Opinión | Siete días y un deseo

¿Hablamos del suicidio?

En la escuela debe hablarse de todo lo que sucede a nuestro alrededor

La ingesta de pastillas es una forma recurrente de suicidio.

La ingesta de pastillas es una forma recurrente de suicidio. / NIEVES SALINAS

Mi colega Andrés dice que ha pensado suicidarse en varias ocasiones. Me lo contó de nuevo hace unos días tomando un café en el bar del campus universitario, en Zamora. Como entre él y yo existe suficiente confianza, cada vez que nos vemos es para compartir penas y alegrías, sonrisas y lágrimas, sueños y desdichas. Es decir, que nos confesamos, mirándonos a los ojos y sin intermediarios, acompañando nuestras confidencias de un café, una cerveza y algunas tapas de tortilla, ensaladilla o lo que sea. ¡Ay, el suicidio! En un momento de nuestra conversación, le comenté que tenía pensado introducir el suicidio en algunas de mis clases. Concretamente, en el tema 1 de una de mis asignaturas de este cuatrimestre, el suicidio es uno de los ejemplos seleccionados para explicar los distintos tipos de preguntas sociológicas que se suelen utilizar para estudiar y comprender la realidad social, es decir, cualquier hecho, suceso o circunstancia de la vida cotidiana. Y como estaba previsto, el pasado jueves lo hicimos. ¿Y qué sucedió?

Cuando de algo no se habla es como si no existiera. Sin embargo, fíjense: en España se contabilizaron 3941 suicidios en 2020 (último dato publicado por el INE). Entonces, ¿por qué no hablamos del suicidio? Porque es tabú y representa un estigma

Para empezar, me hubiera gustado conocer cuántos estudiantes de los presentes en el aula habían pensado suicidarse en alguna ocasión. Pero dado que la pregunta era (y sigue siendo) muy personal, lo que hice fue introducir el tema de modo progresivo, interesándome por si en sus niveles de enseñanza anteriores (colegios, institutos, etc.) habían tratado el suicidio; es decir, si en sus clases habían hablado, reflexionado o debatido sobre un fenómeno social de primera categoría. Mi sorpresa fue mayúscula cuando solo levantaron las manos el 15 por ciento. “¿En serio? ¡No me lo puedo creer!”, solté a bocajarro. En esos momentos, les anticipé que ya me habían prestado el tema sobre el que versaría el artículo que ahora mismo están leyendo. Y es que nunca sospeché que ese porcentaje pudiera ser tan bajísimo. Al fin y al cabo, siempre he pensado que en los institutos o colegios debe hablarse de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Pero, según parece, no siempre es así. Lo cual me da que pensar. Y lo lamento profundamente.

¿Qué quiero decir? Que cuando de algo no se habla es como si no existiera. Sin embargo, fíjense: en España se contabilizaron 3941 suicidios en 2020 (último dato publicado por el INE). Entonces, ¿por qué no hablamos del suicidio? Porque es tabú y representa un estigma para muchas personas. Y así se lo dije a mis estudiantes en la clase del jueves, echando mano de un artículo que llegó a mi correo hace varias semanas. El título no tiene desperdicio: “Romper con el tabú y el estigma del suicidio”, de Esther Cantero, publicado en la página web de Grupo 5. Créanme si les digo que el título nos acompañó durante más de 30 minutos. Y es que cada palabra merecía una reflexión en profundidad. Les confieso que los estudiantes estaban muy atentos. Y que se sorprendieron cuando me acerqué a una columna que tenemos en el aula, tras la que se esconden varias mesas y sillas, y les espeté: “Esas mesas y sillas, que ustedes no ven por culpa de la columna, son los suicidios. Solo tienen que acercarse para comprobar que también existen”.

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