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Neorruralismo y despoblación

La adaptación a la vida rural no es tan fácil como pudiera parecer desde fuera

Neorruralismo y despoblación Mario Crespo

Desde Anna Karenina y Madame Bovary, hasta el entrañable señor Cayo, o Azarías y su milana, así como Pascual Duarte o algunos versos de Claudio Rodríguez, el ruralismo ha habitado tradicionalmente la narrativa universal como contrapeso y equilibrio a “lo civilizado”, al ambiente de las ciudades, al confinamiento urbano, como aspiración del ansia humana por la búsqueda de la libertad en la aparente sencillez del entorno rural; el hombre viviendo en la naturaleza para aprovecharse de ella, de sus frutos, de su caza y de su pesca, de su tranquilidad.

El ruralismo como género literario cayó en decadencia en los años setenta y ochenta debido a la propia evolución de la sociedad tras el éxodo rural y la emigración a las ciudades. De alguna manera, dejó de estar de moda, de interesar. Sin embargo, en los últimos años ha retornado con fuerza a la literatura y el cine gracias al drama de la despoblación (unido indefectiblemente a la masificación de las grandes ciudades y lo que ello conlleva; estrés, contaminación, etc.), y también al cambio climático y la sostenibilidad. Factores que han traído a la actualidad, o al menos al debate público, la posibilidad de retornar al pueblo, al campo, a un tipo de vida más natural, más sencilla, menos tóxica.

Durante la última década se ha publicado en España una notable cantidad de libros relacionados con esta temática. Pero también en el cine y la televisión se ha producido una creciente explosión de lo neorrural. A lo largo de las últimas semanas he visto el documental Meseta, rodado en la provincia de Zamora y que plantea el ocaso de la vida en el campo a través de secuencias costumbristas; la serie Apagón, en la que cinco directores españoles abordan un relato pseudoapocalíptico donde una tormenta solar acaba con la electricidad del país y la vida natural se convierte en la salvación de los urbanitas; la película española nominada para los Oscar, Alcarrás, un drama neorrealista que acerca al espectador la cara amarga del pueblo; y el filme As bestas, un retrato de la violencia que se da en el entorno rural cuando existen malas relaciones entre los vecinos.

La adaptación al medio rural para quienes huyen de las ciudades no consiste, ni mucho menos, en acomodar el pueblo a uno mismo, sino en alejarse por completo de la perspectiva urbana, es decir; en asumir que la vida del pasado es la vida futura

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Obras audiovisuales de distintos géneros (documental, serie y película) que sin embargo plantean un conflicto que se ha convertido en tendencia por afectar al tipo de vida actual: la necesidad de la repoblación como imperativo sostenible. No obstante, algunas de estas obras abordan, de distintas maneras, otra cuestión: ¿es realmente el medio rural una forma de escape para quien está cansado de las ciudades? Desde luego que como fórmula funciona para repoblar las zonas de la España vacía, es decir, es una solución para el equilibrio del entorno, pero ¿es esta forma de vida sostenible para todas las personas?, ¿se adaptarían los urbanitas a una vida contemplativa, de pulso bajo y emociones relativas?

La respuesta es unánime: no. Y aunque lleguen a ella por distintas vías, sintonizan en el veredicto, pues la adaptación a la vida rural no es tan fácil como pudiera parecer desde fuera: las condiciones de vida son duras, el bienestar más complicado, los servicios sociales lejanos o inexistentes, el ocio limitado y el día a día que las gentes de ciudad idealizan no es como una estancia estival o semanal; el fin de semana en el pueblo, las vacaciones en el pueblo.

Así pues, la adaptación al medio rural para quienes huyen de las ciudades no consiste, ni mucho menos, en acomodar el pueblo a uno mismo, sino en alejarse por completo de la perspectiva urbana, es decir; en asumir que la vida del pasado es la vida futura.

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