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Carmen Ferreras

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El más sucio entre los sucios

Amou Haji ha fallecido a los dos meses de someterse a un baño

Duchas ZIPI

Podía estar refiriéndome a un político cualquiera, a un miembro del Gobierno, de la nación o autonómico, a los radicales, a los de izquierdas, a los de derechas, a los no se sabe, en fin, a todos ellos y ellas, pero no. Esta vez, la cosa no va por las lindes de la política. Esta vez la cosa va de un ermitaño. La noticia ha sorprendido a todo el mundo. Los medios de comunicación en general habían bautizado a Amou Haji, ermitaño iraní, como “el hombre más sucio del mundo”. Medio siglo sin ducharse, medio siglo sin ver el agua más que para beber y de aquella manera, dan fe de la suciedad que arrastraba.

Y digo “arrastraba” porque ya no está entre los vivos. Lo que la mugre no hizo, lo materializó agua se supone que con jabón. La guarrindonguería de este tipo que ha muerto a los 94 años había colocado sobre su piel una costra impenetrable. Tras acceder a lavarse después de 50 años sin catar el baño, Amou ha fallecido a los dos meses de someterse a ese infierno que es el baño al que, por cierto, tenía un miedo atroz. El anacoreta iraní no se bañaba por una razón de peso, porque tenía miedo a enfermar. Tanta ducha, tanto jabón, tantos telares como se emplean en ese rito extraordinario que es la ducha, no iba con su persona. La ducha no era para él sinónimo de longevidad como sí lo ha sido la mugre. Lo cierto es que gozó de buena salud hasta el final que se produjo hace pocos días.

La catinga que desprendía el eremita debía olerse a kilómetros de distancia. Y sí solo fuera eso, pero es que su dieta consistía en comer carne podrida y agua en mal estado que bebía de una vieja lata de aceite, muy lejos del que afirmó, allá por 2014, que era su plato favorito: el puercoespín. Las condiciones habitacionales no eran mejores, vivía en un agujero dentro de una choza que le habían construido. Lo mismo incluso era feliz. Vivía la vida que había elegido, alejado de los temores que el progreso infunde cada vez más a tantos.

Porque, hay que ver la de veces que se nos ha dicho que no es bueno ducharse todos los días, salvo sudor y otras excepciones. No me extraña que las dermatitis de todo tipo, asociadas al agua y al jabón, estén a la orden del día. Ya ve. La insistencia de sus vecinos a que se lavase le hizo sucumbir y nunca mejor dicho. Aunque cabe suponer que no fuera precisamente el lavado causante de acabar con su vida, sin que tampoco pueda descartarse.

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