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La Opinión de Zamora

Eduardo Ríos

Desde los Tres Árboles

Eduardo Ríos

Zamora y la niebla

La conciencia de un paisaje sin referencias

ZAMORA. NIEBLA ZAMORA JOSE LUIS FERNANDEZ

Amanecía en la isla de las Pallas cuando los primeros jirones de niebla se levantaron justo delante de mí. Pegados al agua avanzaron río abajo hacia las aceñas de Pinilla, dejaron atrás el convento de Santa María la Real de las Dueñas, salvaron sin dificultad las azudas de Olivares, accedieron al barrio por el embarcadero y en un santiamén se plantaron en la plaza de San Claudio. Allí se tomaron un respiro, apenas un momento, mientras llegaban los que venían de más allá de los oteros. Luego, disciplinados y en silencio, embocaron las Peñas de Santa Marta y entraron en la ciudad por la Puerta del Obispo, hicieron suyo el atrio catedralicio, treparon con oficio por las gárgolas de la Catedral, dieron varias vueltas en torno a la bizantina diadema y después de algunos intentos hicieron suya la torre del Salvador. Allí se detuvieron. Solo entonces.

La niebla ocupaba todos los espacios y era extremadamente violenta, tan densa que el aire se volvió irrespirable

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Los tejados, las espadañas, los torreones, las arcadas, las azoteas, miradores y fachadas de los arrabales cercanos al río fueron las primeras certezas en desaparecer. Después, las barbacanas y los cubos de la muralla. Por último, los barrios de la parte alta. La voracidad de aquel monstruo de aliento helado y formas imprecisas era insaciable. ¡Ni los tajamares del puente de piedra enfrentados durante siglos a impetuosas avenidas pudieron resistir el formidable empuje!, en un momento se desvanecieron al tiempo que el viaducto del ferrocarril y el construido recientemente más allá de los Pelambres.

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GALERÍA | Zamora bajo la niebla José Luis Fernández

La niebla ocupaba todos los espacios y era extremadamente violenta, tan densa que el aire se volvió irrespirable. A decir verdad, la irrupción fue salvaje. A su paso la geometría de las formas se convertía en una quimera, en una existencia puramente presentida, y cuando finalmente desapareció la última realidad visible Zamora quedó sumida en la incertidumbre más absoluta y sin una certeza tan siquiera a la que aferrarse. Perdida. Definitivamente a merced de los charlatanes.

Fue entonces cuando se oyeron gemidos como de mujeres heridas o de perros apaleados y cuando los Tres Árboles se poblaron de seres incorpóreos que me seguían de cerca arrastrándose entre los chopos y las moreras. No los veía pero oía las pisadas en la hojarasca y podía sentir su aliento húmedo en la cara.

Mientras, ajeno a la niebla, al fragor de los parlamentos y a las disputas cainitas propias de los tiempos broncos, el río seguía su curso con la canción que siempre acompaña a quienes deciden acercarse a su ribera. Una melodía claramente perceptible a pesar del estruendo. Inconfundible. Perpetua. La misma que escucharon Claudio Rodríguez o Agustín García Calvo en sus paseos por los Tres Árboles y que, tal vez, inspiró sus versos.

Era la suya una tonada que surgía de la tierra indiferente a las cuitas y afanes de los hombres y venía de aquel mundo lejano en el que todavía no habían sido inventados los dioses. El barrio de Cabañales era robledal y la calle de Balborraz torrentera cuando la canción nació, sin embargo, ¡llegaba con iguales acordes! Y eso, a pesar de los avatares del tiempo y por más que cambiaran costumbres y ritos... Una vez más, el río Duero volvía a convertirse en la conciencia de un paisaje sin referencias. En la enseña inamovible de una ciudad excesivamente individualista y resignada al olvido.

Recordé al poeta. “Yo tuve patria donde corre el Duero”, dijo hace años. ¡Quién sabe!, quizás en una mañana con niebla y tan fría como ésta.

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