es la exclusión financiera, por la que el banco cuida los ahorros y recibe las pensiones, pero no pone los medios para poder sacar dinero y gastarlo ¡Un timo! Pero que además, unido a la exclusión o brecha digital que tampoco permite acceder a tu dinero, se convierte en ¡un robo en toda línea! Claro que antes ha habido otras exclusiones aunque no se llamaran así sino cierres: la exclusión educativa con el cierre de escuelas, la sanitaria con el cierre de consultorios. También se llama exclusión alimentaria al cierre de la tienda, y pronto bautizarán al cierre de los bares exclusión hostelera.

Todas estas exclusiones y muchas más demuestran el esfuerzo de mantener la vida en los pueblos, difícil si no fuera por esa dignidad que tienen las gentes que mantienen la tenacidad, el respeto y la lucha por una sociedad más digna. Sin exclusiones, sino con la hospitalidad con la que reciben y dan la bienvenida a los forasteros.

Por eso todos -bueno, casi todos- los habitantes de la despoblada zona rural zamorana son ejemplo de dignidad rural sana, en un mundo tan injusto que ha superado los 8.000 millones de habitantes mientras perdemos en la provincia más de 2.000 mil zamoranos al año.

Esas son las cifras de la injusticia. La cifra de la dignidad aumenta cada vez que una gran mujer de un pequeño pueblo se acerca al consultorio y cuelga un cartel en la que pone los días que ha estado cerrado: han sido más de 1.000 días y más de 1.000 veces. Cada vez que Pruden se acerca al consultorio cerrado nos hace más dignos, más honrados, más decentes, mejores.

Sí, es de Monumenta, ese pueblo que lleva años pidiendo que le asfalten un camino. Cuando el camino son ellos.

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