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Luis M. Esteban

¿El apocalipsis? O no

El panorama no es de catástrofe, sino de catastrofismo, que no es lo mismo

Apocalipsis LA OPINION

Para quienes san Juan no sea más que una festividad en la que se hacen hogueras el 23 de junio, aunque más de uno ignore que la raíz de la misma es celebrar el nacimiento de El Bautista al día siguiente, por eso que también se la conozca como la Víspera, es probable que el título de este artículo les haya llevado directamente a pensar en la película de Francis Ford Coppola Apocalypse Now. En cualquier caso, unos y otros habrán pensado en algo catastrófico, de destrucción absoluta y definitiva. Y así parece que nos hallamos, o nos hacen pensar que estamos, de un tiempo a esta parte.

Recuerdo que en plena pandemia le dije entre bromas a una buena amiga que ya solo nos faltaba una guerra mundial para que fuera el fin del mundo y, visto lo visto, parece que estamos como cuando Valle-Inclán le dijo al torero Juan Belmonte eso de “a ti solo te falta que te mate un toro” y Belmonte le contestó “se hará lo que se pueda, don Ramón”. Pues eso, que estamos haciendo lo que se puede, o más.

Porque la verdad es que se hace muy cuesta arriba el tomarse un café por la mañana y decidirse a poner un pie en la calle. Tires por donde tires, prensa escrita, radio, televisión, internet…Da igual, el panorama no es de catástrofe, sino de catastrofismo, que no es lo mismo.

El tenista Carlos Alcaraz ha popularizado la frase de su abuelo casi nonagenario como lema de vida: “cabeza, corazón y cojones”. Que cada uno escoja la proporción de los ingredientes a demanda

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Es verdad que hay que estar ciego para no tomar conciencia de cómo andamos. Una pandemia que no acaba de remitir, una guerra en Europa en la que bastaría un error sin más, sin ni siquiera intención, que tampoco les faltan ganas a los unos y a los otros, para que se generalizase, la crisis económica derivada, cuando no estructural, o el cambio climático son noticias que nos acompañan desde ese primer café y las tertulias de radio y televisión se llenan de comentaristas de uno u otro signo y de mensajes, y hasta arengas, de los políticos, también de uno y otro signo, coincidiendo todos, eso sí, en que ojo cómo está el panorama y peor que se va a poner. Y en este peor que se va a poner es donde entra el catastrofismo, ese anuncio exagerado de males gravísimos, pero con un interés intimidatorio, probablemente para satisfacer los propios intereses de quienes los auguran, sean de audiencia, de votos, o, simplemente, de sembrar el terror. Pero con el catastrofismo hay que tener mucho cuidado, porque para quienes nos gobiernan es la excusa perfecta para las medidas de corto plazo, para quedarse en lo doméstico y no dar verdaderos pasos hacia la resolución de los problemas, grandes, sin duda, pero no imposibles. Y para el común de la población el que cale esa visión negativa y sin futuro, el apocalipsis, más allá de la tristeza lo mismo conduce a que si al final todos muertos y, además, de mala manera, pues a vivir que son dos días y quizá nos extingamos antes de tiempo.

Más allá de que esto que acabo de escribir suene a salida de pata de banco, lo que sí que me preocupa y mucho es lo que se esconde, en mi opinión, debajo de esa visión apocalíptica, que no es otra cosa que la justificación perfecta para la inacción, porque cuando los problemas se sienten de dimensiones bíblicas, ajenos a nuestro quehacer diario y con una resolución imposible, entonces nos victimizamos, nos parapetamos tras esa visión y nos justificamos en un y qué le vamos a hacer, que en unos casos me suena a resignación judeocristiana y en otros a vagancia vital, o, lo que es peor, a cansancio de vivir.

Desde luego, si al final los catastrofistas tienen razón, tanto dará que hayamos adoptado la postura victimista o la más aguerrida, porque llegará el final, si bien habrá de reconocérseme que los más heroicos habremos vivido más y mejor que quienes se metieron bajo las faldas de la mesa camilla del alma. Pero si, por el contrario, el fin del mundo no es que no sea mañana, que ya lo decía el historiador romano Tito Livio, sino ni siquiera mientras aquí estuviésemos, tal vez nos toque vivir la mayor de las tragedias posibles: estar agotados cuando el viento deje de soplar de cara y las cosas no solo dejen de ir a peor, sino que lo hagan a mejor, pero nosotros ya no estaremos para disfrutarlas, ni siquiera para verlas, que es la mayor muerte en vida, el verdadero apocalipsis.

El tenista Carlos Alcaraz ha popularizado la frase de su abuelo casi nonagenario como lema de vida: “cabeza, corazón y cojones”. Que cada uno escoja la proporción de los ingredientes a demanda, o que cocine el bizcocho de su vida con uno solo de ellos, pero que anteponga el plato de vivir cada momento a tanto postre en el futuro y hasta en el más allá. Y, entre tanto, como reza la sevillana popularizada por Jarcha, “vamos viviendo/que tiempo habrá de sobra/para ir muriendo”.

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